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A diferencia de otros blogs, aquí raramente se encuentran trabajos concluidos. En su mayoría están en un lento pero constante proceso de construcción, pues es intención mía la de ir intercambiando con los posibles lectores diversos puntos de vista a los efectos de ir construyendo los trabajos con una dialéctica progresiva. El tiempo dirá sobre la efectividad de este método.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Textos del Pseudo Dionisio, como posible antecedente filosófico del simbolismo de la Luz en la Francmasonería.





     He tenido a bien reproducir parcialmente textos significativos del Tratado de los Nombres de Dios del Pseudo Dionisio (1) debido a su notable cercanía con el simbolismo masónico y, por ende, como un posible antecedente intelectual de la filosofía masónica. Los textos se corresponden con los primeros 14 parágrafos del Capítulo IV del Tratado en cuestión. En este sentido, cabe ubicar a estos textos dentro de una línea del neoplatonismo que ya Frances Yates, en sus importantes ensayos sobre Raimundo Lulio (2), entendió como dignos de estudio y relación como antecedente del movimiento neoplatónico del renacimiento; particularmente dentro del eje Pseudo Dionisio-Escoto Erígena-Raimundo Lullio. El lector podrá encontrar aquí una reformulación cristiana sobre el concepto neoplatónico de la Luz, sus movimientos curvos, rectos y en espiral, su relación con la Bondad al modo de idea platónica, etc. Vaya en ese sentido este aporte a modo de eventual apéndice de post futuros.



DE LOS NOMBRES DE DIOS

Pseudo Dionisio Areopagita



1. Pasemos ya al nombre de "Bien". Es el nombre que prefieren los teólogos para designar la Deidad supradivina. Llaman Bondad a la misma subsistencia divina, que por el mero hecho de ser todas las cosas la contienen.

Sucede lo que en el Sol. Sin pensarlo, sin quererlo, por el mero hecho de ser lo que es, ilumina todo lo que de alguna manera puede recibir su luz. Así ocurre con el Bien. Muy superior al Sol, como el arquetipo es superior a la ima­gen borrosa, extiende los rayos de su plena Bondad a todos los seres que, según su capacidad, la reciben. Gracias a estos rayos de Bondad subsisten todos los seres inteligibles e inteligentes, todo ser, toda potencia y operación. Por ellos existen y poseen vida inalterable e indestructible, libres de corrupción y muerte, de la materia y de la genera­ción o mutaciones. Por ellos se consideran sustancias incorpóreas e inmateriales; como inteligencias, conocen de modo superior al de este mundo: por iluminación ven las razones propias de todos los seres y transmiten sus conoci­mientos a los compañeros.

La Bondad de Dios en que moran es el funda­mento de su permanencia, estabilidad, conservación, vigi­lancia, alimento. Sus deseos del Bien les hacen ser lo que son y les proporcionan bienestar. Configurándose con el Bien, en lo posible, se hacen mejores, y como es Ley de Dios, comparten con sus inferiores los dones que reciben del Bien supremo.

2. Por todo esto, se ordenan jerárquicamente en for­ma supramundana, en unidades propias, y se rela­cionan entre sí sin la menor confusión. El Bien da poder a los inferiores para elevarse hasta los superiores, y asi­mismo los superiores descienden al nivel de sus inferiores. Diligentemente cuidan de quienes les están confiados, de sus poderes y de sus resoluciones inmutables. Permanecen firmísimos sus deseos del Sumo Bien. Conservan entre ellos las demás prerrogativas que he descrito en el tratado De las propiedades y de los órdenes de los ángeles. Cuanto se refiere a la jerarquía celeste, como son las purificaciones angélicas, iluminaciones supramundanas y la consuma­ción de toda perfección entre los ángeles, todo esto viene de la Causa universal y Fuente de bien. De allí les llega asi­mismo su configuración con el Bien, el revelar la secreta bondad que poseen los seres, por decirlo así, intérpretes del silencio de Dios, que reflejan la luz resplandeciente en el interior del santuario.

En grado inferior a estas santas y venerables inteligencias están las almas con todos los bienes que les son propios. Dependen asimismo del Bien que está sobre todo bien y gracias a El tienen inteligencia, vida sustancial, inmortalidad. Por tener vida espiritual, como los ángeles, pueden esforzarse en imitarlos. Siguiendo a tan excelentes elevan hasta el Bien, fuente de todo bien, hacién­dose partícipes, según su capacidad, de las iluminaciones que El irradia. En la medida de sus fuerzas reciben el don de identificarse con el Bien y las demás cualidades descri­tas en mi libro Del Alma.

Si lo aplicamos a cuantos carecen de razón y a los irra­cionales, los que cruzan los aires, los que andan o se arras­tran por la tierra, los que [696 D] viven en el agua, los anfibios y los que se esconden bajo tierra o en cavernas. En fin, los seres de vida sensitiva. Todos son y viven gracias a la misma Bondad.
De modo semejante, las plantas sacan del mismo Bien la vida nutritiva y de crecimiento. Incluso las cosas inani­madas, sin vida ni alma, deben su existencia al mismo Bien.

3. Puesto que en realidad el Bien trasciende todo ser natural, sin estar limitado a forma alguna, es el creador de toda forma. Por no ser nada de cuanto es, El es el Supraser. Por no ser una vida, es la Vida. Sin ser una inte­ligencia, es la Sabiduría misma. Todo cuanto participa del Bien, participa de lo que, por estar en cierto modo limitado, da forma a lo informe. Y si es lícito hablar así, lo que no es anhela aquel Bien que trasciende todo ser. Más aún: se niega a todo ser y puja por descansar en el Bien supra-esencial.

 4. Al ocuparme de otros temas me olvidé de decir que el Bien es Causa de las fuentes y fronteras de los cielos, de eso que ni mengua ni se expande, inmutable. Causa también de los movimientos circulares y silencio­sos, por decirlo así, de los cielos inmensos. Asimismo del orden lijo con que las luces estrelladas decoran los cielos. Y de los astros errantes, en particular los dos de trayectoria circular, fuente de luz, que las Escrituras llaman "gran­des". Son éstos los que nos dan a conocer los días y las noches, los meses y los años. Constituyen el marco para nombrar, medir y conservar los acontecimientos.

¿Y qué decir de los rayos del sol? La luz procede del Bien y es su imagen. Se alaba al Bien llamándole "Luz", como se honra al Arquetipo en su imagen. La Bondad pro­pia de Dios, plenamente trascendente, lo invade todo, desde los seres más altos y perfectos hasta los más bajos. Está sobre todo: los más altos no llegan a la divina Bondad ni los más bajos escapan a su dominio. Ilumina todas las cosas que pueden recibir su luz, las crea, da vida, mantiene en su ser y perfecciona. De ella todas reciben medida, tiempo, número y orden. Su poder abraza el uni­verso, es causa y fin de todo.

El gran Sol, siempre luciente y espléndido, es imagen donde se manifiesta la Bondad divina, eco distante del Bien. Ilumina todo lo que puede recibir su luz sin perder nada de su plenitud. Difunde sus rayos fulgurantes a lo alto y a lo bajo de todo el mundo visible. Si algo no participa de su luz, no es porque ésta sea deficiente en modo alguno; sería debido a la incapacidad o impedimento proveniente del objeto.

Ciertamente. Hay muchas cosas que la luz no ilumina mientras que brillan otras más lejanas. Nada hay en este mundo visible adonde llegue el sol con la porten­tosa fuerza de su resplandor. Es más, está en los orígenes de los cuerpos visibles, favorece la vida, los alimenta y hace crecer, los perfecciona, los purifica y renueva. Es medida y número de las estaciones y de los días y de todo nuestro tiempo. Era esta luz informe la que, según el santo Moisés, distinguió los tres primeros días en el principio'.
La Bondad atrae hacia sí todas las cosas, por dispersas que estén, pues es Fuente divina y principio de unidad. Todo tiende hacia ella como a su fuente, su objetivo y cen­tro de unidad. El Bien, como dice la Escritura, creó todas las cosas y es en definitiva la Causa perfecta. "En ella todas subsisten", se fundan y perseveran como en un poder receptáculo. Todo retorna al Bien como a su fin. Todas las cosas lo desean: por el conocimiento, las espiri­tuales y dotadas de razón; por la sensación, las dotadas de sensibilidad; por el movimiento innato del apetito vital, las que no sienten. Las que carecen de vida y solamente exis­ten propenden a cierta participación de la esencia del Uno.

Así ocurre con la luz, visible imagen de Dios. Atrae y vuelve hacia sí todas las cosas: las que se ven, las que se mueven, las que se iluminan, las que se calientan y, en general, todo aquello que alcanzan los rayos luminosos. De ahí le viene el nombre de sol, Odos, porque todo lo reúne, esto es, lo conserva y lo concentra.

Por eso, los seres que sienten buscan la luz para ver, para moverse, para ser iluminados, para calentarse y, en general, para que la luz los conserve en su ser. No digo esto como creía la Antigüedad, que consideraba al Sol como Dios, el autor del universo, que gobierna con rectitud el mundo que vemos. Pero sí afirmo que "desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divini­dad, son conocidos mediante las obras''.

De todo esto se trata en la Teología simbólica. Aquí me limito a celebrar el término "luz" inteligible aplicada al Bien. Se llama luz intelectual al Bien porque ilumina toda inteligencia supraceleste y porque con su luz arroja toda ignorancia y error que haya en el alma. Purifica los ojos de la inteligencia ahuyentando la bruma de igno­rancia que los envuelve; despierta, abre los párpados cerra­dos bajo el peso de las tinieblas.

Les concede primero un mediano resplandor; luego, cuando los ojos se han acomodado a la luz y la ape­tecen más, les va dando con mayor intensidad, "porque amaron mucho'". Después no cesa de estimularlos a avan­zar a medida que ellos se esfuerzan por elevar su mirada a las alturas.
Se llama "luz de la mente" aquel Bien que está sobre toda luz, como manantial de luz y foco desbordante. Con su plenitud inunda de luz toda inteligencia, sea en este mundo, en el universo o en los cielos. Todas las cosas se renuevan con tal luz. En su inmensidad las contiene todas; a todas precede y supera por su trascendencia. En El todas se agrupan, y contiene en su simplicidad todo principio de iluminación, pues es fuente de luz y la tras­ciende. Es más que luz, y en este bien se concentra toda razón e inteligencia. Como la ignorancia dispersa a los que yerran así, la presencia de luz en la inteligencia reúne a cuantos la reciben. Los perfecciona, los dirige al Ser que es de verdad. Los aparta de muchos errores, los llena de luz unificadora. Concentra su variedad de opiniones en un verdadero, puro y simple saber. Lo llena todo de luz unificadora.

7. Los teólogos alaban y ensalzan este Bien. Lo llaman Hermoso, Hermosura, Amor, Amado. Le dan cualquier otro nombre divino que convenga a esta fuente de amor y plenitud de gracia.
Hermoso y Hermosura se distinguen y unifican en la Causa que todo lo unifica. En todo ser distingamos la cua­lidad, que es participada, y el objeto, que la participa. Lla­mamos hermoso a aquello que participa de la hermosura y llamamos hermosura a la participación de la causa que la produce en las cosas.

Pero llamamos Hermosura a aquel que trasciende la hermosura de todas las criaturas, porque éstas la poseen como regalo de El, cada una según su capacidad. Como la luz irradia sobre todas las cosas, así esta Hermosura todo lo reviste irradiándose desde el propio manantial. Hermo­sura que llama todas las cosas a sí misma. De ahí su nombre Kalos, es decir, hermoso, que contiene en sí toda hermosura.

Se le llama Hermoso, pues lo es bajo todos los aspectos: contiene y excede toda hermosura. Hermoso eternamente, invariable. No nace ni perece, no aumenta ni disminuye. No es amable en un sentido y desagradable en otro, a veces hermoso y otras no; para unos hermoso y para otros feo, ni distinto en uno u otro lugar. No. Es constantemente idéntico a sí mismo, siempre hermoso. En El estaba en grado eminente toda hermosura antes de que ésta existiese. El es su fuente.

Nada hay hermoso que no haya brotado de aquella simplicísima Hermosura, su fuente. De esta Hermosura proceden todas las cosas, bellas cada cual a su manera. La Hermosura es causa de armonía, de amistad, de comunión; todo lo une y es fuente de todo. Es principio, Causa efi­ciente que mueve el universo y lo sostiene. Todas las cosas llevan dentro el deseo de hermosura. Va delante de todas como Meta y Amor a que aspiran, Causa final que todo lo orienta, pues es modelo al que nos configuramos y con­forme al cual actuamos por deseo del Bien.

La Hermosura se identifica con el Bien. Todos los seres, sea cual fuere lo que los induce a obrar, buscan la Hermosura y el Bien. No hay nada en la naturaleza que no participe del Bien y de la Hermosura. Me atrevería a decir que aquello que no es participa también de la Hermosura y del Bien, porque es bueno y hermoso dirigirse al Bien supraesencial por vía de negación.

Esto -el Uno, el Bien y la Hermosura- es causa singu­lar de multitud de bienes y hermosuras. Gracias a esto, todas las cosas subsisten en su esencia, se igualan y diferen­cian, son idénticas y opuestas, semejantes y diversas; los contrarios se entrelazan y los unidos no se confunden. Gracia a éstos, los seres superiores cuidan de los otros, los iguales se compenetran y los inferiores tienden a superarse conservando el equilibrio de su estabilidad en la unidad. Por esto, todos los seres, cada cual a su manera, están abiertos unos a otros, se comunican entre sí, se com­penetran sin perder su identidad. De ahí la cohesión interna e indisoluble de las partes, la perseverancia en su ser y las renovaciones incesantes.

Las inteligencias, las almas y los cuerpos permanecen a la vez estables y en movimiento. El Bien-Hermosura, siendo trascendente, por encima de todo reposo y movi­miento, fija a cada ser su propia naturaleza y le da el movi­miento conveniente.

8. Dicen que las inteligencias celestes se mueven en sentido circular. Mientras están unidas a los resplandores, no tienen principio ni fin, pues proceden del Bien-Hermosura. Se mueven en línea recta cuando proce­den como guía providente de sus inferiores, dirigiéndolo todo rectamente. Se mueven en espiral cuando, a la vez que cuidan de los inferiores, permanecen idénticas girando siempre alrededor del Bien-Hermosura, causa de su identidad.

El alma también está en movimiento. Movimiento circular cuando entra dentro de sí, se olvida de lo exterior y recoge sus potencias espirituales para que nada la dis­traiga. Es una especie de movimiento giratorio fijo que la hace tornar de la multiplicidad de las cosas externas y con­centrarse en sí misma. Intimamente unidas ya el alma y sus potencias, el movimiento giratorio la levanta hasta el Bien-Hermosura, que trasciende todas las cosas, es uno y el mismo, sin principio ni fin.
Se mueve el alma en espiral cuando, según su capaci­dad, es iluminada con las noticias divinas, pero no por vía de intuición intelectual en plena concentración del alma, sino más bien por razonamiento discursivo, pasando de una a otra idea.

El movimiento es rectilíneo cuando el alma, en vez de entrar dentro de sí misma (lo cual es el movimiento circu­lar, como he dicho), procede por las cosas que la rodean y se levanta de lo externo, como de símbolos varios y múlti­ples, a la contemplación de simplicidad y unión.

El Bien-Hermosura es la causa de estos movi­mientos, de lo sensible, de lo que permanece conservando su reposo y situación y del alma, fundamento de uno y otro. Bien-Hermosura los conserva y dirige por encima 'de todo reposo y movimiento. Es la fuente, el ori­gen, el conservador, la meta y el objetivo del reposo y el movimiento. El ser y la vida del alma vienen de El, del mismo Bien-Hermosura de donde proceden lo pequeño y lo grande y lo mediano de la naturaleza, la medida y pro­porción de todas las cosas, armonías, conjuntos, las partes y el todo, lo universal y lo múltiple, el entrelazamiento de las partes, la síntesis de la multiplicidad, la perfección de conjuntos. Bien-Hermosura de que proceden la cualidad y cantidad, grandeza, infinitud, conglomeración y distin­ción, lo limitado y las limitaciones, los órdenes, las excelen­cias, elementos y formas, todo ser, poder, actividad, hábitos, sentido, razón, inteligencia, tacto, ciencia y unión.

En breve. Todo cuanto existe procede del Bien-Hermo­sura, en él está y se dirige a él. Es el motor de todo y todo lo conserva. Por gracia de El, por El y en El está todo princi­pio ejemplar, final, eficiente, formal, material. En una palabra: todo principio, toda conservación, todo fin, todo cuanto existe procede del Bien-Hermosura. Y aun lo que no existe está supraesencialmente en el Bien-Hermosura, que es el principio más que principal de todas las cosas y fin más que perfecto, "porque de El, y por El, y para El son todas las cosas", como dicen las Escrituras.

Por eso, todas las cosas deben desear, anhelar y amar al Bien-Hermosura. Por El y para El los inferiores aman a los superiores, los iguales aman y se comunican con sus seme­jantes, los superiores se ocupan de los inferiores. Todos y cada uno miran por sí mismos y se estimulan en hacer con perfección lo que hacen con los ojos puestos en el Bien-Hermosura.

Más aún. Nos atrevemos a decir realmente que la Causa de todas las cosas, por la sobreabundancia de bondad, todo lo ama, perfecciona, conserva y torna hacia sí. El deseo amoroso de Dios es Bondad que busca hacer el Bien para la misma Bondad. Deseo creador de la bondad del universo, preexistía sobreabundante en el Bien y no quedó en El encerrada. Le indujo a usar de la abundancia de su poder para crear el mundo.

11. No piense nadie que al ensalzar el término "deseo amoroso" vamos contra las Escrituras. Creo que seria insensatez absurda fijarse en la formalidad de las palabras más que en la fuerza de su significado. Nunca debe obrar así la persona que busque entender las realida­des divinas. Así proceden quienes se interesan únicamente por oír superficialmente sonidos y no quieren entender el sentido de las palabras o cómo se pueda valorar el signifi­cado con expresiones similares. Son gentes que se conten­tan con líneas y letras sin sentido, sílabas y frases incom­prensibles, que en manera alguna llegan al alma. No son más que sonidos en sus labios y oídos.

Como si fuera un error decir que dos y dos son cuatro, que línea recta es lo mismo que derecha, patria es lugar del nacimiento. Como si estuviera mal cambiar unas palabras por otras que significan lo mismo exactamente. Lo que debemos entender es que empleamos letras, sílabas, escritos y frases en razón de su significado. Por eso, cuando el alma, guiada por las potencias intelectivas, está centrada en el objeto del conocimiento, resulta inútil la operación de los sentidos. Lo mismo sucede al entendimiento cuando el alma, hecha ya deiforme por unión desconocida, con los ojos cerrados se adhiere a los rayos desprendidos de aque­lla "luz inaccesible".

En cambio, cuando el entendimiento, cen­trándose en la perfección de los sentidos, se levanta a la contemplación de lo inteligible, da especial importancia a las sensaciones más precisas, a las palabras más claras, a la mayor distinción con que ve las cosas. Porque no están claras las cosas que caen bajo los sentidos, no podrán éstos transmitirlas debidamente al entendimiento.
Si por hablar así pareciere que tergiversamos el sentido de las Santas Escrituras, quienes no están de acuerdo con la expresión "enamorarse" escuchen lo que sigue: "Amala y ella te custodiará. Tenla en gran estima y ella te ensalza­rá". Tengan en cuenta, además, otros muchos pasajes que alaban la expresión "enamorarse" de Dios.

12. A algunos de los nuestros que tratan de las Sagradas Escrituras les ha parecido que "enamorarse de Dios" es más divino que simplemente "amar a Dios". San Ignacio escribe: "Han crucificado a aquel de quien yo estoy enamorado". Y en los libros que introducen a la Sagrada Escritura hay uno que dice de la Sabiduría: "Pro­curé desposarme con ella, enamorado de su hermosura".

Por tanto, no temamos emplear la expresión "enamo­rarse de Dios" y no nos alteremos por lo que alguien pueda decir de ambos nombres. Creo que "enamorarse de Dios" y "amor de dilección" lo usan los teólogos en el mismo sen­tido. Añadieron que, al hablar de Dios, se trata del verda­dero amor. Porque la gente usa la palabra "amor" en sentido peyorativo. Nosotros, en conformidad con las San­tas Escrituras, alabamos la expresión "amor verdadero" y la consideramos apta en relación con Dios. Otros, en cam­bio, llevados de su natural inclinación, tendieron a pensar en el amor apasionado, corporalmente compartido. Eso no es verdadero amor; es una sombra, una caricatura del amor auténtico. El hecho es que la gente no comprende la espiritualidad del amor divino, y por eso la expresión "enamorarse de Dios" les parece ofensiva. Por lo cual, se atribuye a la Sabiduría, a fin de que el vulgo llege a enten­der el veradero amor y deje de interpretarlo en el peor de los sentidos.

Sabemos bien que mucha gente de baja estofa piensa que hay algo absurdo en este versículo encantador: "Tu amor era para mí dulcísimo, más que el amor de las mujeres". Para quienes escuchan con entendimiento la pala­bra de Dios, el simple término "amor", tal como lo emplean los autores sagrados para manifestar los misterios divinos, tiene el mismo sentido que "enamoramiento". Ambos quieren decir lo mismo: unión, alianza, con espe­cial referencia al Bien y Hermosura eternos. Procede del Bien-Hermosura, gracias al mismo Bien-Hermosura. En­trelaza las cosas iguales, inclina las superiores a cuidar de las inferiores y hace que éstas tiendan a las más altas.

13. Enamorarse de Dios lleva al éxtasis, pues quienes así aman están en el amado más que en sí mismos. Así se manifiesta en el amor que prodigan los de clase más alta a los más bajos. Asimismo lo demuestran los iguales por la unión que reina entre ellos. Lo que está más bajo se torna hacia lo más alto. Por eso el gran Pablo, arrebatado por su encendido amor a Dios y preso de poder extático, dijo estas palabras inspiradas: "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí". Pablo estaba realmente enamorado, pues, como él dice, salía de sí mismo por estar con Dios. No contaba más con su propia vida, sino con la de aquel de quien él estaba enamorado.

Y hay que atreverse también a decir en honor a la ver­dad que el mismo Autor de todas las cosas vive fuera de sí por su providencia universal, por puro enamora­miento de las cosas. La bondad, amor y enamoramiento le seducen hasta hacerle salir de su morada trascendente y descender a vivir dentro de todo ser. Procede así en virtud de su infinito y extático poder de permanecer al mismo tiempo dentro de sí. Por lo cual, los que entienden de lo divino, llaman a Dios celoso, pues está poseído de un grande y misericordioso amor hacia todos los seres, y sus­cita en ellos el mismo celo. Así se muestra Dios celoso, pues siempre se siente celo por ló deseado. Al proveer en bien de todas las criaturas está probando su celo.

En conclusión. Podemos decir que el Bien-Hermosura es a la vez el amado y el amante. Tales propiedades existen en el Bien-Hermosura y por eso todo bien procede de El y se hace para el Bien-Hermosura.

14. Sin embargo, ¿por qué los teólogos hablan de Dios unas veces como enamorado y amante, y otras como el deseado y amado? Por un lado, El causa, produce y origina el amor. Bajo otro aspecto, El se muestra a la vez activo y pasivo, origen y término del movimiento. Por eso le llaman Amado y Deseado, por cuanto es Bien-Hermosura, y luego el Enamorado y Amante porque con su poder mueve y levanta todo hacia sí. En fin de cuentas, El es el Bien-Hermosura, el Uno que hace revelación de sí mismo, benéfica procesión de su unidad trascendente. Es Deseoso cuando simplemente se mueve a sí mismo, actúa por sí mismo, preexiste en el Bien hacia todo ser y luego regresa hasta el Bien. En este sentido se manifiesta excelen­temente que el amor divino no tiene principio ni fin. Como un círculo eterno moviéndose desde el Bien, por el Bien, en el Bien y hacia el Bien. Círculo perfecto, siempre en el mismo centro, la misma dirección, el mismo cami­nar, el mismo retorno hasta su origen.

Todo esto lo ha explicado también divinamente aquel mi ínclito maestro en sus Himnos amatorios. Merece la pena que los recordemos aquí añadiéndolos a este nuestro dis­curso sobre el amor, como un capítulo sagrado al final de cuanto vengo diciendo sobre el Deseoso.


(1) Se sigue la versión castellana publicada por la página web www.franciscanos.net
(2) Vid. Frances Yates, Ensayos Reunidos, I, LULIO Y BRUNO, Ed. FCE, México, 1996.-


jueves, 17 de noviembre de 2016

¿Una crítica al lenguaje emblemático del S. XVI extensible a la Francmasonería de hoy? - Primera parte -



En un excurso que Roberto Calasso realiza en su notable libro «Los Jeroglíficos de Sir Thomas Browne» se nos informa de manera sólida y documentada sobre el origen y proliferación de la «emblemática» del S. XVI, es decir de aquel intento en los albores de la modernidad de hablar por medio de Jeroglíficos, así como de su vinculación con el neoplatonismo y el movimiento hermético de raíz pretendidamente egipcia. La fuerza de esta nueva cosmovisión en la comunicación afectará, como dice su autor,  las gestas de los nobles, de los doctos y de los reyes;  la poesía e incluso hasta  la incipiente ciencia, pues «los científicos leen los jeroglíficos de la naturaleza y los libros de alquimia hablan mediante jeroglíficos». (1)

La fundamentación de esta digresión se apoya en textos notables de la época y su censo comprende los Hieroglyphica de Valeriano, su homónimo de Horapolo, el Oedipus aegyptiacus de Athanasius Kircher, los Emblemata de Andrea Alciato, el Hipnerotomacchia Poliphili de Francesco Colonna y el Arcana arcanissima, hoc est hieroglyphica aegyptio-graeca de Michael Maier. Para Calasso, algunos de estos libros constituyen verdaderos «osarios del simbolismo». (2)

La razón de este pesimismo parece residir quizá no tanto en el hecho de que luego del desciframiento de la lengua egipcia por el francés Champollion la fantasía en torno a los jeroglíficos careciera de rigor científico, sino en el tránsito del rico mundo de los símbolos, visto como un lenguaje mudo o lenguaje de ideas, al  mundo de los emblemas entendiendo a este proceso como el de la «progresiva devaluación de la imagen y, paralelamente, de su proliferación ciega». (3)

Conviene a este respecto citar textualmente a Calasso: «Las imágenes ya no se reconocen por lo que son -o sea, potencias inagotables por parte del discurso- sino que se pretende, al contrario, traducirlas directamente y sin residuo en un discurso particular, más bien pobre de términos, rígido y someramente formalizado, como es el lenguaje de las máximas morales humanísticas. Por ese motivo la desproporción y el rechinido entre imagen y palabra. Quien abra un libro de emblemas teniendo abierto el ojo de la imaginatio vera queda impactado inmediatamente por la fuerza y la riqueza de significado de ciertas imágenes. Pasando a la lectura del texto, se tiene una impresión de azoramiento, de siniestro equívoco. Parece que a la imagen se le han borrado todos sus caracteres, salvo el detalle a menudo banal que sirve como pretexto al lema, es decir que cada uno de sus caracteres traduce una palabra del texto, lo que conduce al mismo efecto. "El lector decepcionado, al no encontrar sino lugares comunes revestidos con un atuendo transparente, empieza a preguntarse, sin mayor razón, qué presunción colocó  semejantes nimiedades bajo la tutela de la Esfinge"». (4)
 

Más adelante agrega, para rematar la idea: «Este arsenal de imágenes servirá para alimentar en los siglos sucesivos, y hasta el día de hoy, esas muy diversas invenciones que son clasificadas en la ambigua categoría de lo fantástico. Como dice Hello: "En una palabra: lo fantástico es una parodia del simbolismo."» (5)


Ahora bien, si se entiende que la moderna francmasonería constituye una concreción tardía del humanismo renacentista (y nada parece haber que demuestre sólidamente lo contrario) cabe preguntarse si en la misma existe un orbe simbólico devaluado en emblemas que se traduzcan en máximas morales humanísticas. O lo que es lo mismo: ¿es la Francmasonería moderna una parodia del simbolismo?

Para dar respuesta a este interrogante conviene ir adentrándonos en tierras masónicas lentamente, pues un paso en falso nos puede conducir a conclusiones aún más extraordinarias que el fantástico mundo que muchos imaginan de la orden. Así, en primer lugar, circunscribimos el tema a lo relacionado con la masonería simbólica estructurada en sus grados de Aprendiz, Compañero y Maestro. La masonería de los Altos Grados o Filosófica, merece una serie de consideraciones y precisiones que nos alejaría demasiado del tema central que queremos abordar en este modesto post.

En segundo lugar, merece destacarse el hecho que bajo el término «símbolo» la francmasonería compendia una serie de representaciones ideográficas en general que incluyen no sólo símbolos, sino signos, alegorías, emblemas, leyendas, etc. Por lo que quien decida incursionar metódicamente en la densa selva ideológica de la Orden (6) deberá tener siempre en claro y con la mayor precisión posible cuándo se está frente a un símbolo estrictamente hablando o bien frente a un símbolo genérico, cuando no frente a una representación que, de acuerdo a un determinado contexto ritualístico, pueda encajar en ambas categorías.

Finalmente, y para agregar algo más de complejidad a la cuestión, la combinación de estos elementos ideográficos se entrecruzan durante un proceso litúrgico de carácter discursivo y progresivo, de acuerdo al grado simbólico correspondiente.

Bajo estas consideraciones, urge clarificar la cuestión planteada. El proceso puede redundar en un avance en el conocimiento real de la orden francmasónica y sin duda constituir un pequeño aporte para preservar la seriedad de una institución asaz valiosa para el humanismo del S. XXI, siempre amenazada por interpretaciones que se erigen como un reflejo simiesco de su verdadera naturaleza bajo la pompa de una parafernalia desvirtuada, de un carnaval grotesco, de un humanismo de cotillón.



1- Calasso, Roberto, «Los Jeroglíficos de Sir Thomas Browne», trad. de Valerio Negri Previo, Juan Carlos Rodriguez Aguilar, México, FCE, 2010, Cap. III, «Hieroglyphice Loqui», pág. 52 y ss.- 
2-Op. cit., pág. 69.-
3- Idem, pág. 67.-
4-Idem.- 
5-Idem, pág. 69.-
6-Densidad variable según el barroquismo del Rito o tradición a la que sus grados simbólicos adscriben.




lunes, 23 de mayo de 2016

UNA PEQUEÑA DIGRESIÓN EN TORNO A OVIDIO Y EL ARQUITECTO DEL MUNDO



Dedicado a los actuales inquisidores de conciencias, extra et intra Ordine.


     En el Capítulo II del Libro I de Las Metamorfosis de Ovidio (1), que versa sobre la separación de los elementos que pone fin al caos existente en los orígenes del mundo, puede leerse textualmente:

"No permitió el arquitecto del mundo que los vientos poseyeran por completo el dominio del aire; ahora apenas se les puede contener para que no destrocen el mundo, tan grande es la discordia entre los hermanos, y eso que cada uno gobierna a su antojo en una corriente diversa." (2)


En él puede apreciarse la adjetivación de la fuerza divina en razón de su papel de racional ordenador del caos y, en tal sentido, puede constituir una de los tantas piezas de la arqueología masónica de aquel polémico símbolo cifrado como Gran Arquitecto del Universo. Desentrañar esa posible genética es uno de los objetivos del presente post. El otro, más lateral pero decididamente axiológico, quiere indagar su alcance práctico.

La inveterada costumbre de comparar por tamaños puede indicarnos una diferencia de magnitudes entre "mundo" y "universo", pero tal imputación, más digna de un análisis freudiano que de rigor mitológico, puede superarse fácilmente en razón de que la creación del mundo y del universo constituyen un mismo proceso dentro de la dinámica creadora. Ovidio así lo deja traslucir al comienzo de su obra: 

 "Antes que el mar, la tierra y el cielo, que lo cubre todo, en la totalidad del universo aparecía un único aspecto de la naturaleza ..." (3)



El mundo aparece así como lo opuesto al "Chaos" originario, y como única referencia del "Cosmos". Por lo tanto, la adjetivación de "arquitecto del mundo" tiene funcionalmente la misma fuerza denotativa que "arquitecto del universo". 

 La segunda objeción que puede hacerse está basada en la traducción de la expresión latina original "fabricator mundi" (4). El sustantivo "fabrica" en latín designa tanto al arte, la obra del artista, como a la arquitectura. Por lo que "fabricator" puede traducirse  válidamente como "causante", "creador", "artífice" o "arquitecto". Aunque es dable pensar que si Ovidio hubiera pensado estrictamente en la divinidad como en un arquitecto, le habría designado con el preciso término latino "architectus" sin arriesgar en demasía la métrica del poema. 

En sentido estricto,  no nos encontramos ante un antecedente directo del símbolo masónico conocido como Gran Arquitecto del Universo si atendemos a la literalidad. Sin embargo, cabe preguntarse si esta analogía entre creación y arte, entre causa y arquitectura, entre Creador y Artífice/Arquitecto no fue consolidando su abigüedad durante el renacimiento platónico, mediante la reelaboración de la idea de Demiurgo del Timeo, hasta desembocar en el pensamiento de Juan  Calvino, antecedente obligado de la expresión "Gran Arquitecto del Universo", y por lo tanto fuente directa del Pastor James Anderson que en 1723 la volcó en sus Constituciones. (5) 



Pero lo que, quizá, sí puede acercar el pensamiento de Ovidio al pensamiento latitudinario de la francmasonería moderna sean aquellos versos con que, siguiendo la versión en prosa citada, comienza el apartado referido a la separación de los elementos:

"Un dios y una naturaleza en progreso ponen fin a esta lucha..."

El traductor de la versión que seguimos, en sus notas aclaratorias afirma que "Ovidio se abstiene de decir cuál es ese Dios y si él lo identifica con la naturaleza (lo que parece indicar con el singular que emplea en el verbo); es para evitar discusiones con los filósofos." (6)

Es decir que, en el caso que nos ocupa, este notable poeta se sirve de la expresión simbólica de la divinidad sin dotarla de una personalidad determinada, eludiendo de este modo discusiones insolubles, y al sólo efecto de que la misma cumpla su rol dentro de la explicación mitológica que constituye el leitmotiv de sus versos. Y quizá sea éste uno de los posibles roles que en masonería deba cumplir la figura simbólica del Gran Arquitecto del Universo, adscrito a la serie de mitos que trabaja la Orden, fundamentalmente simbólica, en sus distintos grados. Bien entendida esta función podrá preservarse a la institución masónica libre de elementos dogmáticos, proselitistas e intolerantes, podrá dar cabida a todas las creencias y pensamientos, y a su vez poner un límite cierto a cualquier "estúpido ateo" que no entienda su verdadero espíritu, para poder de ese modo erigirse en un verdadero Centro de Unión de Hombres.









(1) Sigo en este sentido la versión en prosa castellana, con traducción de Vicente Lopez Soto, de la Editorial Juventud, Barcelona, 2002.-
(2) Idem, pág. 15.-
(3) Idem, vv 5 y ss.
(4) "His quoque non passim mundi fabricator habendum
aera permisit; vix nunc obsistitur illis,
cum sua quisque regat diverso flamina tractu,
quin lanient mundum; tanta est discordia fratrum.", vv 57-60. Vid. http://www.thelatinlibrary.com/ovid/ovid.met1.shtml
(5) Esta evolución de la idea platonica del Demiurgo encontró cimientos cristianos en textos bíblicos, vg.  Epistola a los Hebreos, 11, 10: "La ciudad, cuyo arquitecto y constructor es Dios..." hasta desembocar en Tratados de Arquitectura, como el de Philibert de L´Orme: "...vu que ce grand architecte de l´univers, Dieu tout puissant...", vid. L´Architecture, cit. por Pottié, Phillipe, Philibert de L´Orme, figures de la penseé constructive, Editions Parentheses, 1996.-
(6) Vid. op. cit., pág. 335.-

martes, 19 de enero de 2016

Kabbalah y Arte Real - Una interpretación posible de la idea de rectitud en la Francmasonería. -

A la memoria de mi Querido Hermano Carlos Enrique Fourmont Kappelmeier.

     Ciertamente la influencia de aquella corriente mística y filosófica hebrea conocida como Kabbalah es motivo de discrepancias respecto de su papel en la francmasonería moderna, sobre todo para quienes sostienen, con justos argumentos, que la misma es una institución creada por y durante la Ilustración europea, ajena a fuentes cabalistas y esotéricas que solo a posteriori se filtraron en su imaginería ritual y simbólica.

     Sin embargo, y a riesgo de perfilar una bobería más, intuyo una base filosófica de raíz cabalista que es muy dable que pueda haber influenciado de un modo más o menos directo una cierta concepción masónica de la naturaleza del mundo, del hombre y del derecho. 

     Esta intuición es tributaria en gran medida a la lectura paciente de la sintética pero profunda introducción del primer volumen de la versión traducida, explicada y comentada de El Zohar publicado por Ediciones Obelisco en 2014.


     Así las cosas, conviene realizar una exposición sintética del pensamiento referido. En primer lugar, cabe indicar la concepción judaica de la Divinidad cuya voluntad absoluta es imposible conocer dado que sólo nos es posible conocer su voluntad particular, es decir, solo la que atañe a la voluntad del Creador respecto del Hombre. Esto es así desde que toda voluntad se autolimita cuando tiene que alcanzar un fin específico, y es dable esperar que la voluntad divina se haya autolimitado a un fin propuesto vinculado a la perfección del Hombre. Y al Hombre le corresponde indagar sobre esta voluntad limitada, y sólo sobre ella dado que en este punto se sigue aquella prohibición que reza: "No investigues lo que sobrepasa tu capacidad".

     Ahora bien, esta voluntad simple, particular, se revela en la creación:

"...la creación del mundo es una revelación de la Voluntad del Creador, es decir, que a través de la creación del mundo se revela que hubo una voluntad precedente de crearlo. 
No podemos sacar ninguna conclusión sobre la capacidad divina basándonos en Su Creación. Más aún: si creemos que la capacidad divina y Su voluntad son infinitas, nada Le impediría crear otro mundo, mejor aún y más perfecto. Pero si a pesar de todo El creo el mundo tal como es, se debe a que limitó Su voluntad en función de Su objetivo. Vemos así que Dios limitó Su voluntad y conformo el mundo no de acuerdo a Sus facultades sino que Se impuso una autolimitación con el objeto de crear el mundo acorde a Su propósito". (1)

     Luego se agrega: "Es decir, el Eterno creó un mundo limitado a través de Su voluntad limitada o sefirot (...) El Eterno quiso crear un mundo carente y defectuoso para que los seres humanos, dotados de libre albedrío, corrijan su imperfección a través del servicio al Creador. Si hubiese creado el mundo de acuerdo con Su magnitud y omnipotencia, el mismo seria perfecto y no cabría lugar para el trabajo espiritual del hombre. En otras palabras, El Creador reveló sólo Su voluntad y Su capacidad limitadas." (2)

     Como se ve, esta particular cosmovisión nos presenta una concepción sobre la naturaleza que bien podría escandalizar a Green Peace. El cristianismo, a través de San Buenaventura y basado en el profeta Ezequiel, dirá que Dios escribió dos libros: el volumen de las Sagradas Escrituras y el de la Naturaleza. Pero en el pensamiento cabalista, el mundo ha sido creado de un modo imperfecto, no obstante poder encontrar en él las huellas del Creador. Indagar en la Naturaleza implica desentrañar esa voluntad divina; seguir las huellas de la Naturaleza a través de su estudio nos conducirá finalmente a desentrañar aquella sabiduría que nos hará retornar a la fuente, al origen.  Y esto no sería posible sino a través de aquellos destellos de luz que se producen en nuestra mente, cuyo recipiente es el alma. Es este trabajo espiritual el que nos indica el camino de retorno, en tanto que es la rectificación de la naturaleza la que nos permitirá lograr el objetivo. Conocimiento y rectificación de la Naturaleza parece ser la consigna.


     Pero quiero detenerme particularmente en el verbo "corregir". La idea de "rectitud" se encuentra presente tanto en el verbo "corregir", como en "directo", "derecho", "regla", "regio", "rey", "reino"; en tanto que "norma" es la expresión latina de la escuadra que sirve para determinar la rectitud de un determinado plano o cuerpo. De lo que se sigue que "normar", "regular", "reinar", "regir", "rectificar", "conforme a derecho", etc, constituyen términos y expresiones intrínsecamente vinculados.

     No obstante, el verbo "corregir" implica una colaboración, una asistencia, una pluralidad de esfuerzos, tanto desde un punto de vista vertical, a través de la revelación "in natura" y de la luz divina del entendimiento, como en un sentido horizontal a través del esfuerzo mancomunado de las fuerzas del hombre. En esto parece radicar el sentido "espiritual" de los trabajos humanos, y quizá a esta idea le sean tributarias las nociones de trabajos masónicos, uno de cuyos símbolos de rectitud por antonomasia es la escuadra.


     De aquí que corresponda reexaminar la noción de Hombre como Rey de la Creación, y hacer una relectura de su animus dominandi, de aquel intento de someter a la naturaleza y arrancarle sus secretos para someterla, que fue la constante a partir de la modernidad y, particularmente, a partir de las revoluciones industriales, cuyos excesos han motivado hasta críticas actuales del papado, aun alejadas de esta perspectiva y no menos polémicas.

     Es claro que una visión filosófica prescindente de la idea de divinidad y creación puede deslegitimar esta perspectiva. No obstante, la noción de IDEA (que es de la esencia misma de la masonería en tanto matriz conceptual de abstracciones basadas en representaciones ideográficas) cuya apoteosis puede simbolizarse en la idea del Gran Arquitecto del Universo, pueda cumplir un fin análogo. Id est, una idea de justicia al modo de Arquetipo, de fuente a la cual remitirse para ordenar y regular los actos propios de la vida social, al menos. Al fin y al cabo: Arquetipo y Arquitecto comparten la misma raíz etimológica.


     Si la Kabbalah ha sido una corriente que, junto a la filosofía Hermética y a ciertas corrientes alquímicas, han contribuido a la formación de un clima espiritual que posiblemente haya encontrado asidero en la masonería moderna (aunque no exclusivamente) es materia que aún requiere mayor estudio y profundización. Pero la llamativa coincidencia, aunque de por si no puede probar en absoluto, nos remite a un trasfondo común que trasluce, al menos, las mismas inquietudes del espíritu humano y una igual búsqueda de justicia y del sentido de la vida misma. El Arte Real, quizá, se vea completado a partir de esta interpretación que, si no se encuentra entre los fundamentos históricos de su génesis, al menos le enriquece en no poca medida y justifique sus intromisión histórica en el complejo entramado simbólico y rituálico de la francmasonería.

     Muy probablemente en ese sentido la Francmasonería haya sido más o menos eficaz al erigirse como un centro de unión de corrientes religiosas, filosóficas y políticas diversas pero que, en un clima de tolerancia, igualdad y libertad, haya servido para el encuentro de estas coincidencias; y precisamente en esta búsqueda cultivar la amistad y cifrar así la felicidad del género humano, que es al parecer aquello en lo que consiste su idea de la emancipación progresiva del hombre.

     Y, honestamente, no encuentro mejor modo de transcurrir este sueño, este camino de retorno. 






(1) El Zohar, Traducido, explicado y comentado, Vol. I, Ediciones Obelisco, Barcelona, 2014, pág. 14.-
(2) Op. cit., pág. 15.-

martes, 27 de octubre de 2015

Una exégesis luterana, a propósito de la Biblia como Volumen de la Ley Sagrada



Próximo a cumplirse un nuevo aniversario del comienzo de la Reforma Protestante, las Iglesias Luteranas han ubicado como texto para el momento ritual de la Celebración de la Palabra (id est, de la lectura de los Evangelios) un texto que, por su fuerte contenido, lleva a replantearnos el simbolismo del Volúmen de la Ley Sagrada en aquellos Ritos Masónicos que, como el Escocés Antiguo y Aceptado, lo ubican dentro de sus Grandes Luces (particularmente en aquellas obediencias partidarias de un dogmatismo cristiano más acendrado). 


Robert Macoy dirá que el Libro de la Ley Sagrada constituye parte obligada del mobiliario de cada Logia, y que no es en absoluto obligatorio que se trate del Volumen del Antiguo y el Nuevo Testamento, sino de aquel libro en donde, de acuerdo a la religión de cada país, se encuentre manifestada la voluntad del Gran Arquitecto del Universo (Vid. Macoy, Robert, Illustred History and Ciclopedya of Freemasonry, New York, 1908, voz: Landmark, pág. 220). Es claro que la visión de Macoy responde a una particular visión de la masonería, pero no es menos cierto que dicha visión gobierna hoy gran parte de la visión masónica de la regularidad tributaria a la Gran Logia Unida de Inglaterra y afines.  Y aunque no viene a cuento en este post remitirnos a la historicidad del Volumen de la Ley Sagrada dentro de los ritos masónicos, si resulta propicio enlazarla con un texto fundamental contenido en el Nuevo Testamento a los fines de analizar si, como manifestación de la Voluntad del Gran Arquitecto del Universo, no encierra un verdadero dilema entre Fe y Ley, al menos como hipótesis.


Transcribo el texto en cuestión, a la espera de que la conciencia de aquel masón atento pueda sacar sus propias conclusiones y, eventualmente, realizar aportes al respecto. Valga como dato que, bien visto y atento a la proliferación de ciertos fanatismos religiosos en el mundo, el replanteamiento de la cuestión nos llevará, más allá de una comprensión histórica de las ideas de la Reforma Luterana, a hacer una lectura de la realidad mundial actual y del valor del laicismo frente al integrismo religioso. En cualquier caso, el resultado será no menos que provechoso.

Carta a los Romanos, 3
19. Pero sabemos que todo lo que dice la Escritura está dicho para el mismo pueblo que recibió la Ley. Que todos, pues, se callen y el mundo entero se reconozca culpable ante Dios.
20. Porque en base a la observancia de la Ley no será justificado ningún mortal ante Dios. El fruto de la Ley es otro: nos hace conscientes del pecado.
21. Ahora se nos ha revelado cómo Dios nos reordena y hace justos sin hablar de la Ley; pero ya lo daban a entender la Ley y los profetas.
22. Mediante la fe según Jesucristo Dios reordena y hace justos a todos los que llegan a la fe. No hay distinción de personas,
23. pues todos pecaron y están faltos de la gloria de Dios.
24. Pero todos son reformados y hechos justos gratuitamente y por pura bondad, mediante la redención realizada en Cristo Jesús.
25. Dios lo puso como la víctima cuya sangre nos consigue el perdón, y esto es obra de fe. Así demuestra Dios cómo nos hace justos, perdonando los pecados del pasado
26. que había soportado en aquel tiempo; y demuestra también cómo nos reforma en el tiempo presente: él, que es justo, nos hace justos y santos por la fe propia de Jesús.
27. Y ahora, ¿dónde están nuestros méritos? Fueron echados fuera. ¿Quién los echó? ¿La Ley que pedía obras? No, otra ley, que es la fe. Nosotros decimos esto: la persona es reformada y hecha justa por la fe, y no por el cumplimiento de la Ley.


sábado, 29 de agosto de 2015

Los fines de la Masoneria, a la Memoria de un Notable Maestro Masón.

   

     Hace ya varios años que, por intermedio de los Hermanos Victor Guerra y Joaquim Villalta, me fue dado conocer virtualmente al Muy Querido Hermano Saúl Apolinaire, inolvidable Maestro Masón que hace poco más de un año decora el Oriente Eterno. Su desinteresado afán por el estudio serio y metódico de los fundamentos históricos, filosóficos y rituálicos de la francmasonería era tan grande como su modestia, austeridad y generosidad. De esta última virtud puedo dar fe personalmente, puesto que promediando el año 2012 tuve el enorme placer de encontrarme con una encomienda dirigida hacia mi persona que contenía debidamente fotocopiados y encuadernados el "Manual de los Masones Libres de los Tres Grados Simbólicos Rito Escoces Antiguo y Aceptado", en su Edición Oficial de 1874 de la Gran Secretaría General de la Orden (Buenos Aires), y la "Historia, Apuntes, Fines y Objeto de la Masonería", obra póstuma del Querido Hermano Salvador Ingenieros, publicado en 1929 pero cuya fecha de redacción data de 1905 según nos informa el anónimo editor. 

     En la contracara de una de las páginas primeras de esta última obra se encuentra, a modo de epígrafe, el siguiente mandato:

"Enseñad, propagad la Francmasonería y habeis hecho por la humanidad más que el conjunto de todos los legisladores" - Desetangs


     Releo el mandato, pero ciertamente no creo que mis fuerzas tengan tan altos alcances, por lo que lo que sigue solo vale como un modesto homenaje a la Memoria de mi Querido Hermano Saúl Apolinaire, autor del Blog "LA IMPRENTA DE BENJAMIN", quien tuvo por la Orden Francmasónica un compromiso tan grande como coherencia con sus principios y enseñanzas. 

     En este orden de ideas, juzgo oportuno transcribir un manuscrito del Hermano Salvador Ingenieros en donde se detalla el "Objeto de la Masonería", manuscrito que se acompaña escaneado de las fotocopias que generosamente me brindara el Querido Hermano Apolinaire.





Objeto de la Masonería

     Es la Masonería una institución universal cuyos orígenes remontan á las primeros siglos, pues antes de que naciera Cristo existía, llamándose sus miembros Esenios.
Desde esa época, a pesar de las persecuciones de los déspotas y de los tiranos, ha vivido en la sombra y en el misterio conspirando siempre por la libertad de los pueblos.

     Para ella no hay Argentinos, Franceses, Ingleses, Italianos, Chinos, Rusos, Persianos; para ella hay hombres. Para ella no hay Católicos, Israelitas, Ateos, Cristianos, Escépticos; para ella hay hombres. Para ella no hay Conservadores, Realistas, Republicanos, Socialistas, Progresistas, Anarquistas; para ella hay hombres. Abraza á todos en un mismo afecto y dá a todos el mismo beso fraternal, porque su bandera tiene un tema tan nombre como generoso: "Libertad, Igualdad, Fraternidad."

     La Mas.·. considera á todos como hermanos, ricos y pobres, nobles y plebeyos. Está por encima de todas las luchas de partidos, por encima de todas las creencias religiosas; quiere  solamente: honradez de principios, virtud ejemplar, corazones generosos, sentimientos nobles y mentes en las cuales predomine la razón.

     Aborrece y manda aborrecer el vicio bajo cualquier aspecto; aborrece y detesta las supersticiones, al perjuicio y el error contra los cuales lucha. Su única meta es el buen del pueblo procurado con el trabajo constante y ordenado, y con la propaganda velante y privada de represalias que á nada conducen.

     Conspiró cuando el despotismo y la ignorancia eran amos del mundo: ahora vigila el progreso para que, victorioso sobre las ruinas de las coronas y de las tiaras, no se detenga en su camino.

     Tiene muchos enemigos: la concordia y la estrecha unión de los HHer.·. no bastan para romper sus filas; se necesita la completa emancipación del pensamiento y la conciencia de las supersticiones y perjuicios del mundo profano.

     Obtenido esto, los enemigos de la verdad caerán en el lodo para no levantase más, y la Mas.·. habrá obtenido su objeto.

.·.

     La Masonería es sobre todo una institución filantrópica, y tiene coo principal objeto el aliviar las miserias de la humanidad que sufre.

     Desde su fundación ha dado ejemplo al mundo entero de que la caridad es un precepto que nunca debe olvidarse y practicando en gran escala la beneficencia, ha conseguido mitigar los terribles efectos de la miseria y de la probreza.

     Por ésto es obligatorio al final de los trabajos pasar un tronco de beneficencia, cuyo producto se destina para socorrer a los indigentes y a los desheredados por la fortuna.

     El Mas.·. tiene el deber de socorrer á sus HHer.·. cuando estos lo requieran y siempre debe estar dispuesto moral y materialmente á prestarle su ayuda en mayor ó menor grado según sus fuerzas.
Nunca deberá negar lo que sus fuerzas le permiten dar; y allí le tenéis fundando asilos para los huérfanos, escuelas para los niños é institutos de beneficencia, en los cuales recibe siempre la bendición de sus semejantes como única recompensa de sus esfuerzos.

.·.

     El rol social de la Masonería se halla bien definido en su lema:

Libertad, Igualdad, Fraternidad.

  Sostenemos la Libertad y con esto queremos significar que nosotros luchamos para que desaparezcan de la faz de la tierra déspotas y tiranos; para que no exista una casta dominadora y una casta dominada; para que, en fin, todos los hombres se hallen libres de obrar y pensar como mejor les parezca y todos sean iguales ante la ley y ante la sociedad.

     La Igualdad es el segundo de nuestros principios: No deben subsistir esas distinciones de nobles y plebeyos, de aristócratas y demócratas; todos deben ser igual, gozar de los mismos derechos, tener los mismos privilegios y cumplir con los mismos deberes.

     La Fraternidad nos indica que debemos amarnos mutuamente, protejer al desgraciado y buscar en la igualdad ese amor que bien ha sido designado con el título de Fraternidad.

.·.




miércoles, 1 de abril de 2015

EL DEBER: KANT Y MASONERIA.


Existe una costumbre extendida que considera que los requisitos para ingresar a la Orden Francmasónica han de consistir en ser hombre libre y de buenas costumbres. Y dejando de lado la obvia pero persistente cuestión de que hombre, en tanto expresión de la especie humana comprende tanto al varón como a la mujer, el resto de las exigencias podrían traducirse en la evangélica cuestión de ser uno de buena voluntad. Y esto no debería escandalizar ni a los cristianos que ven en la Masonería al mismo Anticristo, ni a los masones que, bajo un pseudo positivismo, quieren a la Orden lo más depurada posible de todo rastro cristiano. La verdad es que, mal que le pese a ambos bandos, la Francmasonería tiene una carga genética cristiana que, si bien no la condiciona dogmáticamente, al menos la explica en su historia real, lejos de las fantasías intra y extra muros. 

            Sin embargo, el cristianismo ha tenido vertientes racionalistas nada despreciables y que han contribuido en no poca medida a poner orden entre el Trono y el Altar, y por lo tanto en diseñar sociedades modernas con valores morales comunes entre ciudadanos con distintas opciones religiosas, étnicas, políticas, sexuales, etc.

            La Masonería ha de considerarse, en este orden de cosas, como uno de esos fenómenos propiciatorios de la moderna sociedad occidental (hoy amenazada por integrismos variopintos). La función de las logias de ser “Centro de Unión” (que no de Unidad) entre miembros de diversa extracción da cuenta de la gravitación que estos pequeños modelos de sociedades han tenido en la formación de la tolerancia moderna en las republicas democráticas de occidente.

            Y la posibilidad de esta convergencia moral ha residido, sin duda, en la búsqueda de un común denominador en la convivencia humana expresado en el ideal evangélico de una paz prometida a los hombres de buena voluntad[1].


            Ahora bien, todo esto sería flaca retórica si no tratáramos de esbozar un contenido racional a esa buena voluntad que hizo posible estas sociedades democráticas y modernas. Y en este sentido, tratar de hallar este contenido racional en Kant sigue siendo, además de imprescindible, de una actualidad manifiesta cuando no de un gran atractivo masónico.

            En este sentido, lo que sigue no resulta más que una breve reseña de la exposición que Kant hiciera sobre la buena voluntad y el deber en su Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres.[2]

            Refiere Kant que el fin de la razón es fundar una buena voluntad. Este argumento teleológico (así lo llama José Mardomingo) indica que la presencia en el hombre de la razón práctica confirma que la noción de buena voluntad, lejos de ser fantástica, esta solidamente fundada: si cada facultad que nos proporciona la naturaleza es la mas adecuada para alcanzar su fin respectivo, el de la razón práctica no puede ser fomentar y guiar la satisfacción de todas nuestras necesidades, pues para esa tarea no solo es mucho menos útil que el instinto, sino incluso nociva y contraproducente. El cometido propio de la razón práctica ha de ser más bien dar origen a una voluntad buena en sí misma, no como medio para satisfacer nuestras inclinaciones.

            Y la buena voluntad, al estar contenida en la noción de deber, indica la primera diferencia con las inclinaciones e intereses, puesto que las acciones dotadas de contenido moral pueden ser aun contrarias a nuestras inclinaciones e intereses. Los ejemplos de acciones con contenido moral que refiere Kant son relevantes:

1)      Quien conserva su vida no por gustar de ella, sino también cuando le es tan ardua y dolorosa que desearía morir, esta obrando por deber, y no por inclinación, y por tanto la máxima de su acción tiene contenido moral.
2)      Cuando alguien ayuda a sus semejantes no movido por un cálculo de intereses, ni tampoco por una inclinación a la benevolencia o por una bondad temperamental, de las que carece, sino impulsado exclusivamente por la idea de deber: el carácter de esa persona es sin duda moralmente valioso.
3)      Quien cumple el deber de cuidar su salud, incluso en unas circunstancias en las que si siguiese a sus inclinaciones sacrificaría la salud a un disfrute inmediato, no actúa movido por la inclinación a la felicidad, sino por el deber, y su proceder posee verdadero valor moral.


Todo esto constituye la primera proposición: HACER EL BIEN POR DEBER, NO POR INCLINACION NI INTERES.

            El valor moral de nuestras acciones tampoco parece residir en el efecto que nos propongamos producir con ellas. Y grafica esta idea con el caso del filántropo que obra por un placer interior de difundir la alegría a su alrededor, o por honra o aun por compasión. Ninguno de estos casos contiene valor moral, ya que solo lo tiene si hace el bien, no por inclinación, sino por deber. Ser benéfico cuando se puede es un deber.

Así queda elaborada una segunda proposición: EL VALOR MORAL DE UNA ACCION RESIDE EN SU MAXIMA, NO EN SU PROPOSITO.

            Ahora bien, la máxima es el principio subjetivo del querer en tanto que el principio objetivo (esto es, aquel que serviría de principio practico también subjetivamente a todos los seres racionales si la razón tuviera pleno poder sobre la facultad de desear) es la ley práctica.

            Es así que llegamos a la tercera proposición, como consecuencia de las anteriores, EL DEBER ES LA NECESIDAD DE UNA ACCION POR RESPETO POR LA LEY, aun con quebranto de todas mis inclinaciones.


            Ahora bien, dejemos por unos instantes a Kant y veamos qué relación tiene todo esto con la francmasonería. Los ingresados en la Orden no tardarán en rememorar que la base de su juramento masónico radica en el deber mismo, y esto mismo debería despejar a los detractores de la masonería de las supercherías que giran en torno al juramento masónico puesto que en sentido estricto el mismo versa sobre la relación entre la conciencia de quien jura sus deberes y el respeto que la misma le prodiga. En términos kantianos la determinación inmediata de la voluntad por la ley y la consciencia de esa determinación se llama respeto, de modo que este es considerado como efecto de la ley sobre el sujeto y no como causa de la misma. Agrega Kant: propiamente es el respeto la representación de un valor que hace quebranto a mi amor propio.  

            La rememoración de ese juramento a través de gestos guturales no será más que la expresión simbólica de ese respeto, y no ha de tener otro fin, ni aun como saludo ni otros garabatos de protocolo que pululan en las obediencias de un modo irreflexivo y que constituyen a todas luces un excesivo rigor formal.

            Pero será fundamentalmente en el comienzo de los trabajos masónicos en donde esta noción de deber se hace palpable y actuaría como disparador de la consciencia de los masones a su contenido genuino.

            El comienzo de todos los rituales simbólicos, aun en sus tres grados, alude en forma de dialogo platónico a la verificación del cumplimiento de deberes específicos. Será el cumplimiento de estos deberes el que permitirá corroborar la calidad de los miembros y si se hallan en número suficiente para cumplir sus funciones, los que junto a la comprobación horaria, permitirá la apertura de los trabajos masónicos. Y si bien una lectura ligera pudiera ver en esto solamente una formalidad organizativa, no cabe duda que la preponderancia del sentido profundo del deber presente en la apertura de los trabajos masónicos excede la pura formalidad y remonta a los masones a un estremecimiento de sus conciencias individuales. O al menos así debería serlo.

            Y de ser así se contribuiría en no poca manera a alcanzar aquel mandato evangélico de amar al prójimo: ese amor ha de ser práctico –esto es por deber- y no patológico o dependiente de la inclinación, dirá textualmente Kant.

            Esta visión kantiana del deber, acorde con la austeridad pietista y con un compromiso universal con la unión de los hombres a través de un racionalismo bien entendido entronca con el sentido genuino de la ritualidad masónica que, en sus orígenes, fue también austera en su simbolismo y profundamente filosófica,  y cuya desvirtuación ha llevado a la proliferación caricaturesca de fotos de miembros de la Orden por las redes sociales en las cuales se hace ostentación de medallas y parafernalias masónicas. Si se quisiera establecer una relación entre el secreto masónico y la noción de deber se podría corroborar ciertamente que la misma responde más bien a esta noción kantiana de austeridad en el cumplimiento del deber por el deber mismo antes que en una membresía  por inclinación, interés u honra.

            A veces me pregunto… ¿y si el Libro de la Ley Masónica fuera la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres?















[1] Lucas 2:14.
[2] Seguimos a este respecto, la edición bilingüe de Ed. Ariel, con estudio preliminar y traducción de José Mardomingo.