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A diferencia de otros blogs, aquí raramente se encuentran trabajos concluidos. En su mayoría están en un lento pero constante proceso de construcción, pues es intención mía la de ir intercambiando con los posibles lectores diversos puntos de vista a los efectos de ir construyendo los trabajos con una dialéctica progresiva. El tiempo dirá sobre la efectividad de este método.

lunes, 23 de mayo de 2016

UNA PEQUEÑA DIGRESIÓN EN TORNO A OVIDIO Y EL ARQUITECTO DEL MUNDO



Dedicado a los actuales inquisidores de conciencias, extra et intra Ordine.


     En el Capítulo II del Libro I de Las Metamorfosis de Ovidio (1), que versa sobre la separación de los elementos que pone fin al caos existente en los orígenes del mundo, puede leerse textualmente:

"No permitió el arquitecto del mundo que los vientos poseyeran por completo el dominio del aire; ahora apenas se les puede contener para que no destrocen el mundo, tan grande es la discordia entre los hermanos, y eso que cada uno gobierna a su antojo en una corriente diversa." (2)


En él puede apreciarse la adjetivación de la fuerza divina en razón de su papel de racional ordenador del caos y, en tal sentido, puede constituir una de los tantas piezas de la arqueología masónica de aquel polémico símbolo cifrado como Gran Arquitecto del Universo. Desentrañar esa posible genética es uno de los objetivos del presente post. El otro, más lateral pero decididamente axiológico, quiere indagar su alcance práctico.

La inveterada costumbre de comparar por tamaños puede indicarnos una diferencia de magnitudes entre "mundo" y "universo", pero tal imputación, más digna de un análisis freudiano que de rigor mitológico, puede superarse fácilmente en razón de que la creación del mundo y del universo constituyen un mismo proceso dentro de la dinámica creadora. Ovidio así lo deja traslucir al comienzo de su obra: 

 "Antes que el mar, la tierra y el cielo, que lo cubre todo, en la totalidad del universo aparecía un único aspecto de la naturaleza ..." (3)



El mundo aparece así como lo opuesto al "Chaos" originario, y como única referencia del "Cosmos". Por lo tanto, la adjetivación de "arquitecto del mundo" tiene funcionalmente la misma fuerza denotativa que "arquitecto del universo". 

 La segunda objeción que puede hacerse está basada en la traducción de la expresión latina original "fabricator mundi" (4). El sustantivo "fabrica" en latín designa tanto al arte, la obra del artista, como a la arquitectura. Por lo que "fabricator" puede traducirse  válidamente como "causante", "creador", "artífice" o "arquitecto". Aunque es dable pensar que si Ovidio hubiera pensado estrictamente en la divinidad como en un arquitecto, le habría designado con el preciso término latino "architectus" sin arriesgar en demasía la métrica del poema. 

En sentido estricto,  no nos encontramos ante un antecedente directo del símbolo masónico conocido como Gran Arquitecto del Universo si atendemos a la literalidad. Sin embargo, cabe preguntarse si esta analogía entre creación y arte, entre causa y arquitectura, entre Creador y Artífice/Arquitecto no fue consolidando su abigüedad durante el renacimiento platónico, mediante la reelaboración de la idea de Demiurgo del Timeo, hasta desembocar en el pensamiento de Juan  Calvino, antecedente obligado de la expresión "Gran Arquitecto del Universo", y por lo tanto fuente directa del Pastor James Anderson que en 1723 la volcó en sus Constituciones. (5) 



Pero lo que, quizá, sí puede acercar el pensamiento de Ovidio al pensamiento latitudinario de la francmasonería moderna sean aquellos versos con que, siguiendo la versión en prosa citada, comienza el apartado referido a la separación de los elementos:

"Un dios y una naturaleza en progreso ponen fin a esta lucha..."

El traductor de la versión que seguimos, en sus notas aclaratorias afirma que "Ovidio se abstiene de decir cuál es ese Dios y si él lo identifica con la naturaleza (lo que parece indicar con el singular que emplea en el verbo); es para evitar discusiones con los filósofos." (6)

Es decir que, en el caso que nos ocupa, este notable poeta se sirve de la expresión simbólica de la divinidad sin dotarla de una personalidad determinada, eludiendo de este modo discusiones insolubles, y al sólo efecto de que la misma cumpla su rol dentro de la explicación mitológica que constituye el leitmotiv de sus versos. Y quizá sea éste uno de los posibles roles que en masonería deba cumplir la figura simbólica del Gran Arquitecto del Universo, adscrito a la serie de mitos que trabaja la Orden, fundamentalmente simbólica, en sus distintos grados. Bien entendida esta función podrá preservarse a la institución masónica libre de elementos dogmáticos, proselitistas e intolerantes, podrá dar cabida a todas las creencias y pensamientos, y a su vez poner un límite cierto a cualquier "estúpido ateo" que no entienda su verdadero espíritu, para poder de ese modo erigirse en un verdadero Centro de Unión de Hombres.









(1) Sigo en este sentido la versión en prosa castellana, con traducción de Vicente Lopez Soto, de la Editorial Juventud, Barcelona, 2002.-
(2) Idem, pág. 15.-
(3) Idem, vv 5 y ss.
(4) "His quoque non passim mundi fabricator habendum
aera permisit; vix nunc obsistitur illis,
cum sua quisque regat diverso flamina tractu,
quin lanient mundum; tanta est discordia fratrum.", vv 57-60. Vid. http://www.thelatinlibrary.com/ovid/ovid.met1.shtml
(5) Esta evolución de la idea platonica del Demiurgo encontró cimientos cristianos en textos bíblicos, vg.  Epistola a los Hebreos, 11, 10: "La ciudad, cuyo arquitecto y constructor es Dios..." hasta desembocar en Tratados de Arquitectura, como el de Philibert de L´Orme: "...vu que ce grand architecte de l´univers, Dieu tout puissant...", vid. L´Architecture, cit. por Pottié, Phillipe, Philibert de L´Orme, figures de la penseé constructive, Editions Parentheses, 1996.-
(6) Vid. op. cit., pág. 335.-

martes, 19 de enero de 2016

Kabbalah y Arte Real - Una interpretación posible de la idea de rectitud en la Francmasonería. -

A la memoria de mi Querido Hermano Carlos Enrique Fourmont Kappelmeier.

     Ciertamente la influencia de aquella corriente mística y filosófica hebrea conocida como Kabbalah es motivo de discrepancias respecto de su papel en la francmasonería moderna, sobre todo para quienes sostienen, con justos argumentos, que la misma es una institución creada por y durante la Ilustración europea, ajena a fuentes cabalistas y esotéricas que solo a posteriori se filtraron en su imaginería ritual y simbólica.

     Sin embargo, y a riesgo de perfilar una bobería más, intuyo una base filosófica de raíz cabalista que es muy dable que pueda haber influenciado de un modo más o menos directo una cierta concepción masónica de la naturaleza del mundo, del hombre y del derecho. 

     Esta intuición es tributaria en gran medida a la lectura paciente de la sintética pero profunda introducción del primer volumen de la versión traducida, explicada y comentada de El Zohar publicado por Ediciones Obelisco en 2014.


     Así las cosas, conviene realizar una exposición sintética del pensamiento referido. En primer lugar, cabe indicar la concepción judaica de la Divinidad cuya voluntad absoluta es imposible conocer dado que sólo nos es posible conocer su voluntad particular, es decir, solo la que atañe a la voluntad del Creador respecto del Hombre. Esto es así desde que toda voluntad se autolimita cuando tiene que alcanzar un fin específico, y es dable esperar que la voluntad divina se haya autolimitado a un fin propuesto vinculado a la perfección del Hombre. Y al Hombre le corresponde indagar sobre esta voluntad limitada, y sólo sobre ella dado que en este punto se sigue aquella prohibición que reza: "No investigues lo que sobrepasa tu capacidad".

     Ahora bien, esta voluntad simple, particular, se revela en la creación:

"...la creación del mundo es una revelación de la Voluntad del Creador, es decir, que a través de la creación del mundo se revela que hubo una voluntad precedente de crearlo. 
No podemos sacar ninguna conclusión sobre la capacidad divina basándonos en Su Creación. Más aún: si creemos que la capacidad divina y Su voluntad son infinitas, nada Le impediría crear otro mundo, mejor aún y más perfecto. Pero si a pesar de todo El creo el mundo tal como es, se debe a que limitó Su voluntad en función de Su objetivo. Vemos así que Dios limitó Su voluntad y conformo el mundo no de acuerdo a Sus facultades sino que Se impuso una autolimitación con el objeto de crear el mundo acorde a Su propósito". (1)

     Luego se agrega: "Es decir, el Eterno creó un mundo limitado a través de Su voluntad limitada o sefirot (...) El Eterno quiso crear un mundo carente y defectuoso para que los seres humanos, dotados de libre albedrío, corrijan su imperfección a través del servicio al Creador. Si hubiese creado el mundo de acuerdo con Su magnitud y omnipotencia, el mismo seria perfecto y no cabría lugar para el trabajo espiritual del hombre. En otras palabras, El Creador reveló sólo Su voluntad y Su capacidad limitadas." (2)

     Como se ve, esta particular cosmovisión nos presenta una concepción sobre la naturaleza que bien podría escandalizar a Green Peace. El cristianismo, a través de San Buenaventura y basado en el profeta Ezequiel, dirá que Dios escribió dos libros: el volumen de las Sagradas Escrituras y el de la Naturaleza. Pero en el pensamiento cabalista, el mundo ha sido creado de un modo imperfecto, no obstante poder encontrar en él las huellas del Creador. Indagar en la Naturaleza implica desentrañar esa voluntad divina; seguir las huellas de la Naturaleza a través de su estudio nos conducirá finalmente a desentrañar aquella sabiduría que nos hará retornar a la fuente, al origen.  Y esto no sería posible sino a través de aquellos destellos de luz que se producen en nuestra mente, cuyo recipiente es el alma. Es este trabajo espiritual el que nos indica el camino de retorno, en tanto que es la rectificación de la naturaleza la que nos permitirá lograr el objetivo. Conocimiento y rectificación de la Naturaleza parece ser la consigna.


     Pero quiero detenerme particularmente en el verbo "corregir". La idea de "rectitud" se encuentra presente tanto en el verbo "corregir", como en "directo", "derecho", "regla", "regio", "rey", "reino"; en tanto que "norma" es la expresión latina de la escuadra que sirve para determinar la rectitud de un determinado plano o cuerpo. De lo que se sigue que "normar", "regular", "reinar", "regir", "rectificar", "conforme a derecho", etc, constituyen términos y expresiones intrínsecamente vinculados.

     No obstante, el verbo "corregir" implica una colaboración, una asistencia, una pluralidad de esfuerzos, tanto desde un punto de vista vertical, a través de la revelación "in natura" y de la luz divina del entendimiento, como en un sentido horizontal a través del esfuerzo mancomunado de las fuerzas del hombre. En esto parece radicar el sentido "espiritual" de los trabajos humanos, y quizá a esta idea le sean tributarias las nociones de trabajos masónicos, uno de cuyos símbolos de rectitud por antonomasia es la escuadra.


     De aquí que corresponda reexaminar la noción de Hombre como Rey de la Creación, y hacer una relectura de su animus dominandi, de aquel intento de someter a la naturaleza y arrancarle sus secretos para someterla, que fue la constante a partir de la modernidad y, particularmente, a partir de las revoluciones industriales, cuyos excesos han motivado hasta críticas actuales del papado, aun alejadas de esta perspectiva y no menos polémicas.

     Es claro que una visión filosófica prescindente de la idea de divinidad y creación puede deslegitimar esta perspectiva. No obstante, la noción de IDEA (que es de la esencia misma de la masonería en tanto matriz conceptual de abstracciones basadas en representaciones ideográficas) cuya apoteosis puede simbolizarse en la idea del Gran Arquitecto del Universo, pueda cumplir un fin análogo. Id est, una idea de justicia al modo de Arquetipo, de fuente a la cual remitirse para ordenar y regular los actos propios de la vida social, al menos. Al fin y al cabo: Arquetipo y Arquitecto comparten la misma raíz etimológica.


     Si la Kabbalah ha sido una corriente que, junto a la filosofía Hermética y a ciertas corrientes alquímicas, han contribuido a la formación de un clima espiritual que posiblemente haya encontrado asidero en la masonería moderna (aunque no exclusivamente) es materia que aún requiere mayor estudio y profundización. Pero la llamativa coincidencia, aunque de por si no puede probar en absoluto, nos remite a un trasfondo común que trasluce, al menos, las mismas inquietudes del espíritu humano y una igual búsqueda de justicia y del sentido de la vida misma. El Arte Real, quizá, se vea completado a partir de esta interpretación que, si no se encuentra entre los fundamentos históricos de su génesis, al menos le enriquece en no poca medida y justifique sus intromisión histórica en el complejo entramado simbólico y rituálico de la francmasonería.

     Muy probablemente en ese sentido la Francmasonería haya sido más o menos eficaz al erigirse como un centro de unión de corrientes religiosas, filosóficas y políticas diversas pero que, en un clima de tolerancia, igualdad y libertad, haya servido para el encuentro de estas coincidencias; y precisamente en esta búsqueda cultivar la amistad y cifrar así la felicidad del género humano, que es al parecer aquello en lo que consiste su idea de la emancipación progresiva del hombre.

     Y, honestamente, no encuentro mejor modo de transcurrir este sueño, este camino de retorno. 






(1) El Zohar, Traducido, explicado y comentado, Vol. I, Ediciones Obelisco, Barcelona, 2014, pág. 14.-
(2) Op. cit., pág. 15.-

martes, 27 de octubre de 2015

Una exégesis luterana, a propósito de la Biblia como Volumen de la Ley Sagrada



Próximo a cumplirse un nuevo aniversario del comienzo de la Reforma Protestante, las Iglesias Luteranas han ubicado como texto para el momento ritual de la Celebración de la Palabra (id est, de la lectura de los Evangelios) un texto que, por su fuerte contenido, lleva a replantearnos el simbolismo del Volúmen de la Ley Sagrada en aquellos Ritos Masónicos que, como el Escocés Antiguo y Aceptado, lo ubican dentro de sus Grandes Luces (particularmente en aquellas obediencias partidarias de un dogmatismo cristiano más acendrado). 


Robert Macoy dirá que el Libro de la Ley Sagrada constituye parte obligada del mobiliario de cada Logia, y que no es en absoluto obligatorio que se trate del Volumen del Antiguo y el Nuevo Testamento, sino de aquel libro en donde, de acuerdo a la religión de cada país, se encuentre manifestada la voluntad del Gran Arquitecto del Universo (Vid. Macoy, Robert, Illustred History and Ciclopedya of Freemasonry, New York, 1908, voz: Landmark, pág. 220). Es claro que la visión de Macoy responde a una particular visión de la masonería, pero no es menos cierto que dicha visión gobierna hoy gran parte de la visión masónica de la regularidad tributaria a la Gran Logia Unida de Inglaterra y afines.  Y aunque no viene a cuento en este post remitirnos a la historicidad del Volumen de la Ley Sagrada dentro de los ritos masónicos, si resulta propicio enlazarla con un texto fundamental contenido en el Nuevo Testamento a los fines de analizar si, como manifestación de la Voluntad del Gran Arquitecto del Universo, no encierra un verdadero dilema entre Fe y Ley, al menos como hipótesis.


Transcribo el texto en cuestión, a la espera de que la conciencia de aquel masón atento pueda sacar sus propias conclusiones y, eventualmente, realizar aportes al respecto. Valga como dato que, bien visto y atento a la proliferación de ciertos fanatismos religiosos en el mundo, el replanteamiento de la cuestión nos llevará, más allá de una comprensión histórica de las ideas de la Reforma Luterana, a hacer una lectura de la realidad mundial actual y del valor del laicismo frente al integrismo religioso. En cualquier caso, el resultado será no menos que provechoso.

Carta a los Romanos, 3
19. Pero sabemos que todo lo que dice la Escritura está dicho para el mismo pueblo que recibió la Ley. Que todos, pues, se callen y el mundo entero se reconozca culpable ante Dios.
20. Porque en base a la observancia de la Ley no será justificado ningún mortal ante Dios. El fruto de la Ley es otro: nos hace conscientes del pecado.
21. Ahora se nos ha revelado cómo Dios nos reordena y hace justos sin hablar de la Ley; pero ya lo daban a entender la Ley y los profetas.
22. Mediante la fe según Jesucristo Dios reordena y hace justos a todos los que llegan a la fe. No hay distinción de personas,
23. pues todos pecaron y están faltos de la gloria de Dios.
24. Pero todos son reformados y hechos justos gratuitamente y por pura bondad, mediante la redención realizada en Cristo Jesús.
25. Dios lo puso como la víctima cuya sangre nos consigue el perdón, y esto es obra de fe. Así demuestra Dios cómo nos hace justos, perdonando los pecados del pasado
26. que había soportado en aquel tiempo; y demuestra también cómo nos reforma en el tiempo presente: él, que es justo, nos hace justos y santos por la fe propia de Jesús.
27. Y ahora, ¿dónde están nuestros méritos? Fueron echados fuera. ¿Quién los echó? ¿La Ley que pedía obras? No, otra ley, que es la fe. Nosotros decimos esto: la persona es reformada y hecha justa por la fe, y no por el cumplimiento de la Ley.


sábado, 29 de agosto de 2015

Los fines de la Masoneria, a la Memoria de un Notable Maestro Masón.

   

     Hace ya varios años que, por intermedio de los Hermanos Victor Guerra y Joaquim Villalta, me fue dado conocer virtualmente al Muy Querido Hermano Saúl Apolinaire, inolvidable Maestro Masón que hace poco más de un año decora el Oriente Eterno. Su desinteresado afán por el estudio serio y metódico de los fundamentos históricos, filosóficos y rituálicos de la francmasonería era tan grande como su modestia, austeridad y generosidad. De esta última virtud puedo dar fe personalmente, puesto que promediando el año 2012 tuve el enorme placer de encontrarme con una encomienda dirigida hacia mi persona que contenía debidamente fotocopiados y encuadernados el "Manual de los Masones Libres de los Tres Grados Simbólicos Rito Escoces Antiguo y Aceptado", en su Edición Oficial de 1874 de la Gran Secretaría General de la Orden (Buenos Aires), y la "Historia, Apuntes, Fines y Objeto de la Masonería", obra póstuma del Querido Hermano Salvador Ingenieros, publicado en 1929 pero cuya fecha de redacción data de 1905 según nos informa el anónimo editor. 

     En la contracara de una de las páginas primeras de esta última obra se encuentra, a modo de epígrafe, el siguiente mandato:

"Enseñad, propagad la Francmasonería y habeis hecho por la humanidad más que el conjunto de todos los legisladores" - Desetangs


     Releo el mandato, pero ciertamente no creo que mis fuerzas tengan tan altos alcances, por lo que lo que sigue solo vale como un modesto homenaje a la Memoria de mi Querido Hermano Saúl Apolinaire, autor del Blog "LA IMPRENTA DE BENJAMIN", quien tuvo por la Orden Francmasónica un compromiso tan grande como coherencia con sus principios y enseñanzas. 

     En este orden de ideas, juzgo oportuno transcribir un manuscrito del Hermano Salvador Ingenieros en donde se detalla el "Objeto de la Masonería", manuscrito que se acompaña escaneado de las fotocopias que generosamente me brindara el Querido Hermano Apolinaire.





Objeto de la Masonería

     Es la Masonería una institución universal cuyos orígenes remontan á las primeros siglos, pues antes de que naciera Cristo existía, llamándose sus miembros Esenios.
Desde esa época, a pesar de las persecuciones de los déspotas y de los tiranos, ha vivido en la sombra y en el misterio conspirando siempre por la libertad de los pueblos.

     Para ella no hay Argentinos, Franceses, Ingleses, Italianos, Chinos, Rusos, Persianos; para ella hay hombres. Para ella no hay Católicos, Israelitas, Ateos, Cristianos, Escépticos; para ella hay hombres. Para ella no hay Conservadores, Realistas, Republicanos, Socialistas, Progresistas, Anarquistas; para ella hay hombres. Abraza á todos en un mismo afecto y dá a todos el mismo beso fraternal, porque su bandera tiene un tema tan nombre como generoso: "Libertad, Igualdad, Fraternidad."

     La Mas.·. considera á todos como hermanos, ricos y pobres, nobles y plebeyos. Está por encima de todas las luchas de partidos, por encima de todas las creencias religiosas; quiere  solamente: honradez de principios, virtud ejemplar, corazones generosos, sentimientos nobles y mentes en las cuales predomine la razón.

     Aborrece y manda aborrecer el vicio bajo cualquier aspecto; aborrece y detesta las supersticiones, al perjuicio y el error contra los cuales lucha. Su única meta es el buen del pueblo procurado con el trabajo constante y ordenado, y con la propaganda velante y privada de represalias que á nada conducen.

     Conspiró cuando el despotismo y la ignorancia eran amos del mundo: ahora vigila el progreso para que, victorioso sobre las ruinas de las coronas y de las tiaras, no se detenga en su camino.

     Tiene muchos enemigos: la concordia y la estrecha unión de los HHer.·. no bastan para romper sus filas; se necesita la completa emancipación del pensamiento y la conciencia de las supersticiones y perjuicios del mundo profano.

     Obtenido esto, los enemigos de la verdad caerán en el lodo para no levantase más, y la Mas.·. habrá obtenido su objeto.

.·.

     La Masonería es sobre todo una institución filantrópica, y tiene coo principal objeto el aliviar las miserias de la humanidad que sufre.

     Desde su fundación ha dado ejemplo al mundo entero de que la caridad es un precepto que nunca debe olvidarse y practicando en gran escala la beneficencia, ha conseguido mitigar los terribles efectos de la miseria y de la probreza.

     Por ésto es obligatorio al final de los trabajos pasar un tronco de beneficencia, cuyo producto se destina para socorrer a los indigentes y a los desheredados por la fortuna.

     El Mas.·. tiene el deber de socorrer á sus HHer.·. cuando estos lo requieran y siempre debe estar dispuesto moral y materialmente á prestarle su ayuda en mayor ó menor grado según sus fuerzas.
Nunca deberá negar lo que sus fuerzas le permiten dar; y allí le tenéis fundando asilos para los huérfanos, escuelas para los niños é institutos de beneficencia, en los cuales recibe siempre la bendición de sus semejantes como única recompensa de sus esfuerzos.

.·.

     El rol social de la Masonería se halla bien definido en su lema:

Libertad, Igualdad, Fraternidad.

  Sostenemos la Libertad y con esto queremos significar que nosotros luchamos para que desaparezcan de la faz de la tierra déspotas y tiranos; para que no exista una casta dominadora y una casta dominada; para que, en fin, todos los hombres se hallen libres de obrar y pensar como mejor les parezca y todos sean iguales ante la ley y ante la sociedad.

     La Igualdad es el segundo de nuestros principios: No deben subsistir esas distinciones de nobles y plebeyos, de aristócratas y demócratas; todos deben ser igual, gozar de los mismos derechos, tener los mismos privilegios y cumplir con los mismos deberes.

     La Fraternidad nos indica que debemos amarnos mutuamente, protejer al desgraciado y buscar en la igualdad ese amor que bien ha sido designado con el título de Fraternidad.

.·.




miércoles, 1 de abril de 2015

EL DEBER: KANT Y MASONERIA.


Existe una costumbre extendida que considera que los requisitos para ingresar a la Orden Francmasónica han de consistir en ser hombre libre y de buenas costumbres. Y dejando de lado la obvia pero persistente cuestión de que hombre, en tanto expresión de la especie humana comprende tanto al varón como a la mujer, el resto de las exigencias podrían traducirse en la evangélica cuestión de ser uno de buena voluntad. Y esto no debería escandalizar ni a los cristianos que ven en la Masonería al mismo Anticristo, ni a los masones que, bajo un pseudo positivismo, quieren a la Orden lo más depurada posible de todo rastro cristiano. La verdad es que, mal que le pese a ambos bandos, la Francmasonería tiene una carga genética cristiana que, si bien no la condiciona dogmáticamente, al menos la explica en su historia real, lejos de las fantasías intra y extra muros. 

            Sin embargo, el cristianismo ha tenido vertientes racionalistas nada despreciables y que han contribuido en no poca medida a poner orden entre el Trono y el Altar, y por lo tanto en diseñar sociedades modernas con valores morales comunes entre ciudadanos con distintas opciones religiosas, étnicas, políticas, sexuales, etc.

            La Masonería ha de considerarse, en este orden de cosas, como uno de esos fenómenos propiciatorios de la moderna sociedad occidental (hoy amenazada por integrismos variopintos). La función de las logias de ser “Centro de Unión” (que no de Unidad) entre miembros de diversa extracción da cuenta de la gravitación que estos pequeños modelos de sociedades han tenido en la formación de la tolerancia moderna en las republicas democráticas de occidente.

            Y la posibilidad de esta convergencia moral ha residido, sin duda, en la búsqueda de un común denominador en la convivencia humana expresado en el ideal evangélico de una paz prometida a los hombres de buena voluntad[1].


            Ahora bien, todo esto sería flaca retórica si no tratáramos de esbozar un contenido racional a esa buena voluntad que hizo posible estas sociedades democráticas y modernas. Y en este sentido, tratar de hallar este contenido racional en Kant sigue siendo, además de imprescindible, de una actualidad manifiesta cuando no de un gran atractivo masónico.

            En este sentido, lo que sigue no resulta más que una breve reseña de la exposición que Kant hiciera sobre la buena voluntad y el deber en su Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres.[2]

            Refiere Kant que el fin de la razón es fundar una buena voluntad. Este argumento teleológico (así lo llama José Mardomingo) indica que la presencia en el hombre de la razón práctica confirma que la noción de buena voluntad, lejos de ser fantástica, esta solidamente fundada: si cada facultad que nos proporciona la naturaleza es la mas adecuada para alcanzar su fin respectivo, el de la razón práctica no puede ser fomentar y guiar la satisfacción de todas nuestras necesidades, pues para esa tarea no solo es mucho menos útil que el instinto, sino incluso nociva y contraproducente. El cometido propio de la razón práctica ha de ser más bien dar origen a una voluntad buena en sí misma, no como medio para satisfacer nuestras inclinaciones.

            Y la buena voluntad, al estar contenida en la noción de deber, indica la primera diferencia con las inclinaciones e intereses, puesto que las acciones dotadas de contenido moral pueden ser aun contrarias a nuestras inclinaciones e intereses. Los ejemplos de acciones con contenido moral que refiere Kant son relevantes:

1)      Quien conserva su vida no por gustar de ella, sino también cuando le es tan ardua y dolorosa que desearía morir, esta obrando por deber, y no por inclinación, y por tanto la máxima de su acción tiene contenido moral.
2)      Cuando alguien ayuda a sus semejantes no movido por un cálculo de intereses, ni tampoco por una inclinación a la benevolencia o por una bondad temperamental, de las que carece, sino impulsado exclusivamente por la idea de deber: el carácter de esa persona es sin duda moralmente valioso.
3)      Quien cumple el deber de cuidar su salud, incluso en unas circunstancias en las que si siguiese a sus inclinaciones sacrificaría la salud a un disfrute inmediato, no actúa movido por la inclinación a la felicidad, sino por el deber, y su proceder posee verdadero valor moral.


Todo esto constituye la primera proposición: HACER EL BIEN POR DEBER, NO POR INCLINACION NI INTERES.

            El valor moral de nuestras acciones tampoco parece residir en el efecto que nos propongamos producir con ellas. Y grafica esta idea con el caso del filántropo que obra por un placer interior de difundir la alegría a su alrededor, o por honra o aun por compasión. Ninguno de estos casos contiene valor moral, ya que solo lo tiene si hace el bien, no por inclinación, sino por deber. Ser benéfico cuando se puede es un deber.

Así queda elaborada una segunda proposición: EL VALOR MORAL DE UNA ACCION RESIDE EN SU MAXIMA, NO EN SU PROPOSITO.

            Ahora bien, la máxima es el principio subjetivo del querer en tanto que el principio objetivo (esto es, aquel que serviría de principio practico también subjetivamente a todos los seres racionales si la razón tuviera pleno poder sobre la facultad de desear) es la ley práctica.

            Es así que llegamos a la tercera proposición, como consecuencia de las anteriores, EL DEBER ES LA NECESIDAD DE UNA ACCION POR RESPETO POR LA LEY, aun con quebranto de todas mis inclinaciones.


            Ahora bien, dejemos por unos instantes a Kant y veamos qué relación tiene todo esto con la francmasonería. Los ingresados en la Orden no tardarán en rememorar que la base de su juramento masónico radica en el deber mismo, y esto mismo debería despejar a los detractores de la masonería de las supercherías que giran en torno al juramento masónico puesto que en sentido estricto el mismo versa sobre la relación entre la conciencia de quien jura sus deberes y el respeto que la misma le prodiga. En términos kantianos la determinación inmediata de la voluntad por la ley y la consciencia de esa determinación se llama respeto, de modo que este es considerado como efecto de la ley sobre el sujeto y no como causa de la misma. Agrega Kant: propiamente es el respeto la representación de un valor que hace quebranto a mi amor propio.  

            La rememoración de ese juramento a través de gestos guturales no será más que la expresión simbólica de ese respeto, y no ha de tener otro fin, ni aun como saludo ni otros garabatos de protocolo que pululan en las obediencias de un modo irreflexivo y que constituyen a todas luces un excesivo rigor formal.

            Pero será fundamentalmente en el comienzo de los trabajos masónicos en donde esta noción de deber se hace palpable y actuaría como disparador de la consciencia de los masones a su contenido genuino.

            El comienzo de todos los rituales simbólicos, aun en sus tres grados, alude en forma de dialogo platónico a la verificación del cumplimiento de deberes específicos. Será el cumplimiento de estos deberes el que permitirá corroborar la calidad de los miembros y si se hallan en número suficiente para cumplir sus funciones, los que junto a la comprobación horaria, permitirá la apertura de los trabajos masónicos. Y si bien una lectura ligera pudiera ver en esto solamente una formalidad organizativa, no cabe duda que la preponderancia del sentido profundo del deber presente en la apertura de los trabajos masónicos excede la pura formalidad y remonta a los masones a un estremecimiento de sus conciencias individuales. O al menos así debería serlo.

            Y de ser así se contribuiría en no poca manera a alcanzar aquel mandato evangélico de amar al prójimo: ese amor ha de ser práctico –esto es por deber- y no patológico o dependiente de la inclinación, dirá textualmente Kant.

            Esta visión kantiana del deber, acorde con la austeridad pietista y con un compromiso universal con la unión de los hombres a través de un racionalismo bien entendido entronca con el sentido genuino de la ritualidad masónica que, en sus orígenes, fue también austera en su simbolismo y profundamente filosófica,  y cuya desvirtuación ha llevado a la proliferación caricaturesca de fotos de miembros de la Orden por las redes sociales en las cuales se hace ostentación de medallas y parafernalias masónicas. Si se quisiera establecer una relación entre el secreto masónico y la noción de deber se podría corroborar ciertamente que la misma responde más bien a esta noción kantiana de austeridad en el cumplimiento del deber por el deber mismo antes que en una membresía  por inclinación, interés u honra.

            A veces me pregunto… ¿y si el Libro de la Ley Masónica fuera la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres?















[1] Lucas 2:14.
[2] Seguimos a este respecto, la edición bilingüe de Ed. Ariel, con estudio preliminar y traducción de José Mardomingo. 

lunes, 1 de diciembre de 2014

Platón y Masonería: de los opuestos al necesario retorno a una masonería mítica.




Seria innecesario referir a estas alturas mi predilección por el Fedón de entre los diálogos platónicos. Y quizá sea por ello que su relectura me depara momentos gratos de grave reflexión. En muchos casos esta reflexión me remite a tópicos de la francmasoneria, sea porque ésta tiene una genética platónica por excelencia, sea porque la versatilidad  simbólica de la masonería así lo permite. Cualquiera sea el caso, hoy quiero detenerme en este significativo párrafo:


“¡Qué extraño, amigos, suele ser eso que los hombres denominan ‘placentero’! Cuán sorprendentemente está dispuesto frente a lo que parece ser su contrario, lo doloroso, por el no querer presentarse al ser humano los dos a la vez; pero si uno persigue a uno de los dos y lo alcanza, siempre está obligado, en cierto modo, a tomar también el otro, como si ambos estuvieran ligados en una sola cabeza. Y me parece, dijo, que si Esopo lo hubiera advertido, habría compuesto una fábula de como la divinidad, que quería separar a ambos contendientes, después de que no lo consiguió, les empalmo en un mismo ser, y por ese motivo al que obtiene el uno, le acompaña el otro también a continuación.”[i]


Del mismo extraigo dos tópicos masónicos que juzgo relevantes. El primero de ellos remite a la teoría de la armonía de los contrarios, constante en el pensamiento griego y que aquí encuentra una concreción platónica. En otro post de este blog me he detenido a analizar la relación de los opuestos con el ternario masónico, por lo que me remito a lo allí expuesto[ii]. No obstante, esta referencia platónica de dos contrarios unidos en una misma cabeza, o dos seres empalmados en uno, constituye una imagen que el simbolismo humanista no tardara en hacer proliferar en una iconografía profusa, y en la que la masonería abrevará hasta tomar como símbolos propios ideografías de viejo cuño pero inspiradas en esta perenne filosofía griega, platónica por demás.



El segundo tópico, se desprende necesariamente del anterior. Quiero decir que es tal la fuerza de la imagen que Platón pone en boca de Sócrates, que éste se ve impelido a referir que el mismo Esopo habría compuesto una fábula sobre la misma. Y es acá mismo en donde la vinculación con la francmasonería cobra un vigor que puede pasar desapercibido si se vive el Arte de un modo acrítico y sin ahondar en sus raíces filosóficas. 

La masonería se encuentra vertebrada en un conjunto de símbolos que se articulan progresivamente en emblemas que trasuntan un relato mítico, de un modo deontológicamente graduado. Los ritos son varios y variopintos, conforme a una mayor o menor ideología religiosa, esotérica (a veces en el más triste de sus sentidos) o pragmática, pero siempre su columna vertebral (es decir, su sentido más genuino) ha de pasar por un relato dotado de un contenido moral. Las nociones entre símbolo, signo, señal, parábola, metáfora, fábula, analogía, etc., serán distinciones precisadas y profundizadas a partir del renacimiento con un esmero muy fructífero, pero teniendo como antecedente obligado esta necesidad de representar ideográficamente valores a los que no se puede acceder sino a partir de una seria actitud filosófica ante la vida.  La masonería, hija tardía de aquellas sociedades cristianas del renacimiento que pretendían una regeneración humana global en base a modelos sociales idealizados, hará suyas estas inquietudes a través de una ideografía particular, tendientes a ilustrar un relato mítico en torno a la leyenda salomónico-hirámica. La nota distintiva de la francmasonería es que dotará a este relato mítico, simbólicamente ilustrado, de una representación escenográfica en ritos estructurados de un modo gradual y con un sentido deontológico basado en la catarsis griega. 

Pero a poco que un francmasón lea el texto platónico de marras, en donde aparece un Sócrates próximo a beber la cicuta enseñando que la filosofía no es otra cosa que una preparación para la muerte, y entre cuyas enseñanzas vitales se encuentra este fuerte llamado a la reflexión filosófica sobre los opuestos, no podrá dejar de sentir la proximidad con la ritualidad masónica, estructurada deontológicamente hacia una preparación para la muerte simbólica con un sentido de trascendencia. Solo que en el caso de la masonería, la necesidad de una fábula aparece ya elaborada con forma de mito: el mito salomónico-hirámico, en donde la muerte viene a coronar una sucesión de grados simbólicos y a elaborar un mito trascendental de resurgimiento como respuesta al horror vacui que la sola idea de muerte suscita. 

Pienso que si los francmasones recuperáramos el sentido de la reflexión sobre nuestros ritos poniendo énfasis en una visión mítica volveríamos a encausar a la orden en su finalidad filosófica, y dejaríamos atrás tantos desvaríos esotéricos y confusiones religiosas que son del todo ajeno al espíritu genuino del Arte. En este sentido, quizá sea imperioso retomar la lectura de Platón y dejar de lado tanta literatura fantasiosa que resta gravedad a la institución francmasónica. Más Platón y menos Dan Brown podría ser una buena receta.    

Y quizá, insistiendo sobre la idea de los opuestos, sea esta crisis de perspectiva la que nos lleve seguidamente a la otra, a la filosófica, y pasen de ser las logias clubes sociales centrados en sus pequeñas intrigas internas, a verdaderas usinas de ideas que nos ayuden a los hombres a reencontrarnos con aquellos mitos que doten de sentido moral nuestro camino hacia la muerte, nuestro transito por esta vida.

Porque, parafraseando nuevamente a Sócrates, tal vez sea de lo más conveniente para quien es consciente de su viaje hacia la Nada ponerse a examinar y a relatar mitos acerca del viaje hacia ese lugar, de qué clase suponemos que es. “¿Pues qué otra cosa podría hacer uno en el tiempo que queda hasta la puesta del Sol?”[iii]






[i] Platón, Diálogos, III, Fedón, trad. y notas por Garcia Gual, Martinez Hernandez, Lledo Iñigo, Ed. Gredos, 1988, p. 31.-

domingo, 13 de abril de 2014

Del Símbolo a la Figura, a propósito de la Divina Comedia.


A mis Hermanos del Gran Oriente Federal de la República Argentina.


            La lectura de la Divina Comedia me remitió a algunas consideraciones de Ángel Crespo[1] que, en materia de simbolismo, me ha parecido importante apuntar en orden a la cabal interpretación del simbolismo masónico. Particularmente, he hallado una importante contribución al analizar, dentro de la metáfora, el papel de las “figuras’.
           
            Para este comentador de la Commedia dantesca existen cierto tipo de símbolos convencionales que, cuando están dotados de una personalidad histórica y no abstracta (aunque sin perder su carácter de convencionales), conforman un tipo especial de metáfora denominado “figura”. Tienen la particularidad de que, como dijimos, aun  convencionales, actúan en el marco literario dentro de un plano realista desde que reaccionan a las diferentes situaciones que se van presentando con comportamientos típicamente humanos, desde la ternura, la paciencia, la ira, la inquietud e incluso el miedo. Todavía más, su ubicación dentro del esquema dantesco depende únicamente de aquella virtud o defecto que le ha caracterizado en su realidad histórica, prescindiendo de otras connotaciones personales. Así se ubicara en el infernal Circulo de los Glotones a Ciacco dell’ Anguilliaia[2], conocido por su Gula, sin otra consideración a otras virtudes o defectos de su existencia real o legendaria (que seguro ha de haberlos tenidos). Y es que, como nos dice Crespo, “para ser figura de alguien o de algo basta con un acto o una circunstancia lo suficientemente claros como para que se pueda fundamentar esta especie de paralelismo.”

            Nada nos cuesta vincular estas figuras dantescas, en cuanto a su tratamiento, con lo que sucede habitualmente en materia de personajes de la vida histórica de nuestros países devenidos en próceres, sin consideración a sus defectos particulares, y que en muchos casos han sido objeto de diversas apoteosis, como la que se puede apreciar de George Washington en la cúpula de la Biblioteca del Senado en los Estados Unidos.


            Para el simbolismo masónico, la figura se inscribe dentro del proceso de formación pedagógica del mundo de representaciones ideográficas, que comienza con la consideración de los símbolos, para integrarlos luego en los emblemas y dotarlos finalmente de sentido vital en los mitos con que se cierra el corpus teórico de los grados simbólicos. Todo esto sea dicho sin ignorar que el mito se encuentra siempre presente en los grados simbólicos, de un modo sugerido por la leyenda salomónica. Esta sugerencia  puede observarse, verbigracia, en el escocismo, en donde la apertura del libro sagrado suele coincidir con la referencia de la leyenda salomónica de la construcción del Templo para los dos primeros grados para pasar finalmente a asimilarse de un modo expreso en el tercer grado con aquella parte de la leyenda que no se encuentra en el texto bíblico pero que sin duda trasluce esta especie de metamorfosis del símbolo y del emblema en un relato vivo. En adelante, la coexistencia de todos estos elementos integrados permitirán una descodificación más cabal del sentido moral del plexo valorativo masónico, pero siempre a partir de aquel factor que ha permitido el progreso racional de la especie: las representaciones ideográficas, que los masones denominamos, no sin cierta vaguedad, simbolismo.

            Esto, que pareciera constituir un atributo propio de la tradición masónica, ha pertenecido a un sin fin de asociaciones humanas, bien de carácter religioso o filosófico. No obstante, pocas instituciones lo han desarrollado de un modo tan sistemático como la francmasonería y este es un detalle que, no obstante, muchas veces es pasado por alto o no valorado en su justa medida. Sin aportar un dato nuevo, baste mi intención de actualizar en nuestra conciencia masónica el valor racional y pedagógico del método sistematizado por el simbolismo de la Orden.


            Para finalizar, y a modo de anécdota, Crespo refiere aquella vieja disputa entre quienes consideran que los Adeptos de Amor, misterioso grupo al que perteneció Dante Alighieri, constituían una sociedad secreta y esotérica o bien un simple grupo con coincidencias estilísticas sin segundas intensiones. El glosador se inclina, con cierto énfasis ideológico, por esta última alternativa pero sin negar que lo que caracterizaba a los Adeptos era su propensión a interpretar de un modo simbólico los relatos del Antiguo Testamento. La celebérrima carta de Dante al Cangrande Della Scala en la que explica el sentido de la Commedia constituye la apretada síntesis de este propósito, de la que la masonería se hará eco particularmente en el grado de Maestro y en el desarrollo ulterior de las leyendas de los altos grados a través del el uso (y abuso) de la figura como recurso metafórico. Por lo dicho, y a riesgo de ser poco original, no parece sobreabundante transcribir la parte relevante de aquella misiva dantesca:

“… el sentido de esta obra no es único, sino que puede llamársela polisémica, es decir, de muchos sentidos; en efecto, el primer sentido es el que procede de la letra, el otro es el que se obtiene del significado a través de la letra. Y el primero el llamado literal, y el segundo alegórico o moral o anagógico. Y puede examinarse esta manera de exponer, de modo que se vea mejor en estos versos: ‘Al salir Israel de Egipto, la casa de Jacob, de un pueblo bárbaro, se convirtió Judea en su santificación e Israel en su poder’ [Salmo 114 (115)]. Si miramos tan solo a la letra, nos es significada la salida de los hijos de Israel de Egipto en tiempos de Moisés; si a la alegoría, nos es significada nuestra redención realizada por Cristo: si al sentido moral, nos es significada la conversión del alma desde el luto y la miseria del pecado al estado de gracia; si al anagógico, es significada la salida del alma de esta corrupción a la libertad de la gloria eterna. Y aunque se haya dado varios nombres a estos sentidos místicos, se pueden llamar todos, en general, alegóricos, en cuanto son distintos del literal o histórico. En efecto, alegoría viene del griego ‘alleon’, que en latín se dice ‘alienum’ o ‘diversum’.”






[1] Sigo en este caso, el estudio preliminar de Ángel Crespo de la Divina Comedia publicada en las Obras completas editadas por Editorial Aguilar, 2004.
[2] Aunque no es del todo seguro que el Ciacco del infierno dantesco se trate del poeta en cuestión.