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A diferencia de otros blogs, aquí raramente se encuentran trabajos concluidos. En su mayoría están en un lento pero constante proceso de construcción, pues es intención mía la de ir intercambiando con los posibles lectores diversos puntos de vista a los efectos de ir construyendo los trabajos con una dialéctica progresiva. El tiempo dirá sobre la efectividad de este método.

miércoles, 14 de junio de 2017

BRISTOL Y SU IMPORTANCIA PARA LATINOAMÉRICA




               
                No hace más de una semana que el trabajo minucioso de los Hermanos Saúl Apolinaire y Víctor Guerra sobre el ritual de Bristol llegó a mis manos. En pocos días lo leí con el frenesí que la ansiedad requería, previendo acertadamente que se convertiría en un libro de relectura y consulta asidua.

              Para quienes provenimos de masonerías latinoamericanas, poco propensas a cuestionarse sobre el origen real y no mítico de sus fuentes rituálicas, de sus tradiciones particulares y siempre dóciles a cierto canon pétreo de una bibliografía desteñida, un libro de esta naturaleza no puede sino ser vitoreado como una brisa fresca y auspiciosa para inquietudes vivas.

                Alguna particularidad vinculada a sus autores constituye una pista no menor de una trama que puede (aunque no quisiera llevarme por un excesivo entusiasmo) llegar a desarrollarse y ramificarse en la masonería hispano hablante de América: uno de sus autores es Asturiano y el otro Marplatense. Un lazo fraterno que, a través de una investigación de rigor, ha unido extremos geográficos cuya lengua común aparece siempre desfavorecida en materia de bibliografía masónica de rigor. Cuando uno lee los catálogos de obras masónicas en castellano puede apreciar que en su mayoría constituyen materiales de una espiritualidad cercana al new age, ensayos subjetivos de tintes apologéticos o francamente propagandísticos cuando no, en el peor de los casos, sumas de supercherías de nulo rigor intelectual. Cómo no festejar entonces esta publicación que tanto bien puede generar en la masonería de habla castellana de América.

                Otra particularidad augura una no menor satisfacción: uno de sus autores ha crecido y se ha especializado en el rito moderno. El otro, formado en el rito escocés antiguo y aceptado predominante en la masonería argentina, se interesó tanto por el rito moderno como por el rito de emulación a los fines de entender cabalmente ese raro escocismo anclado en Sudamérica que, en sus grados simbólicos, de país a país parece en ocasiones sólo tener en común su algo desmesurada denominación. Dicha inquietud honesta y desdogmatizada garantiza una objetividad que puede uno percibir en el transcurrir de la lectura, con la declarada intención de no querer ser la última palabra dicha en la materia: modestia que siempre es de agradecer en los autores masónicos.

                Pero hay una particularidad que, a mi modo de ver, merece ser tenida como asaz valiosa por los latinoamericanos. Tras la declarada intención de querer revisar un viejo ritual del Siglo XVIII a los fines de establecer si su espíritu se corresponde con las tradiciones de los Modernos o de los Antiguos, los autores nos despiertan la enorme curiosidad de querer ahondar más en dichas vertientes rituálicas a los fines de poder mirar con nuevos ojos la historia de la masonería y, por qué no (se me disculpe tamaña traspolación), los rituales que practicamos en el seno de nuestras logias para poder comprobar que los mismos distan bastante de obedecer a tradiciones perennes de tiempos noaquitas o salomónicos, ni mucho menos ser el resultado coherente de tradiciones exclusivas y monolíticas. Cierta promiscuidad rituálica, propia de los encuentros y desencuentros de las distintas variantes masónicas en Latinoamérica se puede trazar figurativamente en paralelo a las masonerías irlandesas e inglesas cuyo comercio geográfico prohijó el viejo ritual de Bristol que Apolinaire y Guerra han traducido y analizado minuciosamente. ¿No será hora de que los masones hispanoamericanos nos demos a la tarea de releer nuestros rituales y trazar un adn de nuestras identidades, no para depurarlas con afán de Torquemadas, sino para festejar la riqueza de las mismas y abrirnos al conocimiento de todas las diferentes tradiciones que han forjado ese esmerado hábito teatral en que enmarcamos nuestros tiempos de encuentro? ¿No será hora de empezar a vislumbrar que bajo el pretexto de pretendidas tradiciones no se han encumbrado más que cuestiones de políticas obedienciales de coyuntura? ¿No será tiempo de revisar las cuestiones referidas a la regularidad desde una óptica más cercana al rigor histórico que a los devaneos circunstanciales de nuestras superestructuras obedienciales?

            Por lo dicho, la lectura de este valioso trabajo de investigación conjunta de dos Queridos Hermanos no sólo nos proporciona un cúmulo de informaciones que nos abren a horizontes poco explorados por nuestra masonería latinoamericana, sino que nos induce a mirar con otros ojos nuestras prácticas rituales. Que un libro por si sólo produzca semejante resultado es algo que ciertamente debe ser altamente valorado.


           Un último detalle: el Querido Hermano Apolinaire pasó al Oriente Eterno en el 2015. El Querido Hermano Guerra completó los trabajos. El resultado es un libro de investigación que, a más mentas, constituye un símbolo de fraternidad tangible y emotivo.


Título del Libro: BRISTOL - Un ritual inglés del siglo XVIII - 
Autores: Saúl Apolinaire, Víctor Guerra
Edición: Masónica.es, España, 2017
Prólogo: Alberto Moreno Moreno
Epílogo: Joaquim Villalta






domingo, 12 de febrero de 2017

Platón: Luz, Sol y Ojo.

     

    Insistir sobre la vinculación del platonismo con la francmasonería puede ser visto como una obsesión, en tanto que la re-interpretación de tales ideas a cargo de los filósofos neoplatónicos de la modernidad puede derivar en un árbol cuya ramificación puede acarrear la locura a cualquier obsesivo. 

     Pero a riesgo de tal destino, considero útil citar textualmente las palabras de Platón sobre un tema que, cuando es pasado por alto sólo alimenta un misterio innecesario, y cuando se lo intenta abordar desde los estudios masónicos termina uno indigestándose con una gran variedad de ideas irracionales, quizá por lo difícil que siempre ha sido dominar la imaginación con las riendas de la razón; empresa ésta que suele empapelar la oscura buhardilla de la pereza que muchos dan en llamar "misterio" (con perdón de la circularidad del párrafo).

     El tema en cuestión se refiere a tres símbolos estrechamente vinculados en masonería: la Luz, el Sol y el ojo, y cuyo muy probable génesis masónico puede encontrarse en los textos platónicos de La República, particularmente en su libro VI. Dejo al lector que saque sus conclusiones. Al cabo de las cuales, si gusta, puede adicionarle ciertos matices cristianos (particularmente de la Reforma), un poco de neoplatonismo renacentista y algo (no mucho) del iluminismo rosacruz (eso sí, siguiendo la interpretación de Frances Yates (1) y no las fantasías vulgares) y tendrá una idea más o menos acabada de cómo vinieron a dar a la masonería estos símbolos. Si el experimento no marra, se verá el profundo trasfondo filosófico que trasuntan para fundar el método científico, tan caro a la orden.



"—¿Has observado, que el autor de nuestros sentidos ha
hecho un gasto mayor para el órgano de la vista que
para los demás sentidos?
—No.
—Pues bien, nótalo. ¿Tienen el oido y la voz necesidad
de una tercera cosa, el uno para oir, y la otra para ser
oida, de suerte que, si esta tercera cosa llega á faltar, el
oido no oirá ni tampoco la voz será oida?
—De ninguna manera.
— Creo, que la mayor parte dé los demás sentidos,
por no decir todos, no tienen necesidad de un medio semejante.
¿Hay alguna excepción?
—No.
—Pero respecto de la vista, ¿no concibes que no puede
percibir el objeto visible sin el auxilio de una tercera cosa?
— ¿Qué quieres decir?
—Quiero decir, que aun cuando los ojos estén bien
dispuestos y se los aplique á su uso, y el objeto tenga
color, sin embargo, si no interviene una tercera cosa destinada
á concurrir á la visión, los ojos no verán nada y
los colores serán invisibles.
—¿Cuál es esa cosa?
—Lo que llamas luz.
—Tienes razón.
— El sentido de la vista tiene, por lo tanto, una gran
ventaja sobre los demás, que es la de estar unido á su
objeto por un lazo de muchísimo valor, á no ser que se
diga que la luz es una cosa despreciable.
—Está muy distante de serlo.
—De todos los dioses, que están en el cielo, ¿cuál es
aquel cuya luz hace que nuestros ojos vean mejor y que
los objetos sean vistos?
—En mi opinión, como en la tuya y en la de todo el
mundo, es el sol.
— Mira si la relación que une á la vista con este dios
es tal como voy á decir.
— ¿Cómo?
—La vista, lo mismo que la parte en que se forma y
que se llama ojo, no es el sol.
—No.
— Pero de todos los órganos de nuestros sentidos, el ojo
es, á mi parecer, el que más relación tiene con el sol.
—Sin duda.
—La facultad que tiene de ver ¿no la posee como una
emanación, cuya fuente es el sol?
—Sí.
—Y el sol, que no es la vista, pero que es el principio
de ella, es percibido por la misma.
—Es cierto.
—Pues ten en cuenta, que cuando hablo de la producción
del bien, es el sol del que quiero hablar. El hijo tiene
una perfecta analogía con su padre. El uno es en la esfera
visible con relación á la vista y á sus objetos, lo que
el otro es en la esfera ideal con relación á la inteligencia
y á los seres inteligibles.
— ¿Cómo? te suplico que me expliques tu pensamiento.
—Sabes que cuando se dirige la vista á objetos, que no
están iluminados por el sol y sí sólo por los astros de la
noche, apenas se los puede distinguir; parece uno casi
ciego, y la vista no está clara.
—Así sucede.
—Pero cuando se miran los objetos iluminados por el
sol, se los ve distintamente y la vista es muy clara.
—Sin duda.
—Lo mismo sucede respecto al alma. Cuando fija sus
miradas en objetos iluminados por la verdad y por el ser,
los ve claramente, los conoce y muestra que está dotada
de inteligencia; pero cuando vuelve sus miradas sobre lo
que está envuelto en tinieblas, sobre lo que nace y perece,
su vista se turba, se oscurece, y ya no tiene más que opiniones,
que mudan á cada momento; en una palabra,
parece completamente privada de inteligencia.
—Así es.
— Ten por cierto, que lo que derrama sobre los objetos
dé las ciencias la luz de la verdad, lo que da al alma la
facultad de conocer, es la idea del bien, que es el principio
de la ciencia y de la verdad, en cuanto caen bajo el
dominio del conocimiento. Por bellas que sean la ciencia
y la verdad, puedes asegurar, sin temor de engañarte,
que la idea del bien es distinta de ellas, y las supera en
belleza. Y así como en el mundo visible hay razón para
creer que la luz y la vista tienen analogía con el sol,
pero seria falso decir que son ellas el sol; en la misma
forma en el mundo inteligible pueden considerarse la ciencia
y la verdad como imágenes del bien, pero no habría
razón para tomar la una ó la otra por el bien mismo,
cuya naturaleza es de un valor infinitamente más elevado."(2)





(1) Yates, Frances, El Iluminismo Rosacruz, FCE, México, 1999.-
(2) El texto corresponde a la antigua traducción de Patricio de Azcárate, Obras Completas de Platón, T. VIII, Madrid. pág. 43 y ss.-


sábado, 14 de enero de 2017

Un poco de fatiga, sólo eso.

     


      En el año 1973, Jorge Luis Borges participaba de una conferencia sobre literatura dirigida por Alvaro Galvez y Fuentes junto a Salvador Elizondo, Juan José Arreola, Germán Bleiberg y Adriano González León. En la misma, el notable escritor Juan José Arreola ponía en cuestión la excesiva publicación de libros, que ya no tenían por objeto el conocimiento sino el mero consumo. Borges acotaba al respecto la necesidad de reivindicar la tradición oral, anterior a toda literatura, por su valor intrínseco y no por su pretensión de masividad. Por decirlo de otro modo, se trataba de reivindicar la perennidad del valor propio de las ideas, a fin de evitar tener por valiosas cualquiera de ellas por el sólo hecho de estar publicadas. Es claro, en estos casos, que la publicación de las ideas se trata en todo caso de un accidente y el valor de las mismas no puede reducirse a una autoridad basada en su publicidad y pretensión de consumo y masividad. 

     Si esta crítica resultaba válida en aquellos años, casi medio siglo después cabe sumarle la complejidad de los medios actuales de difusión de ideas, basados en la informática, herramienta reducida a una democracia de redes sociales en donde contenidos dispares promueven una visión acrítica de la información y una banalización de las grandes ideas, reducidas en el mejor de los casos a frases aisladas y torpes publicadas en facebook como signo de sabiduría y escarapela de solvencia intelectual; a la consulta de la aberrante enciclopedia universal Wikipedia, experimento que sólo puede satisfacer más a la pereza instintiva que a un honesto apetito intelectual mínimamente serio; y a los grandes buscadores que promueven un ranking basado en la demanda pornocrática de visitas que garantiza mejores ingresos publicitarios en desmedro de la calidad racional y estética de ideas fecundas.

     Ante esta aparente democratización del conocimiento cabe rescatar aquel principio definitivo para sacudirnos el torpe relativismo que asumimos ya como etéreo: de la existencia de muchas ideas no se desprende que todas tengan igual valor. Después de todo, el éter no existe y con igual racionalidad habrá que insistir en que no existe el relativismo informático, sino ideas absurdas que quieren presumir de valiosas por su mera existencia en las redes. A estos ridículos extremos parece reducirse el conocimiento en estos días. Un simple apagón de electricidad durante medio día bastaría para enfrentarnos a nuestra realidad gnoseológica y despertarnos de nuestro sueño virtual.
      
     En este estado de cosas, la difusión cibernética de la francmasonería corre por iguales andariveles. Se trata infructuosamente de plantar bandera frente a tanta actitud acrítica de publicaciones banales sobre una institución cuya extensión geográfica no guarda relación con su calidad gnoseológica. Todo intento por plantear una visión racional, basada en criterios históricos, en una hermenéutica de contexto, con herramientas que rindan un mínimo de honor al desarrollo actual de los métodos de investigación naufraga en el océano relativista de supercherías mágico-religiosas y pseudo-filosofías vergonzantes. En el caso de la masonería hispanohablante, nunca ha estado más alejada su espiritualidad del rigor del método científico  que en estos años donde las discusiones más sobresalientes versan sobre estupideces templarias y «misterios» análogos, todo esto sazonado de una gramática lastimosa, de una retórica ausente cuando no de una oratoria vacua. 

      Tomemos por caso sólo dos notas distintivas de la francmasonería: su simbolismo y su ritualidad. 

    De la primera baste decir que se la sigue abordando con total prescindencia del desarrollo de la materia que ya incluso no puede tomarse sino como una extravagancia terminológica, habida cuenta de que las representaciones que pueblan la cosmovisión masónica tienen menos de simbolismo que de alegorías, emblemas, signos cuando no de relatos legendarios, míticos, etc. El abordaje del complejo orbe de representaciones ideográficas de la masonería desde una metodología basada, verbigracia, en la semiótica, que tanto esclarecería y dotaría de sentido a una masonería acorde a los desarrollos intelectuales de este milenio, es, en el mejor de los casos, una pretensión que puede acarrear el mote de «masonólogo» a quien lo perpetre; mote que, hasta el día de hoy, sigo sin entender sino como una elegante descalificación.

     Qué decir del abordaje de la rituálica, que en el mundo hispanohablante se practica de un modo abstruso, con ciertas notas totémicas y tribales, basados en una autoridad que se pierde en la ignorancia más que en el tiempo y que lejos de rendir defensas a un rito en particular trasunta, bajo una pretendida denominación, eclecticismos de otros ritos que desdibujan su claridad en honor a un culto mistérico tan irracional como el de aquella novela, «El Péndulo de Focault», con el que Umberto Eco se mofaba, no sin razón, de las sectas «iniciáticas». La búsqueda de la génesis rituálica de la masonería (de una búsqueda honesta, desideologizada y sin fanatismos de pertenencia ni condición de renuncia) es algo siempre sospechado de anarquismo cuando no motivo de anatemas varios dentro de las respectivas obediencias. 

     El resultado de este panorama se puede constatar fácilmente: la proliferación del «merchandising» masónico supera el de las editoriales de cierto rigor en la materia, a la par que las fotos en las redes sociales de sujetos vestidos con los más llamativos arreos y disfraces están a la orden del día, como signos de pertenencia a esperpénticos clubes sociales desvirtuados cuando no como publicidad de actividades oscurantistas ridículas.

     A veces me pregunto si la masonería no fue algo que ocurrió en el pasado, y que hoy no se trata más que de un vago recuerdo de que alguna vez otro modo de encarar la experiencia social fue posible, basado en una tolerancia que no resignaba la racionalidad sino que hacía de ella el instrumento meritorio que propiciaba la unión de los hombres sin otra distinción que ella misma. En definitiva, aquella masonería quizá tenía más de utópica que de ideológica. 

     Hoy, cuando las repúblicas parecen desvanecerse ante las democracias totalizantes, cuando las hordas fanáticas de todas las religiones reniegan en masa de la modernidad, cuando los localismos se reivindican frente al que tiene otros orígenes geográficos o ideológicos, siento que quise, como tantos, habitar la isla de Utopía aún consciente de la etimología de su nombre.

      Que use precisamente esta región del orbe cibernético para expresar esta aparente fatiga moral no puede sino tomarse como una incoherencia que, paradójicamente, ratifica el estado actual de las cosas. Pero es sólo apariencia. He cumplido los 40 y a estas alturas uno se vuelve ciertamente conservador respecto de ciertos hábitos. Se sigue, por el ejemplo de otros y porque, en el fondo, cierta actitud atávica que ya no sé si es esperanza u obstinación, constituye la electricidad de esta masa de nervios y carne. En esta materia, como en otras, pierde no quien se cansa sino quien desiste, aún cuando la empresa sea difícil o imposible. 

      Espero se me disculpe el tono quejumbroso y el abuso de cierta fe en la tolerancia de quien lee. Por lo mismo, un abrazo fraterno.