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A diferencia de otros blogs, aquí raramente se encuentran trabajos concluidos. En su mayoría están en un lento pero constante proceso de construcción, pues es intención mía la de ir intercambiando con los posibles lectores diversos puntos de vista a los efectos de ir construyendo los trabajos con una dialéctica progresiva. El tiempo dirá sobre la efectividad de este método.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

MATEMÁTICAS MASÓNICAS (primera parte)

           
            Debo a mi Q.·. H.·. John Dee la lectura de un texto que me era totalmente desconocido. El mismo se encuentra inserto en una publicación periódica del Centro de Estudios de Filosofía Clásica de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo y lleva el nombre de “Opúsculo Filosófico”. El número en cuestión está dedicado a Francisco García Bazán y expone en sus páginas un ensayo del mismo bajo el título “El Significado Aritmológica de la Tríada y sus Proyecciones Filosófico-Religiosas”. En la página 19 reproduce un texto de Jámblico tomado de “Sobre lo que es común a la ciencia matemática” que transcribo a continuación:

“La matemática de los pitagóricos no es la matemática que comúnmente se practica. Esta última, en efecto, es sobre todo técnica (tekhniké) y no tiende a lo Bello y al Bien, en tanto que la de los pitagóricos es exquisitamente contemplativa (theoretiké) y orienta todos sus teoremas hacia un fin último, y hace de modo que todos sus razonamientos se unan estrechamente a lo Bello y al Bien, y se sirve de razonamientos que son capaces de elevar hacia el ser. Movida por tal impulso, se divide convenientemente en sí misma: algunas de sus teorías se adaptan a la teología, y pueden compartir el orden y las medidas de los dioses y son éstas las que asigna a tal parte de la filosofía; otras, en cambio, pertenecen a la investigación del ser, para captarlo, medirse con él y convertirse en él, y es precisamente a esta parte de la filosofía que la matemática asigna este segundo grupo de teoremas. Tampoco escapa a la matemática el que algunas de sus enseñanzas ayuden científicamente (epistemonikós) a dar precisión al discurso, enseñando a operar silogísticamente, a demostrar y definir correctamente, refutando la falsedad y distinguiendo lo verdadero de lo falso. Tampoco ignora la equilibrada armonía de la investigación física, cómo ella se constituya, cuál sea su utilidad, cómo llene los vacíos de la naturaleza y cómo use la prueba en todo esto. Desciende, además, a la vida política y descubre la ordenación de las costumbres y la corrección del estilo de vida y las definiciones matemáticas que son propias de la vida privada y de la pública, y se sirve de estas definiciones como conviene para llevar estas vidas a su mejor estado, para corregirlas y procurarles una educación óptima y la debida moderación (eumetrían), protección de la ordinariez, adquisición de la rectitud y, en general, actuando así, es de ayuda, en su conjunto, a cada una de ellas en particular. Y pasando después a los bienes naturales y a los beneficios de las técnicas, descubriendo algunos e introduciendo otros como accesorios y colaborando a obtenerlos como un agregado, y prestando sus obras por sí sola o transfiriendo parte de ellas en algunas otras, lleva a completitud la vida humana, de manera que sea autónoma en sí misma y no esté falta de ninguna de aquellas cosas que necesita.”

El masón atento percibirá en el texto cuestiones que no le son ajenas en absoluto. Que el Arte Real esté imbuido de concepciones pitagóricas no le será tan ajeno como el hecho mismo de su alcance respecto precisamente de las matemáticas conforme a este particular y feliz texto, cuya posible relación es mayormente desconocida. Intentaremos entonces escudriñar esas posibles relaciones a fin de vislumbrar qué tan grande puede ser esa influencia pitagórica en masonería en general.


Como dice el texto en su comienzo, no estamos hablando de una matemática común, sino de una “exquisitamente contemplativa” en donde todos sus teoremas están orientados hacia lo Bello y al Bien para elevar hacia el ser. Esta visión teorética pasa generalmente desapercibida a los hermanos en masonería y conviene explicitarla para dimensionar a las matemáticas dentro de las Artes Liberales que son tan caras a la Orden. Digámoslo de nuevo: No estamos frente a una técnica, es decir destinada a la mera factoría de cosas externas mediante reglas precisas. Conviene detenerse en este tópico pues, conforme a la filosofía clásica, este tipo de quehaceres quedaban englobados en la expresión “arte”, por lo que si la masonería constituye un Arte Real habrá pues que conservar esta distinción para evaluar el alcance de dicha expresión, desde un punto exegético. Tampoco nos encontramos frente a una materia práctica, desde que la praxis se encuentra exactamente en las antípodas de cualquier actividad especulativa. Esta última aprovecha y compromete únicamente la parte intelectiva del hombre, en tanto que la praxis apunta al obrar del hombre (no solamente al hacer, como en la técnica), y por lo tanto involucra su libertad y lo define como un sujeto moral. Es así que nos encontramos la matemática como una virtud contemplativa que agota su objeto de alcanzar intelectivamente lo que es Bello y Bueno solamente aprendiéndolo conforme su particular método.

En este particular método tiene, como es evidente, un papel crucial la visión (si se me permite cierta redundancia). Propiamente la etimología de las palabras “teoría”, “teorema”, etc., derivan del verbo “theoreo”, verbo que en griego designa al que contempla, mira, observa y ve. Entiendo que por una particular analogía se haya relacionado la partícula “Theo” a Dios (sin justificación etimológica) y se haya asociado el símbolo del ojo con la divinidad, en menoscabo del método teorético que descansa en la contemplación a partir de los sentidos, y dentro de éstos y con particular relevancia la visión.


Detengámonos sólo un instante en un par de consecuencias masónicas de este dato etimológico. Por un lado, la que nos viene a la mente de un modo más directo es aquella de índole histórica y vinculada a los controvertidos “Landmarks” andersonianos, particularmente aquel deber del maestro que le impedía recibir a un aprendiz que presentara defectos físicos. Tanto en su versión de 1723 y la más radical de 1738, las Constituciones de Anderson parecen ser claras en la imposibilidad de admitir aprendices que padezcan incapacidades físicas que le impidan ejercer el Arte. Es dable suponer que aquellas incapacidades sensoriales, tales como la vista, hayan sido, en el incipiente S. XVIII, vallas insalvables para el desarrollo de las virtudes teoréticas. No obstante, una correcta exégesis de los textos andersonianos parece indicar que tal landmark prohibitivo tiene una clara direccionalidad teorética antes que práctica. El progreso científico y ético de las sociedades masónicas ha llevado estos landmarks a su mínima expresión atendiendo el fin específico de la institución, en donde se privilegia la intelección por sobre las disminuciones físicas particulares. Así es dable comprobar que HH.·. con sus facultades visuales disminuidas o extintas pueden aprehender el Arte de un modo notable, a pesar de sus limitaciones físicas y muy a pesar de los cultores de la literalidad sin exégesis.

Otro aspecto interesante tiene que ver con el mentado silencio del aprendiz. Por su ubicación, está llamado a privilegiar su sentido visual por sobre su oralidad. Otra vez la etimología de la teorética viene a cuento para fundar esta virtud que es tan difícil de dimensionar a los recién ingresados en las logias masónicas. No se debe olvidar que tanto “Teorética”, “Teoría”, “Teatro”, etc., comparten la misma raíz visual y por tanto no es difícil vincular el silencio del aprendiz con el que guardan los espectadores de una obra teatral en su oscuro patio de butacas. Quien quiera tener una aproximación a la importancia teorética del Teatro en el Renacimiento (de la cual la masonería moderna es una concreción tardía y eficaz) no tiene más que acercar su curiosidad a la obra de Frances Yates: “Teatro del Mundo”. Esta sola obra merecería un análisis vinculado al tema que desarrollamos que excedería en mucho nuestra modesta  capacidad de reseña, análisis y aporte. Pero confío en que el masón rectamente curioso navegará por esa obra para darle la justa impronta a la Orden y que ésta merece conforme su objeto, historia y tradiciones.

Una última cuestión vinculada a la nota teorética de las matemáticas, según este notable texto de Jámblico es que tienen un fin último. Esta causa final no es otra que lo Bello y el Bien, a quien el autor parece ubicar en un plano de igualdad y unidad; quizá porque el Bien en su aspecto contemplativo se reduce al estudio de aquellas proporciones que fundan la Belleza y en este sentido se justifique esta igualdad en vista a una especificidad especulativa. Esta centralidad de la Belleza no es ajena a las tradiciones masónicas, pues muchas interpretaciones artísticas de su ritualidad, propias del escocismo antiguo y aceptado, así lo grafican.
  


La nota especulativa, en relación con la contemplación teorética, merecería un análisis más arduo. Baste decir que aquel texto paulino que reza: videmus nunc per speculum in aenigmate: tunc autem facie ad faciem. Nunc cognosco ex parte: tunc autem cognoscam sicut et cognitus sum (Pablo, Corintios I; 13,12) no es ajeno ni a la denominada masonería especulativa (cuya adjetivación debería ahondar en estos tópicos además de hacerlo en teorías hoy vastamente criticadas y vulgarmente difundidas) como a ciertas cuestiones propias del gnosticimos, la cábala y el hermetismo que, aun controversiales, han dejado su impronta en la orden de los francmasones y que justificarían de por sí sendos estudios que exceden los modestos propósitos de esta entrada de blog, pero que merecen ser tenidos muy en cuenta.

No nos hemos movido, en esta primera entrega sobre el texto de Jámblico, de la conceptualización teorética que caracteriza a las matemáticas y poco hemos dicho de las matemáticas en sí. No obstante queríamos detenernos en estas notas sin las cuales resulta imposible abordar el tema sin una justa dimensión de lo que la esencia francmasónica aborda como tal. Quizá un tratamiento banalizado de esta temática, sumado a cierto y extendido entusiasmo diletante de muchos masones entusiastas pero no habituados a indagar en la génesis historica e ideológica de la Institución, olvidan esta direccionalidad pitagórica o, si son conscientes de ello, olvidan cómo es posible que las matemáticas puedan alcanzarla. Sin esta direccionalidad, ciertos aspectos cruciales de la enseñanzas masónicas quedan supeditadas a cuestiones accesorias que terminan conformando un pretendido enciclopedismo de dudoso rigor y un diletantismo peligroso que a la postre concluye desacreditando una de las naves más gloriosas de la tradición neoplatónica renacentista.

Dejamos para una segunda entrega la vinculación de esta visión sobre las matemáticas con la Teología, la política, la moral, etc., conforme lo especifica el texto en cuestión. No dudamos de que este análisis nos devolverá a la memoria notas fundamentales a partir de las cuales hacer una relectura de la filosofía de la Orden. Porque, después de todo, quizá Bacon recordara a Platón y al Rey Salomón con acierto:

“There is no new thing upon the earth. So that as Plato had an imagination, That all knowledge was but remembrance; so Solomon giveth his sentence, That all novelty is but oblivion.”


Astor Piazzolla -  Oblivion



sábado, 9 de noviembre de 2013

1; 2; 3… Del Uno al número y del número a la Masonería...

E Pluribus Unum


     Podríamos referirnos in extenso a la importancia de los números en la tradición francmasónica. Cualquier miembro de la institución podrá partir de su intuición sobre los mismos y hallarse a poco camino munido de una bibliografía tan vasta como el numeroso universo. Es por ello que aquí tenemos un propósito más modesto: despertar la inquietud sobre tales elucidaciones, pero remitiéndonos a viejos textos que se hallan estrechamente vinculados al pensamiento platónico, el que, como venimos insistiendo, parece hallarse en los fundamentos mismos de la Orden a partir de cierta reelaboración moderna.
     En esta empresa seguiremos las precisas observaciones que F. M. Cornford realiza en su impecable “Platón y Parménides”[i], de cuya introducción este breve artículo pretende ser el remedo de un editorial masónico.

     Es claro que nos encontramos frente a una concepción pitagórica que entendía a los números como la naturaleza real de las cosas. Cornford ditingue dos tradiciones principales: la jónica y la itálica; la diferencia entre ambas es que “mientras que los jónicos buscaban la naturaleza de las cosas en algún tipo de materia, la tradición itálica ponía el peso en el principio de límite o forma, que aparece en primer lugar en la figura geométrica y en el número”[ii]. Así las cosas, Cornford cita un texto de Alejandro Polystor que fuera conservado por Diógenes Laercio y que los masones deberíamos recitar de memoria, como Padrenuestro de todas nuestras concepciones numéricas y geométricas:

“El primer principio de todas las cosas es el Uno. Del Uno proviene un Dos Indefinido, como asunto del Uno, que es la causa. Del Uno y del Dos Indefinido vienen los números; y de los números, los puntos; de los puntos, líneas; de las líneas, figuras planas; de las figuras planas, figuras sólidas, y de las figuras sólidas, cuerpos sensibles. Los elementos de éstos son cuatro: fuego, agua, tierra y aire; éstos cambian y se transforman por completo, y a partir de ellos se origina el cosmos, animado, inteligente, esférico y redondeando toda la tierra, la cual es en sí misma esférica y está habitada por todas partes.”

     En el s. I a. C. Eudoro dirá que la Mónada es el primer principio de todas las cosas y un dios supremo, mientras que los dos “principios secundarios de la naturaleza de los elementos, los opuestos (lo Limitado y lo Ilimitado) bajo los cuales se ordenaban sus dos columnas”, no son principios sino que son posteriores a la Mónada.[iii] ¿Cuáles son esas dos columnas? Pues bien, las que enumera Aristóteles en la Tabla de los diez Opuestos distribuidos en dos columnas y que atribuye a “otros” pitagóricos:

                                               Limitado                                Ilimitado
                                               Impar                                    Par
                                               Unidad                                  Pluralidad
                                               Derecha                                Izquierda
                                               Masculino                             Femenino
                                               Reposo                                 Movimiento
                                               Recto                                   Curvo
                                               Luz                                       Oscuridad
                                               Bueno                                   Malo
                                               Cuadrado                              Oblongo



     Ahora bien, nos encontramos que la Unidad, que se menciona en la primer columna, participa de la naturaleza de ambas columnas, “puesto que cuando lo sumamos (la unidad) a un número par, lo convierte en impar, y cuando lo sumamos a un número impar, lo convierte en par; de ahí que la unidad reciba el nombre de “par-impar.”[iv]

            Cornford sigue su desarrollo sobre cómo se suceden las figuras geométricas, conforme al citado texto de Polystor, que desembocará en la formación del “primer sólido, probablemente una pirámide, la semilla ígnea a partir de la que se generará el mundo”. Para ello se vale de tres citas aristotélicas, que merecen su transcripción:

                       “Una vez construido el uno… inmediatamente, las partes más próximas a lo Ilimitado comenzaron a ser arrastradas y limitadas por el Límite.”

                       “El cielo es uno, y desde lo Ilimitado trae sobre sí el tiempo y el aliento o Vacío, que mantiene siempre diferenciados los lugares de las cosas individuales.”

                       “Los pitagóricos también afirmaron la existencia del Vacío, y que entra en el Cielo, desde el aliento ilimitado que respira el Cielo, siendo el Vacío el que mantiene las cosas diferenciadas, por tratarse de una especie de separación o división entre cosas que están cerca unas de otras; y esto tiene lugar primero entre los números, pues es el Vacío el que delimita sus naturalezas”

     A partir de esto, Cornford encuentra una fuerte analogía con la teoría médica de Filolao, “quien enseñaba que nuestros cuerpos están construidos a partir de lo caliente y no participan de lo frío. La semilla que constituye la criatura viviente está caliente y también lo está el seno, el lugar en que se deposita la simiente. Después del nacimiento, la criatura va acortando el aire de fuera, que está frío. Es necesario, por tanto, que el calor del cuerpo se enfríe por el acortamiento de este aire traído de fuera”. Es así que el aire ilimitado se identifica con el “vacío”, y se lo coloca en la categoría de cuerpo elemental. La cosmogonía más antigua contaba sólo con dos factores primitivos, al decir de Cornford: el Fuego o Luz, asociado al Límite, y el Aire oscuro, que se identifica con el vacío ilimitado, la “Noche” de las cosmogonías precientíficas. Posteriormente, los elementos serían, tal como dice Polystor, cuatro: fuego, agua, tierra y aire.”[v]



            Cornford insiste en que el resumen de Alejandro mantiene ciertos rasgos de la oposición entre el Fuego y el Aire:

      “El aire que está sobre la tierra está estancado y es malsano, y todo lo que se encuentra en él es mortal; pero el aire que está por encima está siempre en movimiento, puro y saludable, y todo lo que está en él es inmortal y divino. El sol, la luna y las estrellas son dioses, pues en ellos predomina lo Caliente, que es causa de la vida… Los hombres han emparentado con los dioses, porque el hombre participa de lo Caliente. De ahí que Dios pensara en nosotros… Un rayo de sol atraviesa el “éter denso” (tal es el nombre que dan al mar y al vaho). Este rayo desciende hasta las profundidades y vigoriza todas las cosas. Todas las cosas viven, las que participan del calor – por eso las plantas son criaturas vivientes – pero no todas tienen alma. El alma es una parte separada tanto de lo caliente como del éter frío, pues también participa de este. El alma se distingue de la vida y es inmortal, porque aquello de donde ha salido es inmortal.”

          Todo lo citado hasta aquí nos es notablemente familiar a los masones y encuentra su lugar en la compleja representación simbólica que se distribuye en las salas logiales conforme a los diversos grados simbólicos y los diversos ritos que practica la Orden. Desde el Delta, el sol y la luna, las columnas hasta aquellos controvertidos “landmarks” que postulan la existencia de un Gran Arquitecto del Universo y la correspondiente inmortalidad del alma, encuentran en estos textos sus antecedentes necesarios, olvidados o desconocidos. 


            Respecto de la identificación de la Mónada con la Divinidad, poco resta decir y es evidente que dicha concepción es tributaria de la cosmogonía religiosa del pitagorismo. La imbricación de esta misma cosmogonía con la noción de Dios encontró en la masonería un lugar preferencial. Y aunque será atribuible al calvinismo presbiteriano la denominación de Dios como Gran Arquitecto del Universo[vi], su simbolismo ha pasado de los extremos religiosos de los “antiguos”[vii] al positivismo abolicionista que promovió la supresión en 1877 del art. 1º de la Constitución del Gran Oriente de Francia que tomaba por base de la masonería la existencia de Dios y la inmortalidad del alma.[viii] Una posición moderada y más ajustada a la ritualística de la primera Gran Logia se encuentra en el Regulateur, en donde no se hace referencia al G.·. A.·. D.·. U.·. ni en la apertura ni en el cierre de los trabajos. Su referencia sólo aparece como invocación o evocación en el momento de la recepción de los grados.[ix] En Argentina esta impronta moderada se hará sentir fuertemente aún en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, sobre todo a partir de la influencia del positivismo español que inmigró al país luego de la desgraciada llegada del franquismo a España, y que se plasmó en la formación del Gran Oriente Federal Argentino que cambió para siempre la ritualística escocista en estas tierras, y que encontró su eco en lo que luego devino como Gran Logia de Libres y Aceptados Masones de la Argentina. La misma tradición conserva el Gran Oriente Federal de la República Argentina en sus rituales escocistas. Como se ve, la universalidad del mensaje masónico fue posible, evidentemente, merced a resignar cierta coherencia con los antecedentes filosóficos de la francmasonería moderna. 



            El tema de las luminarias no es menos polémico. El Rito Moderno en este sentido, a diferencia de otros ritos como el Escocés Antiguo y Aceptado, conserva una mayor coherencia respecto de estos fundamentos filosóficos arcaicos. Sigue considerando al Sol y la Luna entre sus grandes luces, aunque sin duda que en ese devenir histórico la impronta calvinista conservó el aspecto religioso que, verbigracia,  el escocismo terminó trasladando a una conjunción de Biblia, Compás y Escuadra. No obstante, si se escarba en el tiempo, el origen del simbolismo seguramente se desembocará en esta antigua concepción cosmogónica.


     Más complejo, en cambio, resulta el análisis de las columnas. Del pensamiento griego expuesto se colige que deviene de la noción “par-impar” y su vertebración en dos columnas opuestas, tal como lo expusiera Aristóteles. De allí que en los rituales del simbolismo masón, la columna oscura debería estar alineada con la Luna, con el Par –Indefinido, en tanto que la columna clara debería estarlo con el Sol, el Impar – Definido. El Rito Moderno, en su versión del Regulateur, conserva dicha coherencia. No así el Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Y si bien esto ha dado lugar a insolubles discusiones respecto de dicha ubicación, el origen de tal desquicio parece haber tenido más que ver con la inversión de las letras J y B que con el Sol y la Luna, a las que estaban vinculadas. Pero ésta es una materia sobre la cual aún hoy corren abundantes ríos de tinta en favor de una y otra postura.



     Algo similar ocurre con la impronta cabalista/alquímica que parece tener encontrar mayor campo de acción en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado antes que en el Rito Moderno. Este último reivindica una pureza simbólica, más ligada al cristianismo calvinista que a fuentes esotéricas y es por ello que todo aquello vinculado a los cuatro elementos fundamentales como son fuego, agua, aire y tierra son tomados como una desviación espuria de la rituálica del Mason Word, antecedente obligado del rito practicado por la Primera Gran Logia y conservado por el Regulateur del Rito Francés. No obstante, una observación pacífica de la cuestión podría llevarnos a observar que, antes que una disputa entre calvinismo vs. alquimia, la cuestión parece centrarse más en una concepción cosmogónica propia de la filosofía griega arcaica que analizamos y que ciertamente logró, por un lado, entroncarse con aquella etapa del cristianismo que quería mostrar una continuidad y completitud con la filosofía precristiana y, por otro, con aquellas rama del misticismo judaico o del gnosticismo cristiano que a la postre terminarían vinculadas a concepciones alquímicas o cabalistas/alquímicas. El tronco, indudablemente, ha sido común y ha generado en masonería corrientes simbólicas más o menos barrocas pero con un ADN remoto común.



     Como fuere, esta tarea de indagar sobre correspondencias exactas entre las cosmogonías fundantes de la masonería y su adecuada correlación simbólica constituye una de los disparadores más estimulantes de la Orden de la Francmasonería, desde que las logias siempre han sido tenidas por usinas de pensamiento. Y dado que, conforme al pensamiento platónico, la filosofía constituye el modo más digno por el que el hombre se prepara para su muerte no es en balde abocarse a estos menesteres sub conditione de que estas especulaciones hagan prevalecer en uno mismo el espíritu sobre la materia y nos enderecen hacia una vida más recta y provechosa en armonía con el mundo y el cosmos. Nadie mejor, entonces, que el Platón del Timeo para concluir este artículo:

Si un hombre cultiva sus apetitos y ambiciones y dedica a ello todos sus esfuerzos, sus pensamientos son necesariamente mortales y, en la medida en que sea posible, se vuelve mortal por entero, puesto que ha alimentado su mortalidad. Pero si su corazón ama el estudio y la sabiduría verdadera y ha ejercitado esa parte de sí mismo por encima de las otras, estará, con seguridad, preparado para tener pensamientos inmortales y divinos; si ha abrazado la verdad, tampoco podrá dejar de poseer la inmortalidad en la medida mayor que admite la naturaleza humana; y como siempre conservó con devoción su parte divina y mantuvo el genio guardián (daemon), que cohabita con él en buen estado, será necesariamente feliz (eudaemon), por encima de todo. Ahora bien, sólo hay una forma de cuidar de algo: darle los alimentos y movimientos que le son propios. Los movimientos similares a la parte divina que hay en nosotros son los pensamientos y revoluciones del universo; son éstos, por tanto, los que todos los hombres deberían seguir, y… mediante el estudio de las armonías y revoluciones del mundo, debería entrar con su parte inteligente, de acuerdo con su naturaleza prístina, en aquello que es semejante a lo que discierne la inteligencia y alcanzar con ello la plena realización de la vida mejor que conceden los dioses a los humanos, tanto ahora como en el tiempo que está por venir.”[x]
  





[i] Vid. Cornford, F. M., Platón y Parménides, Introducción: 1. “La cosmogonía pitagórica arcaica”, Ed. Visor Dis, España, 1989.-
[ii] Idem, pág. 37.-
[iii] Idem, pág. 39.-
[iv] Idem, pág. 43.-
[v] Idem, pág. 59/60.-
[vi]  El término “Gran Arquitecto” fue introducido en la francmasonería en 1723 por el ministro Presbiteriano James Anderson, quien a su vez lo había tomado de los trabajos de Juan Calvino, justamente uno de los fundadores del presbiterianismo. Vid. Macleod, W., Los símbolos masónicos: uso y abuso, en: http://masonerialaimprentadebenjamin.blogspot.com.ar/2013_09_01_archive.html
[vii] Respecto de la disputa entre los “Antiguos” y los “Modernos”, vid: Dachez, R., “La disputa entre los Antiguos y los Modernos”, traducido por Joaquín Villalta, en: http://www.ritofrances.es/documentacion/historia/AM.pdf
[viii] Vid. Ligou, Daniel, “Cuando el GODF abandona el tema del GADU”, en: http://www.ritofrances.es/documentacion/ritualisticos/AH1_Cuando_el_GODF_abanona_el_GADU_I.pdf
[ix] Vid. Regulateur Du Maçon 1801, Primer Grado Simbólico: Aprendiz, publicado por el Círculo de Estudios del Rito Francés “Röettiers de Montaleau, Ed. Masónica.es, 2010, pág. 57.-
[x] Cit. por Cornford, F. M., op. cit., pág. 67.-

miércoles, 30 de octubre de 2013

Platón y el atávico simbolismo del Mediodía



El arte de la traducción ciertamente es difícil. El viejo refrán italiano que juega con la similitud entre los términos traductor (traduttore) y traidor (tradittore) da cuenta de lo arduo de dicha ocupación. Es por eso que la remisión a los textos originales y a sus traducciones más fieles puede aportarnos nuevas luces que orienten el verdadero sentido de la obra y, en ocasiones, descubran detalles que abran la puerta a fructíferas investigaciones.

En el caso que ahora nos ocupa, tenemos el siguiente fragmento del “Fedro” de Platón:

Μήπω γε, ὦ Σώκρατες, πρὶν ἂν τὸ καῦμα παρέλθῃ. Ἢ οὐχ ὁρᾷς ὡς σχεδὸν ἤδη μεσημβρία ἵσταται ἡ δὴ καλουμένη σταθερά; Ἀλλὰ περιμείναντες καὶ ἅμα περὶ τῶν εἰρημένων διαλεχθέντες, τάχα ἐπειδὰν ἀποψυχῇ ἴμεν.[i]

En la traducción que publicara en 1871 Patricio Azcárate, el fragmento aparece traducido del siguiente modo:

“FEDRO:- No, Sócrates, aguarda á que el calor pase. ¿No ves que apenas es medio día, y que es la hora en que el sol parece detenerse en lo más alto del cielo? Permanezcamos aquí algunos instantes conversando sobre lo que venimos hablando, y cuando el tiempo refresque, nos marcharemos.”[ii]

Así las cosas, este pequeño párrafo no tendría mayores cercanías con la masonería que una cierta alusión al mediodía, su impronta en la temperatura, y la consecuente necesidad de detenerse a buen refugio para filosofar. No obstante, la traducción más literal de Editorial Gredos, célebre por su rigurosidad en estos menesteres, da cuenta de una ligera pero significativa variante:

“FED. - No, Sócrates, todavía no; no antes de que se pase este bochorno. ¿No ves que ya casi es mediodía, y que está cayendo, como suele decirse, a plomo el sol? Quedémonos, pues, y dialoguemos sobre lo que hemos mencionado, y tan pronto como sople un poco de brisa, nos vamos.”[iii]



Como se ve, esta traducción literal aparece como vinculada con la masonería de un modo más estrecho, al punto de preguntarnos si como tal no constituye el origen de la impronta horaria en los rituales masónicos, particularmente la del mediodía.

Mackey, en su celebérrima enciclopedia, no parece dar muchas precisiones respecto del origen de la expresión, remontándola a la tradición de la construcción del Templo y en antiguos rituales del S. XVIII sin mayores datos.[iv] Por su parte, el más reciente diccionario masónico de Juan Carlos Daza tampoco aporta mayores datos al respecto, insistiendo en la idea del mediodía como el momento de mayor luz del día[v].

¿Pero es esto así? De la inteligencia textual del texto platónico se colige que la hora referida tiene una influencia mayormente térmica que lumínica, lo que, en una estación determinada, puede llevar a exigir que sea el momento adecuado para buscar descanso y refugio del “bochorno” horario y, en aras a un ocio creativo, volcarse a la reflexión. Y dado que los trabajos masónicos son de suyo reflexivos y masónicos, la génesis de la expresión ha de haber estado vinculada en la práctica a esta realidad más que a un contenido simbólico determinado que, si bien se ajusta a su desarrollo lógico, no tiene asidero con ninguna empresa constructora operativa real. Si se quiere insistir sobre el origen operativo del gremio, deberá tenerse en cuenta que las grandes obras catedralicias, verbigracia, se hacían precisamente durante las estaciones más cálidas por cuestiones obvias de secado de argamasas que impedían el desplazamiento de las grandes piedras y las fijaban adecuadamente. Por lo que en las estaciones gélidas y húmedas, en donde el mediodía boreal no generaba tales bochornos, tal hora no tenía incidencia alguna en la necesidad de descanso desde que los trabajos operativos estaban de hecho suspendidos.



No obstante, la vinculación de una hora de reflexión y una imagen alegórica de una luz que cae a plomo, sin duda resultan altamente sugestivos para el pensamiento masónico y no parece en balde sugerir que, conforme el innegable antecedente neoplatónico que parece subyacer en la formación ideológica de la masonería moderna, este texto parece haber tenido un papel significativo al momento de formular en sus rituales un simbolismo muy preciso sobre dicha hora central.
  




Posdata: Repasando una de las monografías de Carl Gustav Jung que aparecen publicadas en su celebérrima obra “Simbología del Espíritu”, encuentro que el autor refiere el cuento de Grimm del “espíritu en la botella”[vi], en donde los hechos se desarrollan a partir de que su protagonista llega a una vieja y enorme encina mientras pasea por el bosque durante el descanso del mediodía. El autor, no obstante analizar la figura arquetípica de Mercurio en el relato y otros aspectos secundarios, no se detiene sobre este significativo detalle de la hora. No obstante, por la misma función arquetípica que Jung le atribuye a los cuentos en la psiquis humana, el hecho no ha de ser casual y no sería de extrañar que la conjunción de las ideas de calor, descanso, luz y reflexión pueda encontrar ya no su fuente en simbolismos platónicos sino en atávicas formaciones arquetípicas de la mente humana. Quién sabe…








[ii] Vid. Platón, Obras Completas, Ed. de Patricio Azcárate, Tomo 2, Madrid, 1871.-
[iii] Vid. Platón, Diálogos, III, Ed. Gredos, pág. 337.-
[iv] Vid. Mackey, Albert, An Encyclopaedya of Freemasonry, New York y Londres, 1914, voz: High Twelve, pág. 328.-
[v] Vid. Daza, Juan Carlos, Diccionario Akal de la Francmasonería, Ed. Akal, Madrid, 1997, voz: mediodía, pág. 257.-
[vi] Vid. Jung, Carl G, “Simbología del Espíritu”, Ed. FCE, México, 2008, pág. 59.-

domingo, 27 de octubre de 2013

El epíteto "Abif"


     El primer artículo publicado en el primer número de "The masonic eclectic", en Septiembre de 1860, es de autoría de Albert Mackey. Está referido al epíteto "Abif" con que suele distinguirse al Maestro Constructor del Templo de Salomón del otro Hiram, rey de Tiro. Lo reproduzco en una traducción libre, y bajo cierta supervisión de mi Q.·. H.·. M.·. L.·.. Por lo demás, este primer número de "The masonic eclectic", afortunadamente, puede encontrarse en la sección Google Books y descargarse libremente.


El epíteto "Abif"
Por Albert G. Mackey, M. M.
          

           Cientos de masones tienen por costumbre casi diaria referirse a la palabra "Abif", o escuchan referirla, sin tener una idea aproximada de su significado o su derivación. No obstante, es una palabra muy importante y que penetra en la historia masónica como para dejarla en tal oscuridad, y por lo tanto un intento de dilucidar su verdadera significación no puede ser del todo carente de interés para el estudiante masón.

            ABIF es un epíteto que se ha aplicado en la Escritura al célebre constructor que fue enviado a Jerusalén por el rey Hyram, de Tiro, para supervisar la construcción del Templo. La palabra, que en el hebreo original es אביף, y que pueden ser pronunciadas abiv o Abif, se compone del sustantivo en el estado constructivo אבי, Abi, que significa "padre", y el sufijo pronominal ף, que, con el sonido vocal precedente, suena como iv o if, y que significa "su", de modo que la palabra así compuesta Abif literal y gramaticalmente significa: "su padre." La palabra se encuentra en Crónicas II, iv. 16, en la siguiente frase: "Los calderos y las palas y los garfios y todos sus instrumentos hizo Hiram su padre al rey Salomón." La última parte de este versículo está en el original de la siguiente manera:



            LUTERO ha sido más literal en su versión de este pasaje que los traductores ingleses, y pareciendo suponer que la palabra Abif la considera simplemente como un apelativo o apellido, conserva la forma hebrea, así su traducción es como sigue: "Hiram Abif machte dem Könige Salomo." La versión sueca es igualmente exacta, y en lugar de "Hiram su padre" nos da "Hyram abiv." En la Vulgata Latina, al igual que en la versión en Inglés, las palabras se vuelven "Hiram pater ejus." Dudo que Lutero y el traductor sueco fuesen correctos en el tratamiento de la palabra Abif como un apelativo. En hebreo la palabra Ab o padre es de uso frecuente honoris causa, como un título de respeto, y puede entonces significar amigo, consejero, sabio, o alguna otra cosa de carácter equivalente. Así el Dr. CLARKE, al comentar sobre la palabra abrech, en Génesis xli. 43, dice: "Padre parece haber sido un nombre en el cargo, y probablemente el padre del rey o el padre del faraón podría significar lo mismo que el ministro del rey entre nosotros". Y en el mismo pasaje en el que se utiliza esta palabra Abif, dice: אב, Padre, a menudo se usa en hebreo para significar un maestro inventor, jefe operador." Gesenius, el distinguido lexicógrafo hebreo, da a esta palabra significados similares, como benefactor, maestro, profesor, y dice que en el árabe y el etíope se habla de alguien que se destaca en algo. Esta costumbre idiomática fue seguida luego por los hebreos, como Buxtorf nos cuenta, en su léxico talmúdico, que "entre los talmudistas abba, padre, siempre fue un título de honor" y cita las siguientes palabras de un tratado del célebre MAIMONIDES, que, al hablar de los grados o rangos en que se dividieron los doctores Rabínicos, dice: "la primera clase consiste en la que cada uno de los cuales lleva su propio nombre, sin ningún título de honor, el segundo de los llamados Rabí, y los hombres de esta clase también reciben el apodo de Abba, Padre ."

            Una vez más, en Crónicas II, ii . 13 , Hiram , rey de Tiro , en referencia al mismo Hiram, hijo de la viuda, aunque se habla de la continuación en referencia al rey Salomón como "su padre" o Abif en el pasaje ya citado, escribe a Salomón: "Y ya he enviado un hombre hábil y entendido , Hiram mi padre." La única dificultad en esta frase se encuentra en la prefijación de la letra lamed ל, antes de Hiram, que tiene las palabras l'Huram Abi como significado "para Hiram mi padre"* en lugar de "Hiram mi padre." LUTERO tiene de nuevo la visión correcta de este tema, y traduce la palabra como un apelativo: "So sende ich nun einen weisen Mann, der Berstand hat, Hiram Abif,”  es decir, "Así que ahora te envío un hombre sabio, que tiene entendimiento, Hiram Abif ." La verdad es que sospecho, aunque se ha escapado a todos los comentaristas, que lamed en este pasaje es un Caldeísmo que se utiliza a veces por los escritores hebreos posteriores, que emplean incorrectamente, el signo del dativo por el acusativo después de verbos transitivos.

Así, en Jeremías (xl. 2) tenemos esa construcción: vayakach rab tabachim l'Iremyahu, es decir, literalmente, "y el capitán de la guardia tomó para Jeremías," donde ל, l, o para, es un caldeísmo redundante, la verdadera representación debe ser "y el capitán de la guardia tomó a Jeremías". Otros pasajes similares se encuentran en Lamentaciones iv. 5, Job v 2, etc. De la misma manera que ל puesto antes de Hiram, supone que los traductores ingleses han hecho de la preposición "para" algo redundante y una forma del caldeo, entonces la frase debe leerse así: "Tengo enviado un hombre hábil y entendido, Hiram mi padre", o si se considera como un apelativo, debería ser,"Hiram Abi".

De todo esto concluyo que la palabra Ab, con sus diferentes sufijos, se utiliza siempre en los libros de Reyes y Crónicas, en referencia a Hiram o Hiram el constructor, como un título de respeto. Cuando el rey Hiram habla de él lo llama "mi padre Hiram," Hiram Abi, y cuando el autor del Libro de las Crónicas está hablando de "el padre de Salomón" se refiere - "su padre" -, a Hiram Abif. La única diferencia está hecha por las diferentes denominaciones de los pronombres mi y su en hebreo. Ambos reyes de Tiro y de Judá  llevaron la relación honorable de ab o "padre", como equivalente a un amigo, consejero o ministro. Él era "Padre Hiram." Los masones tienen por lo tanto toda la razón al negarse a adoptar la traducción de la versión en Inglés, y en la preservación, siguiendo el ejemplo de Lutero, de la palabra "Abif" como apelativo, apellido, o el título de honor y distinción otorgada al principal constructor del Templo.





* Puede observarse que este no podía ser el verdadero significado, para el padre del rey Hiram no era otro Hiram, sino Abibaal.

sábado, 20 de julio de 2013

Breves consideraciones sobre el Fedón, y la memoria de la muerte del Hermano Sócrates - a propósito de los orígenes ideológicos de la Francmasonería-

A mis HH.·. MJZ y ML, compañeros de lecturas, en el día del Amigo.
No ignoro que aplicar el calificativo “Hermano” a Sócrates pudiera valer como una de las habituales extralimitaciones masónicas que refieren los detractores de la masonería, quienes nos acusan de apropiarnos de cuanta personalidad ha hecho roncha en la historia humana. Hacia el final de "El Libro del Fantasma"[i], Alejandro Dolina nos refiere una fraternidad celestial que goza paradójicamente de la esperanza, de la incertidumbre y aun del desengaño aunque en las más nobles de sus formas. Entre ellos enumera al Hermano Platón, y nada nos impide imaginarlo en la compañía de Sócrates. De lo que se sigue que no se trata sólo de la masonería, sino de un sentimiento auténtico de hermandad que quiere acercarnos a esos grandes espíritus de la que nos habla la memoria allende la muerte. Así las cosas, la policía antimasónica puede respirar en paz.

O no tanto. Quiero rescatar los términos muerte y memoria para escudriñar un poco más sobre el profundo sentimiento de fraternidad, y si la suerte me acompaña, esbozar luego una hipótesis sobre la posible genética platónica de la masonería.

Respecto de la memoria, y sin connotación alguna a la anamnesis platónica, cabe señalar la importancia cardinal que ostenta esta fundamental potencia humana cuyo sólo examen excedería en mucho los modestos propósitos de este ensayo. Baste referir su papel fundamental a la hora de formar hábitos y virtudes, cuya causa fin quedaría vacía de contenido sin su forma. Ha sido en parte gracias a la gran labor científica de Frances Yates que la memoria ha sido revalorizada en su papel fundante de sociedades cristianas modernas de raigambre neoplatónicas, o cabalista-herméticas como prefiere denominarlas.[ii] Si la masonería es o no tributaria de esas sociedades, es cosa que todavía reclama ríos de tinta seria (de la otra, hay océanos). Y aunque nos inclinamos por la primera de las hipótesis, lo que no puede negarse es el papel central que la memoria ostenta en la rituálica masónica, en su pedagogía y, por lo tanto, en sus fines formativos.[iii]

Y está el tema de la muerte, claro. Objeto siempre de serias y profundas reflexiones, la muerte no podía estar ajena a la cosmovisión masónica. Quizá un exceso vinculado con extralimitaciones esotéricas que no vienen a cuento, la han hecho más cercana a la idea genérica de cambio que a una realidad futura concreta. Y para eso el auxilio de la memoria aparece como fundamental, porque todo el sistema parece pensado con una sola finalidad: conscientizarnos de ese postrer hecho para encarar de otro modo nuestro tiempo vital. Me viene a la memoria aquella enseñanza del Eclesiastés[iv] que el latín traduce en una belleza impecable:

“In omnibus operibus tuis memorare novissima tua, et in aeternum non peccabis”

(En todas tus acciones ten presente tu fin, y no pecarás jamás)

Ciertamente la hipótesis de la francmasonería como una concreción históricamente tardía de aquellas sociedades cristianas, al modo de las que pensaron Campanella, Moro, Andreas y otros pensadores del primer humanismo[v] es fuerte, y por tanto no es peregrino que la conjunción neoplatónica de las ideas de muerte y memoria estén muy presente en su esencia ideológica. Pero también es cierto que otras corrientes historiográficas actuales, si bien no desconocen la influencia del pensamiento cabalístico-hermético característico del neoplatonismo de Ficino dentro de la rituálica masónica, relativizan su importancia a la hora de fijarlos como elementos constitutivos del génesis rituálico de la masonería. Actualmente, el Círculo de Estudios del Rito Moderno Röettiers de Montaleau ha contribuido a la desmitificación de esta corriente mayoritaria que se había impuesto fundamentalmente por la preponderancia del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, y ha hecho aportes definitivos de material en lengua española que nos obliga a replantear seriamente las bases mismas desde donde nos hemos situado a la hora de construir nuestra perspectiva masónica.

Si esto es así, cabe plantearnos si hubo un neoplatonismo cristiano desvinculado del pensamiento hermético que pudiera haber contribuido a la formación ideológica de una masonería temprana y que hubiese albergado en su rituálica recursos mnemotécnicos vinculados a la idea regeneradora de la muerte.

Sea cual fuere la respuesta, el Fedón de Platón contiene diversos tópicos que la masonería hará suyos en el transcurso de su elaboración rituálica. Además de los referidos en cuanto a la memoria y la idea de muerte como estímulo catártico, podemos señalar la idea de la filosofía como profesión o modo de vida, la idea de materia y espíritu, la recreación de las tragedias como método catárticos de purificación, la Sabiduría misma como rito purificador, el cuerpo como potencia engañosa de la verdad, como prisión pero a su vez como taller o recinto positivo para acercarse a la sabiduría, la idea de continuum de vida y muerte como prueba de la inmortalidad del alma, la elaboración de una teoría de opuestos y contrarios, y toda una teoría del conocimiento basado en la anamnesis que no está ajena al pensamiento masónico, sumado a una concepción de la virtud claramente plasmada en la filosofía de la institución. Incluso cabría referir algunas diferencias apuntadas por Platón respecto de la idea pitagórica del alma como armonía que, aunque excede nuestro propósito, no podemos dejar de reseñar a los fines de alertar a los cofrades en su, a veces, irreflexiva invocación a tradiciones pitagóricas que a menudo manejan ligeramente. Podría hacerse un inventario aún más amplio de aspectos de este diálogo platónico fundamental que están directamente vinculados a la filosofía rituálica de la masonería, pero es mi intención llamar la atención sobre el mismo a los efectos de que su lectura nos proporcione, al menos, aquel estado de perplejidad que suele ser el umbral de la sana filosofía, de la sabiduría al fin.

No queriendo agotar la paciencia de ningún lector concluyo, al fin, limitándome a reproducir un pequeño momento del diálogo que nos trae a la memoria la idea de la muerte como un camino hacia aquella luz que está más allá de la puesta del Sol, y que los sabios canteros sabrán apreciar en su justa extensión al ver al Sabio Sócrates enderezarse virtuosamente hacia la muerte, en su viaje al Hades:

“…tal vez es de lo más conveniente para quien va a emigrar hacia allí ponerse a examinar y a relatar mitos acerca del viaje hacia ese lugar, de qué clase suponemos que es. ¿Pues qué otra cosa podría hacer uno en el tiempo que queda hasta la puesta del Sol?”[vi]






[i]Me vi saliendo con mis amigos más queridos de la Universidad de Salamanca. Don Miguel de Unamuno acababa de darnos clase, Caminamos por un sendero arbolado. A cada instante nos saludaban señoritas maravillosas. Una de ellas nos invitó a una fiesta para esa misma noche. Supe el nombre de algunos invitados: el hermano Platón, el hermano Shakespeare, el hermano Osear Wilde, el hermano Miguel Ángel.
Al cabo de un rato comprendí que el paraíso estaba lleno de deliciosos problemas. Que existía la incertidumbre y la esperanza y aun el desengaño. Pero que todo asumía la más noble de sus formas.” Vid. Dolina, Alejandro, El Libro del Fantasma, Ed. Colihue, Bs. As. 1999.-
[ii] Acerca de la vinculación entre el neoplatonismo y las sociedades cabalistas - herméticas, vid. Yates, Frances, La Tradición Hermética en la ciencia renacentista en: Ensayos Reunidos, III, Ideas e Ideales del Renacimiento en el Norte de Europa, Ed. FCE, México, 2002, pág. 333 y ss.
[iii] También a estos fines, los aportes de Frances Yates son fundamentales. A saber, sus investigaciones plasmadas en El Arte de la Memoria y El Teatro del Mundo, dan fundamentos señeros sobre aquellos métodos mnemotécnicos basados en la impronta arquitectónica y teatral, en los cuales la masonería basa su puesta en escena rituálica en torno a la construcción del Templo de Salomón.
[iv] Eclo, 7,36.-
[v] Frances Yates hace un análisis respecto de estas sociedades cristianas, y ve a la francmasonería como una de las depositarias de las tradiciones cabalistas-herméticas de aquel primer humanismo, aunque no directamente vinculadas al pensamiento rosacruz. Vid. Yates, Frances, El Uliminismo Rosacruz, FCE, Madrid, 1972.-
[vi] Platón, Fedón, 61e.-