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A diferencia de otros blogs, aquí raramente se encuentran trabajos concluidos. En su mayoría están en un lento pero constante proceso de construcción, pues es intención mía la de ir intercambiando con los posibles lectores diversos puntos de vista a los efectos de ir construyendo los trabajos con una dialéctica progresiva. El tiempo dirá sobre la efectividad de este método.

martes, 27 de octubre de 2015

Una exégesis luterana, a propósito de la Biblia como Volumen de la Ley Sagrada



Próximo a cumplirse un nuevo aniversario del comienzo de la Reforma Protestante, las Iglesias Luteranas han ubicado como texto para el momento ritual de la Celebración de la Palabra (id est, de la lectura de los Evangelios) un texto que, por su fuerte contenido, lleva a replantearnos el simbolismo del Volúmen de la Ley Sagrada en aquellos Ritos Masónicos que, como el Escocés Antiguo y Aceptado, lo ubican dentro de sus Grandes Luces (particularmente en aquellas obediencias partidarias de un dogmatismo cristiano más acendrado). 


Robert Macoy dirá que el Libro de la Ley Sagrada constituye parte obligada del mobiliario de cada Logia, y que no es en absoluto obligatorio que se trate del Volumen del Antiguo y el Nuevo Testamento, sino de aquel libro en donde, de acuerdo a la religión de cada país, se encuentre manifestada la voluntad del Gran Arquitecto del Universo (Vid. Macoy, Robert, Illustred History and Ciclopedya of Freemasonry, New York, 1908, voz: Landmark, pág. 220). Es claro que la visión de Macoy responde a una particular visión de la masonería, pero no es menos cierto que dicha visión gobierna hoy gran parte de la visión masónica de la regularidad tributaria a la Gran Logia Unida de Inglaterra y afines.  Y aunque no viene a cuento en este post remitirnos a la historicidad del Volumen de la Ley Sagrada dentro de los ritos masónicos, si resulta propicio enlazarla con un texto fundamental contenido en el Nuevo Testamento a los fines de analizar si, como manifestación de la Voluntad del Gran Arquitecto del Universo, no encierra un verdadero dilema entre Fe y Ley, al menos como hipótesis.


Transcribo el texto en cuestión, a la espera de que la conciencia de aquel masón atento pueda sacar sus propias conclusiones y, eventualmente, realizar aportes al respecto. Valga como dato que, bien visto y atento a la proliferación de ciertos fanatismos religiosos en el mundo, el replanteamiento de la cuestión nos llevará, más allá de una comprensión histórica de las ideas de la Reforma Luterana, a hacer una lectura de la realidad mundial actual y del valor del laicismo frente al integrismo religioso. En cualquier caso, el resultado será no menos que provechoso.

Carta a los Romanos, 3
19. Pero sabemos que todo lo que dice la Escritura está dicho para el mismo pueblo que recibió la Ley. Que todos, pues, se callen y el mundo entero se reconozca culpable ante Dios.
20. Porque en base a la observancia de la Ley no será justificado ningún mortal ante Dios. El fruto de la Ley es otro: nos hace conscientes del pecado.
21. Ahora se nos ha revelado cómo Dios nos reordena y hace justos sin hablar de la Ley; pero ya lo daban a entender la Ley y los profetas.
22. Mediante la fe según Jesucristo Dios reordena y hace justos a todos los que llegan a la fe. No hay distinción de personas,
23. pues todos pecaron y están faltos de la gloria de Dios.
24. Pero todos son reformados y hechos justos gratuitamente y por pura bondad, mediante la redención realizada en Cristo Jesús.
25. Dios lo puso como la víctima cuya sangre nos consigue el perdón, y esto es obra de fe. Así demuestra Dios cómo nos hace justos, perdonando los pecados del pasado
26. que había soportado en aquel tiempo; y demuestra también cómo nos reforma en el tiempo presente: él, que es justo, nos hace justos y santos por la fe propia de Jesús.
27. Y ahora, ¿dónde están nuestros méritos? Fueron echados fuera. ¿Quién los echó? ¿La Ley que pedía obras? No, otra ley, que es la fe. Nosotros decimos esto: la persona es reformada y hecha justa por la fe, y no por el cumplimiento de la Ley.


sábado, 29 de agosto de 2015

Los fines de la Masoneria, a la Memoria de un Notable Maestro Masón.

   

     Hace ya varios años que, por intermedio de los Hermanos Victor Guerra y Joaquim Villalta, me fue dado conocer virtualmente al Muy Querido Hermano Saúl Apolinaire, inolvidable Maestro Masón que hace poco más de un año decora el Oriente Eterno. Su desinteresado afán por el estudio serio y metódico de los fundamentos históricos, filosóficos y rituálicos de la francmasonería era tan grande como su modestia, austeridad y generosidad. De esta última virtud puedo dar fe personalmente, puesto que promediando el año 2012 tuve el enorme placer de encontrarme con una encomienda dirigida hacia mi persona que contenía debidamente fotocopiados y encuadernados el "Manual de los Masones Libres de los Tres Grados Simbólicos Rito Escoces Antiguo y Aceptado", en su Edición Oficial de 1874 de la Gran Secretaría General de la Orden (Buenos Aires), y la "Historia, Apuntes, Fines y Objeto de la Masonería", obra póstuma del Querido Hermano Salvador Ingenieros, publicado en 1929 pero cuya fecha de redacción data de 1905 según nos informa el anónimo editor. 

     En la contracara de una de las páginas primeras de esta última obra se encuentra, a modo de epígrafe, el siguiente mandato:

"Enseñad, propagad la Francmasonería y habeis hecho por la humanidad más que el conjunto de todos los legisladores" - Desetangs


     Releo el mandato, pero ciertamente no creo que mis fuerzas tengan tan altos alcances, por lo que lo que sigue solo vale como un modesto homenaje a la Memoria de mi Querido Hermano Saúl Apolinaire, autor del Blog "LA IMPRENTA DE BENJAMIN", quien tuvo por la Orden Francmasónica un compromiso tan grande como coherencia con sus principios y enseñanzas. 

     En este orden de ideas, juzgo oportuno transcribir un manuscrito del Hermano Salvador Ingenieros en donde se detalla el "Objeto de la Masonería", manuscrito que se acompaña escaneado de las fotocopias que generosamente me brindara el Querido Hermano Apolinaire.





Objeto de la Masonería

     Es la Masonería una institución universal cuyos orígenes remontan á las primeros siglos, pues antes de que naciera Cristo existía, llamándose sus miembros Esenios.
Desde esa época, a pesar de las persecuciones de los déspotas y de los tiranos, ha vivido en la sombra y en el misterio conspirando siempre por la libertad de los pueblos.

     Para ella no hay Argentinos, Franceses, Ingleses, Italianos, Chinos, Rusos, Persianos; para ella hay hombres. Para ella no hay Católicos, Israelitas, Ateos, Cristianos, Escépticos; para ella hay hombres. Para ella no hay Conservadores, Realistas, Republicanos, Socialistas, Progresistas, Anarquistas; para ella hay hombres. Abraza á todos en un mismo afecto y dá a todos el mismo beso fraternal, porque su bandera tiene un tema tan nombre como generoso: "Libertad, Igualdad, Fraternidad."

     La Mas.·. considera á todos como hermanos, ricos y pobres, nobles y plebeyos. Está por encima de todas las luchas de partidos, por encima de todas las creencias religiosas; quiere  solamente: honradez de principios, virtud ejemplar, corazones generosos, sentimientos nobles y mentes en las cuales predomine la razón.

     Aborrece y manda aborrecer el vicio bajo cualquier aspecto; aborrece y detesta las supersticiones, al perjuicio y el error contra los cuales lucha. Su única meta es el buen del pueblo procurado con el trabajo constante y ordenado, y con la propaganda velante y privada de represalias que á nada conducen.

     Conspiró cuando el despotismo y la ignorancia eran amos del mundo: ahora vigila el progreso para que, victorioso sobre las ruinas de las coronas y de las tiaras, no se detenga en su camino.

     Tiene muchos enemigos: la concordia y la estrecha unión de los HHer.·. no bastan para romper sus filas; se necesita la completa emancipación del pensamiento y la conciencia de las supersticiones y perjuicios del mundo profano.

     Obtenido esto, los enemigos de la verdad caerán en el lodo para no levantase más, y la Mas.·. habrá obtenido su objeto.

.·.

     La Masonería es sobre todo una institución filantrópica, y tiene coo principal objeto el aliviar las miserias de la humanidad que sufre.

     Desde su fundación ha dado ejemplo al mundo entero de que la caridad es un precepto que nunca debe olvidarse y practicando en gran escala la beneficencia, ha conseguido mitigar los terribles efectos de la miseria y de la probreza.

     Por ésto es obligatorio al final de los trabajos pasar un tronco de beneficencia, cuyo producto se destina para socorrer a los indigentes y a los desheredados por la fortuna.

     El Mas.·. tiene el deber de socorrer á sus HHer.·. cuando estos lo requieran y siempre debe estar dispuesto moral y materialmente á prestarle su ayuda en mayor ó menor grado según sus fuerzas.
Nunca deberá negar lo que sus fuerzas le permiten dar; y allí le tenéis fundando asilos para los huérfanos, escuelas para los niños é institutos de beneficencia, en los cuales recibe siempre la bendición de sus semejantes como única recompensa de sus esfuerzos.

.·.

     El rol social de la Masonería se halla bien definido en su lema:

Libertad, Igualdad, Fraternidad.

  Sostenemos la Libertad y con esto queremos significar que nosotros luchamos para que desaparezcan de la faz de la tierra déspotas y tiranos; para que no exista una casta dominadora y una casta dominada; para que, en fin, todos los hombres se hallen libres de obrar y pensar como mejor les parezca y todos sean iguales ante la ley y ante la sociedad.

     La Igualdad es el segundo de nuestros principios: No deben subsistir esas distinciones de nobles y plebeyos, de aristócratas y demócratas; todos deben ser igual, gozar de los mismos derechos, tener los mismos privilegios y cumplir con los mismos deberes.

     La Fraternidad nos indica que debemos amarnos mutuamente, protejer al desgraciado y buscar en la igualdad ese amor que bien ha sido designado con el título de Fraternidad.

.·.




miércoles, 1 de abril de 2015

EL DEBER: KANT Y MASONERIA.


Existe una costumbre extendida que considera que los requisitos para ingresar a la Orden Francmasónica han de consistir en ser hombre libre y de buenas costumbres. Y dejando de lado la obvia pero persistente cuestión de que hombre, en tanto expresión de la especie humana comprende tanto al varón como a la mujer, el resto de las exigencias podrían traducirse en la evangélica cuestión de ser uno de buena voluntad. Y esto no debería escandalizar ni a los cristianos que ven en la Masonería al mismo Anticristo, ni a los masones que, bajo un pseudo positivismo, quieren a la Orden lo más depurada posible de todo rastro cristiano. La verdad es que, mal que le pese a ambos bandos, la Francmasonería tiene una carga genética cristiana que, si bien no la condiciona dogmáticamente, al menos la explica en su historia real, lejos de las fantasías intra y extra muros. 

            Sin embargo, el cristianismo ha tenido vertientes racionalistas nada despreciables y que han contribuido en no poca medida a poner orden entre el Trono y el Altar, y por lo tanto en diseñar sociedades modernas con valores morales comunes entre ciudadanos con distintas opciones religiosas, étnicas, políticas, sexuales, etc.

            La Masonería ha de considerarse, en este orden de cosas, como uno de esos fenómenos propiciatorios de la moderna sociedad occidental (hoy amenazada por integrismos variopintos). La función de las logias de ser “Centro de Unión” (que no de Unidad) entre miembros de diversa extracción da cuenta de la gravitación que estos pequeños modelos de sociedades han tenido en la formación de la tolerancia moderna en las republicas democráticas de occidente.

            Y la posibilidad de esta convergencia moral ha residido, sin duda, en la búsqueda de un común denominador en la convivencia humana expresado en el ideal evangélico de una paz prometida a los hombres de buena voluntad[1].


            Ahora bien, todo esto sería flaca retórica si no tratáramos de esbozar un contenido racional a esa buena voluntad que hizo posible estas sociedades democráticas y modernas. Y en este sentido, tratar de hallar este contenido racional en Kant sigue siendo, además de imprescindible, de una actualidad manifiesta cuando no de un gran atractivo masónico.

            En este sentido, lo que sigue no resulta más que una breve reseña de la exposición que Kant hiciera sobre la buena voluntad y el deber en su Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres.[2]

            Refiere Kant que el fin de la razón es fundar una buena voluntad. Este argumento teleológico (así lo llama José Mardomingo) indica que la presencia en el hombre de la razón práctica confirma que la noción de buena voluntad, lejos de ser fantástica, esta solidamente fundada: si cada facultad que nos proporciona la naturaleza es la mas adecuada para alcanzar su fin respectivo, el de la razón práctica no puede ser fomentar y guiar la satisfacción de todas nuestras necesidades, pues para esa tarea no solo es mucho menos útil que el instinto, sino incluso nociva y contraproducente. El cometido propio de la razón práctica ha de ser más bien dar origen a una voluntad buena en sí misma, no como medio para satisfacer nuestras inclinaciones.

            Y la buena voluntad, al estar contenida en la noción de deber, indica la primera diferencia con las inclinaciones e intereses, puesto que las acciones dotadas de contenido moral pueden ser aun contrarias a nuestras inclinaciones e intereses. Los ejemplos de acciones con contenido moral que refiere Kant son relevantes:

1)      Quien conserva su vida no por gustar de ella, sino también cuando le es tan ardua y dolorosa que desearía morir, esta obrando por deber, y no por inclinación, y por tanto la máxima de su acción tiene contenido moral.
2)      Cuando alguien ayuda a sus semejantes no movido por un cálculo de intereses, ni tampoco por una inclinación a la benevolencia o por una bondad temperamental, de las que carece, sino impulsado exclusivamente por la idea de deber: el carácter de esa persona es sin duda moralmente valioso.
3)      Quien cumple el deber de cuidar su salud, incluso en unas circunstancias en las que si siguiese a sus inclinaciones sacrificaría la salud a un disfrute inmediato, no actúa movido por la inclinación a la felicidad, sino por el deber, y su proceder posee verdadero valor moral.


Todo esto constituye la primera proposición: HACER EL BIEN POR DEBER, NO POR INCLINACION NI INTERES.

            El valor moral de nuestras acciones tampoco parece residir en el efecto que nos propongamos producir con ellas. Y grafica esta idea con el caso del filántropo que obra por un placer interior de difundir la alegría a su alrededor, o por honra o aun por compasión. Ninguno de estos casos contiene valor moral, ya que solo lo tiene si hace el bien, no por inclinación, sino por deber. Ser benéfico cuando se puede es un deber.

Así queda elaborada una segunda proposición: EL VALOR MORAL DE UNA ACCION RESIDE EN SU MAXIMA, NO EN SU PROPOSITO.

            Ahora bien, la máxima es el principio subjetivo del querer en tanto que el principio objetivo (esto es, aquel que serviría de principio practico también subjetivamente a todos los seres racionales si la razón tuviera pleno poder sobre la facultad de desear) es la ley práctica.

            Es así que llegamos a la tercera proposición, como consecuencia de las anteriores, EL DEBER ES LA NECESIDAD DE UNA ACCION POR RESPETO POR LA LEY, aun con quebranto de todas mis inclinaciones.


            Ahora bien, dejemos por unos instantes a Kant y veamos qué relación tiene todo esto con la francmasonería. Los ingresados en la Orden no tardarán en rememorar que la base de su juramento masónico radica en el deber mismo, y esto mismo debería despejar a los detractores de la masonería de las supercherías que giran en torno al juramento masónico puesto que en sentido estricto el mismo versa sobre la relación entre la conciencia de quien jura sus deberes y el respeto que la misma le prodiga. En términos kantianos la determinación inmediata de la voluntad por la ley y la consciencia de esa determinación se llama respeto, de modo que este es considerado como efecto de la ley sobre el sujeto y no como causa de la misma. Agrega Kant: propiamente es el respeto la representación de un valor que hace quebranto a mi amor propio.  

            La rememoración de ese juramento a través de gestos guturales no será más que la expresión simbólica de ese respeto, y no ha de tener otro fin, ni aun como saludo ni otros garabatos de protocolo que pululan en las obediencias de un modo irreflexivo y que constituyen a todas luces un excesivo rigor formal.

            Pero será fundamentalmente en el comienzo de los trabajos masónicos en donde esta noción de deber se hace palpable y actuaría como disparador de la consciencia de los masones a su contenido genuino.

            El comienzo de todos los rituales simbólicos, aun en sus tres grados, alude en forma de dialogo platónico a la verificación del cumplimiento de deberes específicos. Será el cumplimiento de estos deberes el que permitirá corroborar la calidad de los miembros y si se hallan en número suficiente para cumplir sus funciones, los que junto a la comprobación horaria, permitirá la apertura de los trabajos masónicos. Y si bien una lectura ligera pudiera ver en esto solamente una formalidad organizativa, no cabe duda que la preponderancia del sentido profundo del deber presente en la apertura de los trabajos masónicos excede la pura formalidad y remonta a los masones a un estremecimiento de sus conciencias individuales. O al menos así debería serlo.

            Y de ser así se contribuiría en no poca manera a alcanzar aquel mandato evangélico de amar al prójimo: ese amor ha de ser práctico –esto es por deber- y no patológico o dependiente de la inclinación, dirá textualmente Kant.

            Esta visión kantiana del deber, acorde con la austeridad pietista y con un compromiso universal con la unión de los hombres a través de un racionalismo bien entendido entronca con el sentido genuino de la ritualidad masónica que, en sus orígenes, fue también austera en su simbolismo y profundamente filosófica,  y cuya desvirtuación ha llevado a la proliferación caricaturesca de fotos de miembros de la Orden por las redes sociales en las cuales se hace ostentación de medallas y parafernalias masónicas. Si se quisiera establecer una relación entre el secreto masónico y la noción de deber se podría corroborar ciertamente que la misma responde más bien a esta noción kantiana de austeridad en el cumplimiento del deber por el deber mismo antes que en una membresía  por inclinación, interés u honra.

            A veces me pregunto… ¿y si el Libro de la Ley Masónica fuera la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres?















[1] Lucas 2:14.
[2] Seguimos a este respecto, la edición bilingüe de Ed. Ariel, con estudio preliminar y traducción de José Mardomingo.