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A diferencia de otros blogs, aquí raramente se encuentran trabajos concluidos. En su mayoría están en un lento pero constante proceso de construcción, pues es intención mía la de ir intercambiando con los posibles lectores diversos puntos de vista a los efectos de ir construyendo los trabajos con una dialéctica progresiva. El tiempo dirá sobre la efectividad de este método.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Adendas de la Revista del Rito Francés.

El Círculo de Estudios del Rito Moderno "Roëttiers de Montaleau" ha publicado una muy interesante adenda de su Revista dedicada al tema. La honesta inquietud intelectual de sus miembros se vuelca al análisis de importantes cuestiones que contemplan la actualidad del Rito desde una perspectiva crítica que trasluce la historicidad de la Institución masónica.

Transcribo las palabras de Victor Guerra al respecto:

"Cuando se empezó a diseñar la revista RITO FRANCÉS hace ya un año atrás, y que hace días ofrecía para descargar, había un tema importante del que yo hablé en el post, que acompañaba a la revista, pero que no venía en el interior de la Revista y era el dedicado al ya viejo tema que cada día cobra actualidad, y es la cuestión de las dos Cartas que se emitieron con respecto al Rito Francés y Moderno (Lisboa y Barcelona)."







  • REVISTA RITO FRANCES: 


https://skydrive.live.com/?cid=0efcef8cab22d7fa&id=EFCEF8CAB22D7FA%21211


  • ADENDA REVISTA RITO FRANCES:


https://skydrive.live.com/redir?resid=EFCEF8CAB22D7FA!212


La primera se gestó  en Lisboa ligada al Rito Francés y fue gestada por el Gran Capitulo General del Rito Francés del GODF,  y la otra  nació como contestación y dio lugar a la UNION MASONICA UNIVERSAL DEL RITO MODERNO y  tuvo lugar en Barcelona  sobre el Rito Moderno.

Podría decirse que la primera pretende ser “Centro de Unión” , y la segunda  pretende ser “Centro de la Unidad”, cuya cosa parece igual pero entre ambas hay una distancia importante,  ya que la primera parte de herencia andorsiana de la cual  se fija heredera la potencia francesa de la masonería el GODF; y la otra es hija del  equilibrio que proyecta el Régulateur du Maçon

Estas dos famosas Cartas:  Lisboa y Barcelona  marcan dos  hitos, dos formas de hacer y dos equidistancias, y las cuales fueron el motivo por el cual para el Número 1 de la revista de RITO FRANCÉS  encargara a un Hermano como  Guillermo Fuchslocher, que es uno  de los primeros estudiosos que yo conozco, y  que ha trabajado sobre el Rito Francés en lengua castellana.

Desde esa distante perspectiva le encargué  un trabajo analítico sobre dichas cartas y con una total libertad,  una vez yo había publicado diversos artículos publicados bajos estos títulos: 
Vivan la Caenas   y  también:   Análisis de la Carta de Rito Francés, firmada  en Lisboa.

De este encargo nació un largo trabajo titulado ANÁLISIS DE LAS CARTAS DE LISBOA Y BARCELONA DEL RITO FRANCÉS O MODERNO, que al quedar fuera de la citada revista, por un descuido mío como Director de la publicación, hoy entregamos a modo de Adenda, tras casi un año de su confección."




domingo, 21 de octubre de 2012

MASONERÍA: ESE OFICIO TAN HUMANO.





            Introducción y plan general de la obra.

Ante todo, una obviedad: la masonería es cosa bien humana. Pero que las apariencias no nos engañen, porque si la premisa es evidente, sus conclusiones pueden no serlo tanto. Y a éstas son las que apunta precisamente este trabajo. Porque sucede que, cuando uno se embarca en esta maravillosa aventura de comprender lo que el oficio es en esencia, se encuentra con una pléyade de ritos y obediencias que reivindican para sí los secretos del Arte Real y anatematizan a las demás en base a dogmas, landmarks y tradiciones francamente tan anacrónicas que sorprende que uno no pierda los estribos y califique a la masonería como una nave de locos. Y sin embargo, todas tienen algo del Arte Real, por lo que si la masonería no es una nave de locos, habrá que indagar de qué lo es.
Y en esta empresa puede que, precisamente, sea lo “humano” lo que nos conduzca a buen puerto. El modo que tengamos de entender lo humano, sin dudas, puede dimensionar nuestra visión de la Orden.  Así que, por más evidentes que puedan ser las derivaciones que se desprendan de esta idea central, conjugadas con nuestros conocimientos del oficio, pueden llevarnos a una revisión crítica de este último y de un gran provecho en nuestro conocimiento del mundo.

Dado que la materia a tratar es asaz extensa, y para que la nave no vaya sin curso a tontas y locas, el plan general de esta serie de ensayos será el siguiente:

I-                   De la Tradición histórica a la Historicidad de la tradición.
II-                Del mundo de los mitos al simbolismo actual.
III-              De la sacralidad rituálica al canon racional.
IV-             Del Sacro Imperio de las Obediencias a la Federación de Logias y Obediencias.
V-                De las Cartas Patentes al Reconocimiento Mutuo.
VI-             De la nave de los locos al vehículo del espíritu de los tiempos.
VII-           De los tópicos a la síntesis: el triunfo del oficio.

En esta primera entrega abordaremos el primero de estos temas. Y aunque seguramente rozaremos alguno de los otros, debemos intentar limitarnos al tópico en cuestión a fin de que algún provecho nos reditúe. A veces, la libertad requiere de unos límites tales que bien uno los elegiría libremente de conocer sus beneficios.

domingo, 8 de julio de 2012

Algunas urgencias, a propósitos de mitos y símbolos.

     

          Dos lecturas me han deparado una particular felicidad en la búsqueda de la ratio essendi de la francmasonería en estos días de invierno austral. Por un lado, la fundamental "Historia de la Teoría Política", de Jean Sabine, cuya reimpresión del Fondo de Cultura Económica de México de 2006 aparece revisada por Thomas Landon Thorson; y por otro, el no menos arduo que completo "Diccionario de los Símbolos", de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, editado por Herder en España. Puesto a reflexionar sobre la causa que me llevaría a relacionar estas dos grandes obras, creo descubrir que el estudio profuso y horizontal del simbolismo del "Diccionario" puede (y hasta cierto punto debe) ser atravesado por la verticalidad histórica de la obra de Sabine.  Estas dos coordenadas delimitan un mapa de razonable valor para inteligir la naturaleza de una institución por demás compleja, como es la que nos ocupa; al menos en un detalle que no es menor, como es el tránsito del mito al simbolismo.

Refiere Sabine la connotación científica de este paso. En dos párrafos que me son inevitables transcribir, leemos que: “En el mundo contemporáneo podemos fácilmente hacer la distinción entre una descripción del movimiento del Sol a través del cielo dibujando un carro de fuego que se mueve por algún sendero de los cielos y una descripción que narra una gigantesca y ardiente bola de gas que aparentemente se mueve debido a la rotación de la Tierra sobre su eje. La primera descripción es mitológica, la segunda, científica.

La forma del mito es aquélla de un cuento: el carruaje es jalado por ocho caballos o por cuatro bueyes; es conducido por algún individuo en especial; es devorado por un ave gigantesca (durante un eclipse) para resurgir después. La forma de la ciencia es un principio abstracto, una descripción objetiva y precisa. No se requiere ningún atributo de personalidad en la descripción estrictamente científica. Nótese que en el mito verdadero la historia no es una descripción simbólica, sino literal. Para los antiguos egipcios el Sol no simbolizaba ni representaba a ninguna deidad ni era controlado por algún dios invisible y todopoderoso en particular (éste fue descubrimiento de los hebreos), sino que el Sol (Ra) era un dios.”[1]



Por lo tanto, en la visión de Sabine, el símbolo aparece necesariamente despersonalizado. El paso entre la literalidad propia del Mito a la despersonalización abstracta y objetiva del símbolo constituye una característica propia del occidente moderno. Mircea Eliade hablará de una desacralización de la naturaleza y dirá que “aún no es accesible más que a una minoría de las sociedades modernas y en primer lugar a los hombres de ciencia.”[2]

Resulta claro que existe una divergencia entre el carácter impersonal del símbolo en la concepción crítica de Sabine y la concepción sacra de Eliade, pero, en cambio, existe una coincidencia objetiva en la preponderancia de una simbología desacralizada, y despersonalizada en la edad moderna o contemporánea. La distinta valoración que pueda hacerse al respecto escapa al hecho empírico, claro y objetivo de que la marcha del tiempo así lo ha establecido en nuestras sociedades occidentales.

El Diccionario de los símbolos de Chevalier y Gheerbrandt omite una referencia al papel del mito y su relación con los símbolos. En su preclara introducción, abundan las referencias que tratan de diferenciar al símbolo del emblema, el atributo, la alegoría, la metáfora, la analogía, el síntoma, la parábola, el apólogo y el signo; [3] pero nada se dice de aquella forma primitiva de las ideas encarnadas en los mitos. Esta omisión me ha llamado la atención, puesto que su distinción conceptual aparece como fundamental, tal como brevemente lo reseñó Sabine. Quizá se evidencie en esto la complejidad que existe en una materia en donde los aportes de la historia, la psicología y la antropología aún se encuentran en un proceso de colaboración e inherencias incipiente.



En este escenario, la francmasonería, por su particular naturaleza simbólica, aparece como un testigo privilegiado de un intrincado proceso histórico que ha llevado, verbigracia, a cuestionar a aquella representación ideográfica que parecía coronar el edificio masónico. De este modo, el G.`.A.`.D.`.U.`., según se lo entienda conforme a un marco mítico o a uno simbólico, generará toda una discusión sobre los antiguos linderos que cierta tradición ha consagrado como perennes.

Como se ve, la perspectiva histórica, en tanto que indaga sobre la vaga noción de tiempos inmemoriales de la masonería (in illo tempore), pone en crisis todo el sistema de representación ideográfica de ésta. Pero no se trata aquí de entender a la historia como un mero sistema de ordenación cronológica, sino como el despliegue de una línea temporal sobre la cual aplicar críticamente los conceptos que la psicología, la antropología  y la sociología han desarrollado en su curso. Ésta tarea, en la orden francmasónica, es todavía incipiente pero no cabe duda de que la pervivencia pragmática de la orden misma depende en no poca medida del avance metódico que se haga en este sentido. La percepción de la francmasonería como una institución arcaica, vanamente tradicional y reducida a una función pseudo espiritualista o de club social, sumado a la apatía sobre todo lo que no tenga que ver con el mundo virtual e inmediato de la actualidad, demandan con particular urgencia aportes críticos concretos que hagan que la francmasonería tenga algo más que decir en estos tiempos que grandes discursos en odres viejos.




[1] Sabine, Jean, Historia de la Teoría Política, FCE, México, 1996, pág. 27.
[2] Eliade, Mircea, Lo Sagrado y lo Profano, Ed. Labor, Barcelona, 1983, pág. 130.
[3] Chevalier, Jean; Gheelbrandt, Alain, Diccionario de los Símbolos, Herder, 2009, pág. 18 y 19.

        

domingo, 27 de mayo de 2012

Un cuento breve: a propósito de nuestras tradiciones rituálicas.

Hace poco más de una semana, sentados en la Sexta Avenida de la isla de Manhattan, mi gran y querido amigo Daniel Lencinas, genial escritor, y yo mantuvimos una exquisita conversación sobre ciertas curiosidades de las tradiciones que luego devienen en rito. La exquisitez es mayúscula no sólo por la conjugación de la amistad y el lugar, sino porque él no tiene ningún vínculo con la masonería. Por lo que, ante esta nota de universalidad del tema en cuestión, el intercambio fue más que provechoso. En dicha ocasión, mi querido amigo me refirió este cuento, que a continuación transcribo tal como él me lo enviara posteriormente, a los fines de examinar en forma crítica, la historia, vigencia y sentido de nuestras tradiciones rituálicas.

EL GATO DEL GURÚ

Anthony de Mello

 
Cuando, cada tarde, se sentaba el gurú para las prácticas del culto, siempre andaba por allí el gato del ashram distrayendo a los fieles. De manera que ordenó el gurú que ataran al gato durante el culto de la tarde.
Mucho después de haber muerto el gurú, seguían atando al gato durante el referido culto. Y cuando el gato murió, llevaron otro gato al ashram para poder atarlo durante el culto vespertino.
Siglos más tarde, los discípulos del gurú escribieron doctos tratados acerca del importante papel que desempeña el gato en la realización de un culto como es debido.




lunes, 2 de enero de 2012

Teismo vs. Deísmo: una vieja clasificación.

(a modo de aporte para elucidar la vetusta cuestión sobre una masonería teísta o deísta)


      Entiéndese por teísmo una creencia que afirma la existencia de un solo Dios, personal, inteligente y libre, que ha creado, conserva y gobierna el mundo. Dadas estas características, el teísmo, por su afirmación de la existencia, unicidad, personalidad y providencia de Dios, se opone, respectivamente, al ateísmo, politeísmo, panteísmo y deísmo[1].  Y se opone en particular a este último porque el teísta en cuanto tal sólo afirma, nada niega, mientras el deísta afirma, igual que el teísta, la existencia de un Dios personal; pero niega alguno o algunos de sus atributos positivos y, sobre todo, el hecho de la revelación divina. Para el deísta sólo existe la religión natural: la positiva, fundada en el hecho de la revelación divina, es un mito.

     Según el teólogo inglés Clarke[2], puédense distinguir cuatro clases de deístas, habida cuenta de lo que niegan. A la primera clase pertenecen  los que admiten un Dios personal, pero sin providencia; un Dios que no se preocupa poco ni mucho de  las acciones de los hombres ni de los fenómenos que tienen lugar en el mundo, un Dios inteligente y poderoso que después de haber sacado el mundo de la nada lo abandonó a si mismo. Forman la segunda clase de deístas aquellos que admiten un Dios providencial, pero solo de los fenómenos materiales, no del hombre en cuanto ser moral. Estos deístas hacen de las leyes humanas  la única fuente de nuestros derechos y deberes, destruyendo así los fundamentos de la moral y la creencia en una vida futura. La tercera clase de deístas incluye a aquellos que, aunque admiten en Dios providencia con la cual gobierna no solo el mundo sino también  a los hombres a quienes intima su voluntad, con todo se niegan a creer en la inmortalidad del alma y en los premios y castigos de la otra vida. Por último, los deístas de la cuarta clase son los que, al decir de Clarke, tienen, bajo todos aspectos, ideas exactas acerca de Dios y de sus atributos. Estos admiten todas las verdades de la religión natural, aun el dogma de la vida futura: solo niegan el principio de la autoridad y de la revelación. En definitiva, el deísmo es una concepción puramente naturalista y racionalista de Dios que no admite la Providencia o la reduce a los seres materiales, o niega la inmortalidad del alma y la sanción ultraterrena o en último caso la autoridad de la revelación divina. Como se ve, la distinción entre teísmo y deísmo descansa en la vetusta e intrincada relación entre fe y razón según se acentúe uno u otro de estos extremos. Así el teísmo parte en su elaboración dogmática de un a priori dado: la fe, en tanto que el deísmo alcanza su creencia a fuerza de evidencia racional, o pretendidamente racional. Claro es  también  que  estas distinciones, necesarias a la hora de ordenar y esquematizar las ideas, rara vez se manifiestan en la historia de maneras puras y delimitadas con precisión. En este sentido puede observarse que dentro del deísmo existen unas posturas que, si bien no niegan la virtualidad de la razón, la subordinan y otras que entienden que no cabe relación alguna entre fe y razón por considerar inescrutable los misterios de la fe: el fideísmo. A su vez, el teísmo no siempre es en rigor puramente racional puesto que todo sistema de ideas pretendidamente racional descansa usualmente en prenociones, según el lenguaje de Bacon, o prejuicios, según lo destaca Burke. Sintetizando lo expuesto, la asimilación de la noción de divinidad puede esquematizarse de la siguiente manera:


[1] Enciclopedia Universal Europeo-Americana, Espasa-Calpe, Barcelona, Tomo LIX, voz: teísmo, p. 1445. Si bien la Enciclopedia no lo especifíca, el teólogo en cuestión parece ser el metodista Adam Clarke, originario de Irlanda del Norte (1760 ó 1762 – 1832).
[2] Cit. Enciclopedia Universal Europeo Americana, Espasa-Calpe, Tomo LIX, voz: deísmo, p. 1357.