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A diferencia de otros blogs, aquí raramente se encuentran trabajos concluidos. En su mayoría están en un lento pero constante proceso de construcción, pues es intención mía la de ir intercambiando con los posibles lectores diversos puntos de vista a los efectos de ir construyendo los trabajos con una dialéctica progresiva. El tiempo dirá sobre la efectividad de este método.

domingo, 8 de julio de 2012

Algunas urgencias, a propósitos de mitos y símbolos.

     

          Dos lecturas me han deparado una particular felicidad en la búsqueda de la ratio essendi de la francmasonería en estos días de invierno austral. Por un lado, la fundamental "Historia de la Teoría Política", de Jean Sabine, cuya reimpresión del Fondo de Cultura Económica de México de 2006 aparece revisada por Thomas Landon Thorson; y por otro, el no menos arduo que completo "Diccionario de los Símbolos", de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, editado por Herder en España. Puesto a reflexionar sobre la causa que me llevaría a relacionar estas dos grandes obras, creo descubrir que el estudio profuso y horizontal del simbolismo del "Diccionario" puede (y hasta cierto punto debe) ser atravesado por la verticalidad histórica de la obra de Sabine.  Estas dos coordenadas delimitan un mapa de razonable valor para inteligir la naturaleza de una institución por demás compleja, como es la que nos ocupa; al menos en un detalle que no es menor, como es el tránsito del mito al simbolismo.

Refiere Sabine la connotación científica de este paso. En dos párrafos que me son inevitables transcribir, leemos que: “En el mundo contemporáneo podemos fácilmente hacer la distinción entre una descripción del movimiento del Sol a través del cielo dibujando un carro de fuego que se mueve por algún sendero de los cielos y una descripción que narra una gigantesca y ardiente bola de gas que aparentemente se mueve debido a la rotación de la Tierra sobre su eje. La primera descripción es mitológica, la segunda, científica.

La forma del mito es aquélla de un cuento: el carruaje es jalado por ocho caballos o por cuatro bueyes; es conducido por algún individuo en especial; es devorado por un ave gigantesca (durante un eclipse) para resurgir después. La forma de la ciencia es un principio abstracto, una descripción objetiva y precisa. No se requiere ningún atributo de personalidad en la descripción estrictamente científica. Nótese que en el mito verdadero la historia no es una descripción simbólica, sino literal. Para los antiguos egipcios el Sol no simbolizaba ni representaba a ninguna deidad ni era controlado por algún dios invisible y todopoderoso en particular (éste fue descubrimiento de los hebreos), sino que el Sol (Ra) era un dios.”[1]



Por lo tanto, en la visión de Sabine, el símbolo aparece necesariamente despersonalizado. El paso entre la literalidad propia del Mito a la despersonalización abstracta y objetiva del símbolo constituye una característica propia del occidente moderno. Mircea Eliade hablará de una desacralización de la naturaleza y dirá que “aún no es accesible más que a una minoría de las sociedades modernas y en primer lugar a los hombres de ciencia.”[2]

Resulta claro que existe una divergencia entre el carácter impersonal del símbolo en la concepción crítica de Sabine y la concepción sacra de Eliade, pero, en cambio, existe una coincidencia objetiva en la preponderancia de una simbología desacralizada, y despersonalizada en la edad moderna o contemporánea. La distinta valoración que pueda hacerse al respecto escapa al hecho empírico, claro y objetivo de que la marcha del tiempo así lo ha establecido en nuestras sociedades occidentales.

El Diccionario de los símbolos de Chevalier y Gheerbrandt omite una referencia al papel del mito y su relación con los símbolos. En su preclara introducción, abundan las referencias que tratan de diferenciar al símbolo del emblema, el atributo, la alegoría, la metáfora, la analogía, el síntoma, la parábola, el apólogo y el signo; [3] pero nada se dice de aquella forma primitiva de las ideas encarnadas en los mitos. Esta omisión me ha llamado la atención, puesto que su distinción conceptual aparece como fundamental, tal como brevemente lo reseñó Sabine. Quizá se evidencie en esto la complejidad que existe en una materia en donde los aportes de la historia, la psicología y la antropología aún se encuentran en un proceso de colaboración e inherencias incipiente.



En este escenario, la francmasonería, por su particular naturaleza simbólica, aparece como un testigo privilegiado de un intrincado proceso histórico que ha llevado, verbigracia, a cuestionar a aquella representación ideográfica que parecía coronar el edificio masónico. De este modo, el G.`.A.`.D.`.U.`., según se lo entienda conforme a un marco mítico o a uno simbólico, generará toda una discusión sobre los antiguos linderos que cierta tradición ha consagrado como perennes.

Como se ve, la perspectiva histórica, en tanto que indaga sobre la vaga noción de tiempos inmemoriales de la masonería (in illo tempore), pone en crisis todo el sistema de representación ideográfica de ésta. Pero no se trata aquí de entender a la historia como un mero sistema de ordenación cronológica, sino como el despliegue de una línea temporal sobre la cual aplicar críticamente los conceptos que la psicología, la antropología  y la sociología han desarrollado en su curso. Ésta tarea, en la orden francmasónica, es todavía incipiente pero no cabe duda de que la pervivencia pragmática de la orden misma depende en no poca medida del avance metódico que se haga en este sentido. La percepción de la francmasonería como una institución arcaica, vanamente tradicional y reducida a una función pseudo espiritualista o de club social, sumado a la apatía sobre todo lo que no tenga que ver con el mundo virtual e inmediato de la actualidad, demandan con particular urgencia aportes críticos concretos que hagan que la francmasonería tenga algo más que decir en estos tiempos que grandes discursos en odres viejos.




[1] Sabine, Jean, Historia de la Teoría Política, FCE, México, 1996, pág. 27.
[2] Eliade, Mircea, Lo Sagrado y lo Profano, Ed. Labor, Barcelona, 1983, pág. 130.
[3] Chevalier, Jean; Gheelbrandt, Alain, Diccionario de los Símbolos, Herder, 2009, pág. 18 y 19.