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A diferencia de otros blogs, aquí raramente se encuentran trabajos concluidos. En su mayoría están en un lento pero constante proceso de construcción, pues es intención mía la de ir intercambiando con los posibles lectores diversos puntos de vista a los efectos de ir construyendo los trabajos con una dialéctica progresiva. El tiempo dirá sobre la efectividad de este método.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Platón y Masonería: de los opuestos al necesario retorno a una masonería mítica.




Seria innecesario referir a estas alturas mi predilección por el Fedón de entre los diálogos platónicos. Y quizá sea por ello que su relectura me depara momentos gratos de grave reflexión. En muchos casos esta reflexión me remite a tópicos de la francmasoneria, sea porque ésta tiene una genética platónica por excelencia, sea porque la versatilidad  simbólica de la masonería así lo permite. Cualquiera sea el caso, hoy quiero detenerme en este significativo párrafo:


“¡Qué extraño, amigos, suele ser eso que los hombres denominan ‘placentero’! Cuán sorprendentemente está dispuesto frente a lo que parece ser su contrario, lo doloroso, por el no querer presentarse al ser humano los dos a la vez; pero si uno persigue a uno de los dos y lo alcanza, siempre está obligado, en cierto modo, a tomar también el otro, como si ambos estuvieran ligados en una sola cabeza. Y me parece, dijo, que si Esopo lo hubiera advertido, habría compuesto una fábula de como la divinidad, que quería separar a ambos contendientes, después de que no lo consiguió, les empalmo en un mismo ser, y por ese motivo al que obtiene el uno, le acompaña el otro también a continuación.”[i]


Del mismo extraigo dos tópicos masónicos que juzgo relevantes. El primero de ellos remite a la teoría de la armonía de los contrarios, constante en el pensamiento griego y que aquí encuentra una concreción platónica. En otro post de este blog me he detenido a analizar la relación de los opuestos con el ternario masónico, por lo que me remito a lo allí expuesto[ii]. No obstante, esta referencia platónica de dos contrarios unidos en una misma cabeza, o dos seres empalmados en uno, constituye una imagen que el simbolismo humanista no tardara en hacer proliferar en una iconografía profusa, y en la que la masonería abrevará hasta tomar como símbolos propios ideografías de viejo cuño pero inspiradas en esta perenne filosofía griega, platónica por demás.



El segundo tópico, se desprende necesariamente del anterior. Quiero decir que es tal la fuerza de la imagen que Platón pone en boca de Sócrates, que éste se ve impelido a referir que el mismo Esopo habría compuesto una fábula sobre la misma. Y es acá mismo en donde la vinculación con la francmasonería cobra un vigor que puede pasar desapercibido si se vive el Arte de un modo acrítico y sin ahondar en sus raíces filosóficas. 

La masonería se encuentra vertebrada en un conjunto de símbolos que se articulan progresivamente en emblemas que trasuntan un relato mítico, de un modo deontológicamente graduado. Los ritos son varios y variopintos, conforme a una mayor o menor ideología religiosa, esotérica (a veces en el más triste de sus sentidos) o pragmática, pero siempre su columna vertebral (es decir, su sentido más genuino) ha de pasar por un relato dotado de un contenido moral. Las nociones entre símbolo, signo, señal, parábola, metáfora, fábula, analogía, etc., serán distinciones precisadas y profundizadas a partir del renacimiento con un esmero muy fructífero, pero teniendo como antecedente obligado esta necesidad de representar ideográficamente valores a los que no se puede acceder sino a partir de una seria actitud filosófica ante la vida.  La masonería, hija tardía de aquellas sociedades cristianas del renacimiento que pretendían una regeneración humana global en base a modelos sociales idealizados, hará suyas estas inquietudes a través de una ideografía particular, tendientes a ilustrar un relato mítico en torno a la leyenda salomónico-hirámica. La nota distintiva de la francmasonería es que dotará a este relato mítico, simbólicamente ilustrado, de una representación escenográfica en ritos estructurados de un modo gradual y con un sentido deontológico basado en la catarsis griega. 

Pero a poco que un francmasón lea el texto platónico de marras, en donde aparece un Sócrates próximo a beber la cicuta enseñando que la filosofía no es otra cosa que una preparación para la muerte, y entre cuyas enseñanzas vitales se encuentra este fuerte llamado a la reflexión filosófica sobre los opuestos, no podrá dejar de sentir la proximidad con la ritualidad masónica, estructurada deontológicamente hacia una preparación para la muerte simbólica con un sentido de trascendencia. Solo que en el caso de la masonería, la necesidad de una fábula aparece ya elaborada con forma de mito: el mito salomónico-hirámico, en donde la muerte viene a coronar una sucesión de grados simbólicos y a elaborar un mito trascendental de resurgimiento como respuesta al horror vacui que la sola idea de muerte suscita. 

Pienso que si los francmasones recuperáramos el sentido de la reflexión sobre nuestros ritos poniendo énfasis en una visión mítica volveríamos a encausar a la orden en su finalidad filosófica, y dejaríamos atrás tantos desvaríos esotéricos y confusiones religiosas que son del todo ajeno al espíritu genuino del Arte. En este sentido, quizá sea imperioso retomar la lectura de Platón y dejar de lado tanta literatura fantasiosa que resta gravedad a la institución francmasónica. Más Platón y menos Dan Brown podría ser una buena receta.    

Y quizá, insistiendo sobre la idea de los opuestos, sea esta crisis de perspectiva la que nos lleve seguidamente a la otra, a la filosófica, y pasen de ser las logias clubes sociales centrados en sus pequeñas intrigas internas, a verdaderas usinas de ideas que nos ayuden a los hombres a reencontrarnos con aquellos mitos que doten de sentido moral nuestro camino hacia la muerte, nuestro transito por esta vida.

Porque, parafraseando nuevamente a Sócrates, tal vez sea de lo más conveniente para quien es consciente de su viaje hacia la Nada ponerse a examinar y a relatar mitos acerca del viaje hacia ese lugar, de qué clase suponemos que es. “¿Pues qué otra cosa podría hacer uno en el tiempo que queda hasta la puesta del Sol?”[iii]






[i] Platón, Diálogos, III, Fedón, trad. y notas por Garcia Gual, Martinez Hernandez, Lledo Iñigo, Ed. Gredos, 1988, p. 31.-

domingo, 13 de abril de 2014

Del Símbolo a la Figura, a propósito de la Divina Comedia.


A mis Hermanos del Gran Oriente Federal de la República Argentina.


            La lectura de la Divina Comedia me remitió a algunas consideraciones de Ángel Crespo[1] que, en materia de simbolismo, me ha parecido importante apuntar en orden a la cabal interpretación del simbolismo masónico. Particularmente, he hallado una importante contribución al analizar, dentro de la metáfora, el papel de las “figuras’.
           
            Para este comentador de la Commedia dantesca existen cierto tipo de símbolos convencionales que, cuando están dotados de una personalidad histórica y no abstracta (aunque sin perder su carácter de convencionales), conforman un tipo especial de metáfora denominado “figura”. Tienen la particularidad de que, como dijimos, aun  convencionales, actúan en el marco literario dentro de un plano realista desde que reaccionan a las diferentes situaciones que se van presentando con comportamientos típicamente humanos, desde la ternura, la paciencia, la ira, la inquietud e incluso el miedo. Todavía más, su ubicación dentro del esquema dantesco depende únicamente de aquella virtud o defecto que le ha caracterizado en su realidad histórica, prescindiendo de otras connotaciones personales. Así se ubicara en el infernal Circulo de los Glotones a Ciacco dell’ Anguilliaia[2], conocido por su Gula, sin otra consideración a otras virtudes o defectos de su existencia real o legendaria (que seguro ha de haberlos tenidos). Y es que, como nos dice Crespo, “para ser figura de alguien o de algo basta con un acto o una circunstancia lo suficientemente claros como para que se pueda fundamentar esta especie de paralelismo.”

            Nada nos cuesta vincular estas figuras dantescas, en cuanto a su tratamiento, con lo que sucede habitualmente en materia de personajes de la vida histórica de nuestros países devenidos en próceres, sin consideración a sus defectos particulares, y que en muchos casos han sido objeto de diversas apoteosis, como la que se puede apreciar de George Washington en la cúpula de la Biblioteca del Senado en los Estados Unidos.


            Para el simbolismo masónico, la figura se inscribe dentro del proceso de formación pedagógica del mundo de representaciones ideográficas, que comienza con la consideración de los símbolos, para integrarlos luego en los emblemas y dotarlos finalmente de sentido vital en los mitos con que se cierra el corpus teórico de los grados simbólicos. Todo esto sea dicho sin ignorar que el mito se encuentra siempre presente en los grados simbólicos, de un modo sugerido por la leyenda salomónica. Esta sugerencia  puede observarse, verbigracia, en el escocismo, en donde la apertura del libro sagrado suele coincidir con la referencia de la leyenda salomónica de la construcción del Templo para los dos primeros grados para pasar finalmente a asimilarse de un modo expreso en el tercer grado con aquella parte de la leyenda que no se encuentra en el texto bíblico pero que sin duda trasluce esta especie de metamorfosis del símbolo y del emblema en un relato vivo. En adelante, la coexistencia de todos estos elementos integrados permitirán una descodificación más cabal del sentido moral del plexo valorativo masónico, pero siempre a partir de aquel factor que ha permitido el progreso racional de la especie: las representaciones ideográficas, que los masones denominamos, no sin cierta vaguedad, simbolismo.

            Esto, que pareciera constituir un atributo propio de la tradición masónica, ha pertenecido a un sin fin de asociaciones humanas, bien de carácter religioso o filosófico. No obstante, pocas instituciones lo han desarrollado de un modo tan sistemático como la francmasonería y este es un detalle que, no obstante, muchas veces es pasado por alto o no valorado en su justa medida. Sin aportar un dato nuevo, baste mi intención de actualizar en nuestra conciencia masónica el valor racional y pedagógico del método sistematizado por el simbolismo de la Orden.


            Para finalizar, y a modo de anécdota, Crespo refiere aquella vieja disputa entre quienes consideran que los Adeptos de Amor, misterioso grupo al que perteneció Dante Alighieri, constituían una sociedad secreta y esotérica o bien un simple grupo con coincidencias estilísticas sin segundas intensiones. El glosador se inclina, con cierto énfasis ideológico, por esta última alternativa pero sin negar que lo que caracterizaba a los Adeptos era su propensión a interpretar de un modo simbólico los relatos del Antiguo Testamento. La celebérrima carta de Dante al Cangrande Della Scala en la que explica el sentido de la Commedia constituye la apretada síntesis de este propósito, de la que la masonería se hará eco particularmente en el grado de Maestro y en el desarrollo ulterior de las leyendas de los altos grados a través del el uso (y abuso) de la figura como recurso metafórico. Por lo dicho, y a riesgo de ser poco original, no parece sobreabundante transcribir la parte relevante de aquella misiva dantesca:

“… el sentido de esta obra no es único, sino que puede llamársela polisémica, es decir, de muchos sentidos; en efecto, el primer sentido es el que procede de la letra, el otro es el que se obtiene del significado a través de la letra. Y el primero el llamado literal, y el segundo alegórico o moral o anagógico. Y puede examinarse esta manera de exponer, de modo que se vea mejor en estos versos: ‘Al salir Israel de Egipto, la casa de Jacob, de un pueblo bárbaro, se convirtió Judea en su santificación e Israel en su poder’ [Salmo 114 (115)]. Si miramos tan solo a la letra, nos es significada la salida de los hijos de Israel de Egipto en tiempos de Moisés; si a la alegoría, nos es significada nuestra redención realizada por Cristo: si al sentido moral, nos es significada la conversión del alma desde el luto y la miseria del pecado al estado de gracia; si al anagógico, es significada la salida del alma de esta corrupción a la libertad de la gloria eterna. Y aunque se haya dado varios nombres a estos sentidos místicos, se pueden llamar todos, en general, alegóricos, en cuanto son distintos del literal o histórico. En efecto, alegoría viene del griego ‘alleon’, que en latín se dice ‘alienum’ o ‘diversum’.”






[1] Sigo en este caso, el estudio preliminar de Ángel Crespo de la Divina Comedia publicada en las Obras completas editadas por Editorial Aguilar, 2004.
[2] Aunque no es del todo seguro que el Ciacco del infierno dantesco se trate del poeta en cuestión.

domingo, 23 de febrero de 2014

John Toland y su "esoterismo" panteísta, a propósito de cierto ocultismo en masonería.

  

  
            Debo al Círculo de Estudios del Rito Moderno Röettiers de Montaleu el feliz hecho de haber conocido al autor del Blog “La Imprenta de Benjamín”, quien constantemente pone a disposición de los masones hispanoamericanos traducciones de valioso contenido del orbe masónico de habla inglesa.

            Uno de estos aportes definitivos lo constituye su precisa traducción del “Pantheisticon” de John Toland[1], muy en boga desde que la historiadora Margaret Jacob lo ubicó entre los antecedentes obligados de la francmasonería de cuño iluminista, lo que generó un interesante debate en torno a la legitimidad de dicho aserto.

            Pero, sin querer entrar en tal debate, cito de dicha obra un par de referencias en torno al valor de lo “esotérico” versus lo “exotérico” a fin de echar algo de luz sobre una materia que, en ocasiones, amenaza en ubicar a la Orden francmasónica en un reducto meta-racional, irracional o francamente ocultista.

            El valor de las ideas que se citarán del “Pantheisticon” de Toland no residen tanto en su cualificación para ser tenidos o no como antecedentes de una masonería iluminista sino en su ejemplaridad de lo que en los albores de la masonería moderna se tenía por “esotérico” y “exotérico”, cuya cercanía con el racionalismo en boga tiende a desvincular del plano de la filosofía aquellos tópicos que la relacionaran con las operaciones mágicas de John Dee y sus seguidores y, en cambio, la acercan a una concepción más propia a las ideas racionalistas del S. XVIII.[2]

            John Toland adscribe a una filosofía dual (esotérica/exotérica), la cual es expuesta en la última parte del texto de marras a modo de apología:

            “Pero quizá pueda serle imputado a los panteístas como un error, el abrazar dos doctrinas, una exterior (exotérica) y popular ajustada en cierta medida a los prejuicios de la gente o a las doctrinas públicamente autorizadas de la verdad; la otra, interna o filosófica (esotérica), conforme a la naturaleza de las cosas y por lo tanto verdadera en sí misma: más aún por proponer este secreto filosófico, desnudo y completo, sin enmascarar y sin las tediosas circunstancias de las palabras, en lo más profundo de una Cámara reservada solamente a hombres de consumada probidad y prudencia”.

            Como se ve, lo esotérico está dirigido a la indagación racional de la naturaleza de las cosas, que implica profundizar en la visión superficial que se tiene de la naturaleza (basada en supersticiones, prejuicios, etc.) hasta desentrañar el secreto de la misma. La verdad no será otra cosa que la adecuación de la recta razón a la naturaleza de las cosas.

            En la Tercera Parte del Pantheísticon leemos:

            “La recta razón es la única ley verdadera, una ley acorde a la naturaleza, que se extiende a todo, consistente en sí misma y eterna.
            Una ley que llama a los hombres al control y los aparta del fraude y lo prohibido.
            Una ley que permite o prohíbe, nunca en vano, a lo honesto, y por el contrario, al permitir o prohibir desplaza lo deshonesto.
            Esta ley no puede ser alterada por otras leyes, derogada en algún precepto, ni abrogada enteramente.
            Ni  con el Senado o el Pueblo podemos exceptuarnos de tal ley, no necesitamos intérpretes que la expliquen y no es diferente en Roma que en Atenas, ni diferente ahora que mañana, sino la misma ley, eterna e inmortal en todos los tiempos y naciones.
            Hay uno solo, por así decir, amo y gobernador de todo, Dios, el inventor, árbitro y dador de esta ley: aquel que no obedece esta ley es su propio enemigo, estará burlándose de la naturaleza del hombre y por tanto sujeto a los más grandes castigos a los que es difícil que escape.”

            La claridad del texto nos exime de mayores comentarios acerca del alcance del esoterismo como filosofía racional tendiente al discernimiento de la naturaleza de las cosas, y de la razón como su método adecuado.

            Los masones podríamos con serena honestidad relacionar estos textos selectos con la figura de un Gran Arquitecto del Universo, causa de la naturaleza y autor de la razón humana que, por universal y eterna, justificaría la inmortalidad del alma y la apoteosis del hombre dando contenido a aquel humanismo propio del S. XVIII que la masonería moderna adoptó como suyo. Pero la finalidad de su selección quiere limitarse a señalar una posible fuente de lo que, en los años de la incipiente masonería moderna, se tenía por conocimientos esotéricos.

            Si la masonería moderna adoptó esta visión, es cosa que debe probarse con mayor esmero. Pero si lo hizo, no cabe duda que resultaría de no poco provecho indagar el proceso por el cual, usando (o abusando) de la libertad propia de la dialéctica masónica, en ciertas ocasiones la historia de la Orden osciló entre la filosofía y el ocultismo o se afincó decididamente en un ocultismo que quizá no se compadeciese con sus reales orígenes y justo alcance.

            Probablemente, el estudio de estas oscilaciones no sea otra cosa que la historia del diálogo entre la recta razón y la imaginación, esa “loca de la casa”, como a Santa Teresa gustaba llamarle.








[1] La notable traducción puede hallarse en la página del Museo de la Francmasonería de USA: http://phoenixmasonry.org/poems.htm
[2] Sobre este proceso en particular, es inevitable no citar la obra de Frances Yates, “El Iluminismo Rosacruz”, Ed. FCE, España, 1999.-

jueves, 30 de enero de 2014

Jean Bodin y la Francmasonería: a propósito de una lectura de Frances Yates.


      La siempre imprescindible lectura de Frances Yates llevó a mi imaginación al límite de vincular ciertas ideas de Jean Bodin con ciertos tópicos masónicos. Se podrá acusar a mi imaginación, típicamente masónica, de ver todo en clave del Arte (y todo puede ser) pero tengo para mi que, siendo la francmasonería una institución cuya impronta ideológica proviene de las postrimerías del renacimiento, vaya a saber uno qué tan alejada esté la fantasía de la Verdad.

     La página 210 del Tomo III de los Ensayos Reunidos, editado por el Fondo de Cultura Económica, da cuenta de la reseña que Yates realiza del Colloquium heptaplomeres de rerum sublimium arcanis abdictis (Coloquio de los Siete  sobre secretos de lo sublime). En esta obra Bodin trasluce el ideal de tolerancia a través de siete coloquios sobre lo Sublime que son llevados a cabo por siete imaginarios personajes: Coronaeus, un católico romano; Federicus, un luterano; Curtius, un calvinista; Toralba, partidario de la religión natural; Senamus, que acepta todas las sectas; Salomón, un judío y Octavius, un musulmán. Como se puede apreciar, no hay ateos en estas reuniones y en cada uno de los coloquios, cada orador expresa con total franqueza sus ideas religiosas sin que exista ninguna disputa sobre las mismas. Las reuniones terminan con el canto de salmos en perfecta amistad.

     Transcribo dos párrafos del análisis de Yates:

    “A cada uno de los Siete se les atiende con tanta justicia, que el lector, desacostumbrado a escuchar su propio lado junto con el opuesto, puede preguntarse a quién debe seguir,  y esto es sin duda intencional. Puede uno seguir a quienquiera con tal de que sea tolerante con los otros y se una a ellos en salmos e himnos. ¿Cuál de los Siete era el favorito del propio Bodin? Ha habido varias opiniones sobre esto. El difunto Pierre Mesnard creía que era el católico, que convocó la asamblea y en cierto modo la preside. Otros han argumentado a favor de Toralba y la religión natural. Podría argumentarse a favor del musulmán, que, a diferencia de los cristianos, no persigue (Octavius en realidad es un cristiano convertido al Islam).

     Algunos lectores de esta traducción podrían decidir que es Salomón, el judío, el que parece tener más autoridad. Cuando todos los demás han defendido sus puntos de vista, esperamos escuchar lo que dirá Salomón, y sale a colación con mucha claridad y fuerza, muy seguro de su profundo conocimiento de la Ley y de su interpretación mística de la Cábala. Por mucho que los demás puedan estar en desacuerdo, se remiten a él y a su habilidad de clarificar las mayores dificultades de los altares secretos de los hebreos. A medida que se lee y relee el libro se percata uno más y más claramente de que su tema central es la Ley, la sagrada Ley dada por Jehovah a los judíos por intermedio de Moisés, recogida en las escrituras hebreas y de la que derivan la cristiandad y sus diversas sectas, y el Islam. El punto de contacto entre ellos es la Ley, expuesta en su pureza por Salomón, junto con la interpretación cabalística de sus misterios.”[1]


     Pues bien, al intentar trazar un paralelo con el Arte Real nos encontramos con interesantes cuestiones que, a mi juicio, merecen tenerse en cuenta; aunque no quiero avanzar sin calmar definitivamente las conciencias timoratas: no hay intención alguna de hacer pasar a Bodin por un francmasón, sino entender el proceso de formación ideológica de la francmasonería moderna en la que las ideas de Bodin pueden haber tenido una relación mediata a través de la formación de la cosmovisión renacentista de la tolerancia.

     En primer lugar – inevitable – tenemos que referirnos al número de los reunidos, que no nos es ajeno a quienes integramos logias justas y perfectas. La respuesta no parece estar muy lejos del texto analizado y parece encontrar sus antecedentes en cierta obra del S. II d.c., muy cara al pensamiento neoplatónico: los Oráculos Caldeos, cuya influencia para ser decisiva. En esta obra se menciona los siete cuerpos celestes conocidos (junto a las estrellas fijas) pero el papel de los mismos no parece limitarse a una mera cuestión de observación astronómica, tal como hoy la pensamos. En honor a la verdad, ya en el Timeo y en la República de Platón se afirmaba que estos cuerpos celestes tenían vida propia, y hasta Santo Tomás de Aquino especulaba sobre su posible naturaleza angélica o, al decir de Robert Fludd, al menos estaban presididos por ángeles (que a su vez estaban formados por la parte más refinada de los cuatro elementos, y que podían ser buenos o malos). Esta tradición angélica vinculada a los cuerpos celestes conocidos en la época y el número de participantes en el Colloquium no parece ser casual. Y si bien “comparación no es razón”, en ausencia de otra explicación plausible no puede sino conservarse, aunque con la debida prudencia de su formulación temeraria. Marion L. Kuntz, al contestar a Yates sobre su insistencia en la demonología de Bodino el Colloquium, nos da otra pista:

     “En la conclusión del Libro II, Toralba advierte a sus amigos que el origen de los demonios, su lugar y condición parecen muy alejados de las pruebas positivas, pero que el conocimiento científico oculto venía desde los caldeos en cierta disciplina oculta llamada Cábala. La cuestión aquí es que la orientación del Colloquium no es demoníaca. Más bien las conversaciones sobre los ángeles y los demonios proporcionan un locus ex quo para desplegar el tema fundamental de la armonía universal, que encuentra gran parte de sus fuentes en la Cábala.”[2]

     La pista caldea enlaza ahora con la cábala. Y es que, despierte simpatías o no, la fuerte cosmovisión hermético-cabalista del renacimiento es un dato que no puede subestimarse ni desconocerse. Y será motivo de grandes disquisiciones indagar si, como concreción tardía del renacimiento, la masonería fue legítimamente tributaria de dicho pensamiento o si, de un modo ascéptico, las connotaciones neoplatónicas subyacentes en el pensamiento hermético-cabalista poco o nada tuvieron que ver en la formación originaria de su rituálica. Sea este el caso para proponer como punta de indagación si el número de Maestros en una logia justa y perfecta encuentra como fuente mediata de su razón de ser esta cosmovisión, al modo que la encontró en el Colloquium de Bodino. Incluso más, de ser así, cabe indagar si la masonería fue tributaria de estas concepciones no por su valor intrínseco sino, como Kuntz afirma respecto de la demonología en el Colloquium, como un locus ex quo a partir del cual las logias francmasónicas pudieran alcanzar ese latitudinarismo que caracterizó la francmasonería moderna de Anderson como respuesta definitiva a los desencuentros político-religiosos de su época.

     Nótese que, a partir del periodo fundacional de la masonería andersoniana, existirá un gran ímpetu por barroquizar los rituales simples de aquel rito inspirado en el “Mot du Maçon” y, con alguna coherencia ideológica aunque de un modo sesgado y anárquico, se formarán distintos ritos que incorporarán, a veces abusivamente, elementos hermético-cabalistas privilegiando de un modo cercano al fanatismo la construcción de verdaderas ideologías teúrgicas por sobre el noble y esencial principio de construir la armonía entre hombres de pensamientos y costumbres muy diversos; es decir, privilegiando un esquema gnoseológico e ideológico formal por sobre la noción de un centro de unión vinculado a la praxis. El análisis de este Colloquium Heptaplomeres no puede sino movernos a estas reflexiones.

     Pero si el número de oradores nos proporciona estas pistas, un dato más, señalado agudamente por Yates, puede ahondarnos mucho más en la reflexión: no hay entre ellos ateos. Y entiendo que no los hay por la misma razón que tampoco hay politeístas. Se trata de una disertación entre monoteístas europeos del S. XVI que viven una realidad de enfrentamientos políticos-religiosos y que encuentran en el diálogo tolerante un modo de encontrar cierta unión en la diversidad. Se trata de aquella nueva política que será motivo de anatema por la Iglesia Católica hasta el Concilio Vaticano II[3] y que está en la base ideológica de las condenas papales a la francmasonería. La nueva política vaticana postconciliar quizá ha debido revisar su magisterio y, a veces de un modo polémico, como en el poco feliz discurso de Benedicto XVI del 17 de Septiembre de 2006 en Ratisbona, reconfigurar su imagen intolerante hacia una visión postconciliar en donde se erija a sí misma como líder el pensamiento monoteísta occidental, tolerante y dialoguista.[4] Evidentemente, el Colloquium Heptaplomeres de Bodin constituye una profecía del giro moderno en materia de política religiosa que recién ahora comienza tímidamente a concretarse. No obstante, la francmasonería moderna de Anderson quizá haya ido más allá y haya convocado a una unión política más omnicomprensiva que la del Colloquium. Hoy en día se encuentra suficientemente documentado que la exclusión andersoniana de los “estúpidos ateos” de la Orden debe entenderse como una exclusión de quienes son “impermeables a la luz de la razón”, al decir de Charles Porset[5] y no de las otras formas de ateísmo que el Pastor John Weemse enumeraba en su obra “A Treatise of the Horno Degenerate sonnes viz (sic = with) the Atheist, the Idolater, the Magicians and the Jews” (London, Thomás Cotes, 1636) y en la cual Anderson se basó para redactar las Constituciones de 1723. La razón de esta amplitud de comprensión quizá se debió al avance de las ideas europeas (particularmente inglesas) entre los años finales del S. XVI y el S. XVIII que vieron incursionar en la cosmovisión intelectual de la época el nuevo fenómeno del ateísmo racional, como el propiciado por John Toland. A la luz de esta cosmovisión más amplia quizá deba leerse el Panteisticon de John Toland, al que Margaret Jacob ubica en los antecedentes obligados de la rituálica masónica, aunque sin aportar otras pruebas que su sola semejanza.

     Un aporte más que la lectura del texto ha brindado a mi imaginación: el libro de la Ley y su nexo con la ciencia. Afirma Frances Yates que la actitud de Bodin frente a las leyes naturales es que éstas se encuentran escondidas en la ley divina y pueden sacarse de las Escrituras gracias a la interpretación cabalística. Indica que Toralba expone un camino hacia Dios a través de la naturaleza, y tanto él como Salomón hablan de la revelación de la naturaleza en las Escrituras: “Los tesoros ocultos de la naturaleza están escondidos, dice Salomón, en la Ley de Dios, y el Decálogo es un epítome de la ley natural. Así para Bodín, la ciencia es en realidad ley natural, y la ley natural es la misma que la Ley Divina enseñada en las Escrituras hebreas o está escondida en ella, y puede sacarse a la luz o revelarse en las Escrituras gracias a la exégesis cabalísitca.”[6] La idea de dos libros: el de la Revelación y el de la Naturaleza no es nueva y se remonta a San Buenaventura. Lo novedoso en la cosmovisión renacentista será la introducción en el ámbito de la élite intelectual europea de la Cábala como método de exégesis que vincule y explicite las relaciones entre aquellos dos libros que, merced a esta operación “mágica”, quedan subsumidos en uno: el Libro de la Ley. No obstante, la transición entre una ciencia vinculada a la magia hermético-cabalista propia del renacimiento y una visión de la ciencia despojada de operaciones mágicas, más de corte radicalmente racionalista, al tipo de la de Francis Bacon constituye un hecho cierto[7] que en la rituálica masónica ha dejado huellas que no siempre acertamos en vislumbrar. Quiero decir que es común entrever una simbología tributaria del pensamiento mágico renacentista y, al mismo tiempo y sin empacho alguno, encontrar en sus rituales visiones cientificistas que se ubican en las antípodas de aquella simbología. Dos posibles respuestas a este notable hecho. La primera tiene que ver con la imposibilidad de hacer una exégesis de la rituálica simbólica de la masonería prescindiendo del necesario hilo de Ariadna, que a estos efectos se traduce en una lectura histórica de su formación. La falta de esta exégesis histórica puede llevarnos a una lectura errónea y caricaturesca de la francmasonería, al tipo de “El Péndulo de Focault” de Umberto Eco, tan tristemente vigente en muchas logias y ritos. Pero si nos ajustamos a una lectura correcta, muchos elementos de la simbología y de la rituálica masónica encontrarán un lugar preciso dentro de la lógica de su distribución genética. O, a la inversa, encontrarnos con dichos tópicos rituálicos será como toparnos con puertas que nos lleven a una comprensión totalizante de su sentido histórico, como pequeños alef borgeanos o, si se quiere, una foto total de un periodo de la historia comprendido entre aquellos años finales del S. XVI y el S. XVIII. Quizá esta magia sea mucho más poderosa que la que prometan los taumaturgos de ocasión.

     A modo ilustrativo, aún se conserva en los rituales de primer grado del Gran Oriente Federal de la República Argentina (cuyas fuentes históricas me encuentro en la tarea de rastrear) invocaciones al Gran Arquitecto del Universo destinadas a que los trabajos ejecutados sean conforme a la Eterna Ley. Una exégesis correcta de este expresión no puede vincularse a la Ley Natural ni remitirnos a Santo Tomás sin tomar en consideración el proceso histórico referido ni prescindir, al menos hipotéticamente, de una exégesis cabalista al tipo del que Salomón propone en el Colloquium. Insisto, se trata de una lectura destinada a la comprensión de los términos en sus límites históricos y filosóficos exactos y no una invitación a la Cábala.

     La segunda respuesta tiene como presupuesto la hipotética refutación de la contradicción entre una rituálica masónica inclusiva de ateos inmersos en un Libro Revelado por la Divinidad, omnicomprensivo de las Leyes Naturales y cuya lectura debe hacerse a través de lentes mágicos-cabalistas. Y sería una objeción definitiva si no tuviéramos en cuenta el hilo histórico y (aquí otro aporte de Yates) la “Pregunta de Needham”: “La pregunta que hace este gran estudioso es por qué la ciencia moderna se desarrolló en el Occidente y no en China, que en la Edad Media estaba científicamente delante de Occidente. Buscando una respuesta, sugiere que pudo haber sido porque la cultura china carecía de la idea de un dador celestial de la ley, esa idea tan profundamente arraigada en la tradición judeo-cristiana, y que, al desarrollarse como las leyes de la naturaleza, formó la base de los adelantos del S. XVII. Piensa que el punto de inflexión a partir del cual Occidente se adelantó a China, tuvo lugar entre Copérnico (1473-1543) y Kepler (1571-1630), que fue uno de los primeros que expresaron las lees de la naturaleza en términos matemáticos. Precisamente en ese punto entre Copérnico y Kepler es donde se sitúa Bodín.”[8] Nosotros podríamos agregar que en ese punto también se encuentra la génesis de la francmasonería moderna.

     Como quiera que se lea la historia, no es posible negar que el ateísmo racional no fue posible sino en la cultura cristiana occidental y es a partir de este dato, no menor, que se abrió paso una nueva exégesis que fue, poco a poco, dándole un nuevo valor a la rituálica y a la filosofía francmasónica. En este proceso tuvo no poca importancia el desarrollo de los estudios sobre el pensamiento mítico y simbólico, proveniente de ramas científicas como la antropología, la psicología, etc. Y es a partir de esta nueva exégesis en donde la francmasonería recobra su papel vital en el seno de las sociedades postmodernas reivindicando nuevamente su papel de centro de unión. El mismo Colloquium deja entrever esta nueva lectura mítico-alegórica cuando Salomón toma la historia de Adán y Eva como una alegoría de una victoria de la parte sensual del hombre sobre la parte intelectual.

     Estoy seguro de que el análisis del pensamiento renacentista puede esconder la clave para entender en sus justos límites una institución tardía de aquel movimiento histórico como es la francmasonería, e incluso brindar nuevas herramientas de estudio que revitalicen su particular método de trabajo. Pero fundamentalmente, que rescaten su mayor mérito y su esencia definitiva: el ser centro de unión de hombres que, sin esta institución, raramente se habrían encontrado. Si a estas ideas me ha llevado la imaginación al leer a Bodino a través de Yates, no puedo sino sentirme complacido y estimulado. Quiera el destino que el lector de estos párrafos encuentre una recompensa análoga al haber llevado su generosa paciencia hasta este punto final.





[1] Yates, Frances A., Ensayos Reunidos, III, “Ideas e Ideales del Renacimiento en el Norte de Europa”, Ed. FCE,  México, 2002, pág. 212/213.-
[2] Id., pág. 224.-
[3] Cfr. Encíclica Quanta Cura y Syllabus de Pio XI.-
[4] Vid. Anónimo, Contra Ratzinger, Ed. Debate, 2006.-
[5] Vid. el excelente artículo de Joaquim Villalta en la entrada del 10 de agosto de 2010 en su Blog Personal: http://racodelallum.blogspot.com.ar/2010/08/el-rito-como-vehiculo-de-propiedad.html
[6] Yates, op. cit., pág. 219.-
[7] Este proceso ha sido detalladamente descripto por Frances Yates en su genial obra: “El Iluminismo Rosacruz”.
[8] Yates, op. cit., pág. 220.-