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A diferencia de otros blogs, aquí raramente se encuentran trabajos concluidos. En su mayoría están en un lento pero constante proceso de construcción, pues es intención mía la de ir intercambiando con los posibles lectores diversos puntos de vista a los efectos de ir construyendo los trabajos con una dialéctica progresiva. El tiempo dirá sobre la efectividad de este método.

lunes, 2 de enero de 2012

Teismo vs. Deísmo: una vieja clasificación.

(a modo de aporte para elucidar la vetusta cuestión sobre una masonería teísta o deísta)


      Entiéndese por teísmo una creencia que afirma la existencia de un solo Dios, personal, inteligente y libre, que ha creado, conserva y gobierna el mundo. Dadas estas características, el teísmo, por su afirmación de la existencia, unicidad, personalidad y providencia de Dios, se opone, respectivamente, al ateísmo, politeísmo, panteísmo y deísmo[1].  Y se opone en particular a este último porque el teísta en cuanto tal sólo afirma, nada niega, mientras el deísta afirma, igual que el teísta, la existencia de un Dios personal; pero niega alguno o algunos de sus atributos positivos y, sobre todo, el hecho de la revelación divina. Para el deísta sólo existe la religión natural: la positiva, fundada en el hecho de la revelación divina, es un mito.

     Según el teólogo inglés Clarke[2], puédense distinguir cuatro clases de deístas, habida cuenta de lo que niegan. A la primera clase pertenecen  los que admiten un Dios personal, pero sin providencia; un Dios que no se preocupa poco ni mucho de  las acciones de los hombres ni de los fenómenos que tienen lugar en el mundo, un Dios inteligente y poderoso que después de haber sacado el mundo de la nada lo abandonó a si mismo. Forman la segunda clase de deístas aquellos que admiten un Dios providencial, pero solo de los fenómenos materiales, no del hombre en cuanto ser moral. Estos deístas hacen de las leyes humanas  la única fuente de nuestros derechos y deberes, destruyendo así los fundamentos de la moral y la creencia en una vida futura. La tercera clase de deístas incluye a aquellos que, aunque admiten en Dios providencia con la cual gobierna no solo el mundo sino también  a los hombres a quienes intima su voluntad, con todo se niegan a creer en la inmortalidad del alma y en los premios y castigos de la otra vida. Por último, los deístas de la cuarta clase son los que, al decir de Clarke, tienen, bajo todos aspectos, ideas exactas acerca de Dios y de sus atributos. Estos admiten todas las verdades de la religión natural, aun el dogma de la vida futura: solo niegan el principio de la autoridad y de la revelación. En definitiva, el deísmo es una concepción puramente naturalista y racionalista de Dios que no admite la Providencia o la reduce a los seres materiales, o niega la inmortalidad del alma y la sanción ultraterrena o en último caso la autoridad de la revelación divina. Como se ve, la distinción entre teísmo y deísmo descansa en la vetusta e intrincada relación entre fe y razón según se acentúe uno u otro de estos extremos. Así el teísmo parte en su elaboración dogmática de un a priori dado: la fe, en tanto que el deísmo alcanza su creencia a fuerza de evidencia racional, o pretendidamente racional. Claro es  también  que  estas distinciones, necesarias a la hora de ordenar y esquematizar las ideas, rara vez se manifiestan en la historia de maneras puras y delimitadas con precisión. En este sentido puede observarse que dentro del deísmo existen unas posturas que, si bien no niegan la virtualidad de la razón, la subordinan y otras que entienden que no cabe relación alguna entre fe y razón por considerar inescrutable los misterios de la fe: el fideísmo. A su vez, el teísmo no siempre es en rigor puramente racional puesto que todo sistema de ideas pretendidamente racional descansa usualmente en prenociones, según el lenguaje de Bacon, o prejuicios, según lo destaca Burke. Sintetizando lo expuesto, la asimilación de la noción de divinidad puede esquematizarse de la siguiente manera:


[1] Enciclopedia Universal Europeo-Americana, Espasa-Calpe, Barcelona, Tomo LIX, voz: teísmo, p. 1445. Si bien la Enciclopedia no lo especifíca, el teólogo en cuestión parece ser el metodista Adam Clarke, originario de Irlanda del Norte (1760 ó 1762 – 1832).
[2] Cit. Enciclopedia Universal Europeo Americana, Espasa-Calpe, Tomo LIX, voz: deísmo, p. 1357.