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A diferencia de otros blogs, aquí raramente se encuentran trabajos concluidos. En su mayoría están en un lento pero constante proceso de construcción, pues es intención mía la de ir intercambiando con los posibles lectores diversos puntos de vista a los efectos de ir construyendo los trabajos con una dialéctica progresiva. El tiempo dirá sobre la efectividad de este método.

sábado, 14 de enero de 2017

Un poco de fatiga, sólo eso.

     


      En el año 1973, Jorge Luis Borges participaba de una conferencia sobre literatura dirigida por Alvaro Galvez y Fuentes junto a Salvador Elizondo, Juan José Arreola, Germán Bleiberg y Adriano González León. En la misma, el notable escritor Juan José Arreola ponía en cuestión la excesiva publicación de libros, que ya no tenían por objeto el conocimiento sino el mero consumo. Borges acotaba al respecto la necesidad de reivindicar la tradición oral, anterior a toda literatura, por su valor intrínseco y no por su pretensión de masividad. Por decirlo de otro modo, se trataba de reivindicar la perennidad del valor propio de las ideas, a fin de evitar tener por valiosas cualquiera de ellas por el sólo hecho de estar publicadas. Es claro, en estos casos, que la publicación de las ideas se trata en todo caso de un accidente y el valor de las mismas no puede reducirse a una autoridad basada en su publicidad y pretensión de consumo y masividad. 

     Si esta crítica resultaba válida en aquellos años, casi medio siglo después cabe sumarle la complejidad de los medios actuales de difusión de ideas, basados en la informática, herramienta reducida a una democracia de redes sociales en donde contenidos dispares promueven una visión acrítica de la información y una banalización de las grandes ideas, reducidas en el mejor de los casos a frases aisladas y torpes publicadas en facebook como signo de sabiduría y escarapela de solvencia intelectual; a la consulta de la aberrante enciclopedia universal Wikipedia, experimento que sólo puede satisfacer más a la pereza instintiva que a un honesto apetito intelectual mínimamente serio; y a los grandes buscadores que promueven un ranking basado en la demanda pornocrática de visitas que garantiza mejores ingresos publicitarios en desmedro de la calidad racional y estética de ideas fecundas.

     Ante esta aparente democratización del conocimiento cabe rescatar aquel principio definitivo para sacudirnos el torpe relativismo que asumimos ya como etéreo: de la existencia de muchas ideas no se desprende que todas tengan igual valor. Después de todo, el éter no existe y con igual racionalidad habrá que insistir en que no existe el relativismo informático, sino ideas absurdas que quieren presumir de valiosas por su mera existencia en las redes. A estos ridículos extremos parece reducirse el conocimiento en estos días. Un simple apagón de electricidad durante medio día bastaría para enfrentarnos a nuestra realidad gnoseológica y despertarnos de nuestro sueño virtual.
      
     En este estado de cosas, la difusión cibernética de la francmasonería corre por iguales andariveles. Se trata infructuosamente de plantar bandera frente a tanta actitud acrítica de publicaciones banales sobre una institución cuya extensión geográfica no guarda relación con su calidad gnoseológica. Todo intento por plantear una visión racional, basada en criterios históricos, en una hermenéutica de contexto, con herramientas que rindan un mínimo de honor al desarrollo actual de los métodos de investigación naufraga en el océano relativista de supercherías mágico-religiosas y pseudo-filosofías vergonzantes. En el caso de la masonería hispanohablante, nunca ha estado más alejada su espiritualidad del rigor del método científico  que en estos años donde las discusiones más sobresalientes versan sobre estupideces templarias y «misterios» análogos, todo esto sazonado de una gramática lastimosa, de una retórica ausente cuando no de una oratoria vacua. 

      Tomemos por caso sólo dos notas distintivas de la francmasonería: su simbolismo y su ritualidad. 

    De la primera baste decir que se la sigue abordando con total prescindencia del desarrollo de la materia que ya incluso no puede tomarse sino como una extravagancia terminológica, habida cuenta de que las representaciones que pueblan la cosmovisión masónica tienen menos de simbolismo que de alegorías, emblemas, signos cuando no de relatos legendarios, míticos, etc. El abordaje del complejo orbe de representaciones ideográficas de la masonería desde una metodología basada, verbigracia, en la semiótica, que tanto esclarecería y dotaría de sentido a una masonería acorde a los desarrollos intelectuales de este milenio, es, en el mejor de los casos, una pretensión que puede acarrear el mote de «masonólogo» a quien lo perpetre; mote que, hasta el día de hoy, sigo sin entender sino como una elegante descalificación.

     Qué decir del abordaje de la rituálica, que en el mundo hispanohablante se practica de un modo abstruso, con ciertas notas totémicas y tribales, basados en una autoridad que se pierde en la ignorancia más que en el tiempo y que lejos de rendir defensas a un rito en particular trasunta, bajo una pretendida denominación, eclecticismos de otros ritos que desdibujan su claridad en honor a un culto mistérico tan irracional como el de aquella novela, «El Péndulo de Focault», con el que Umberto Eco se mofaba, no sin razón, de las sectas «iniciáticas». La búsqueda de la génesis rituálica de la masonería (de una búsqueda honesta, desideologizada y sin fanatismos de pertenencia ni condición de renuncia) es algo siempre sospechado de anarquismo cuando no motivo de anatemas varios dentro de las respectivas obediencias. 

     El resultado de este panorama se puede constatar fácilmente: la proliferación del «merchandising» masónico supera el de las editoriales de cierto rigor en la materia, a la par que las fotos en las redes sociales de sujetos vestidos con los más llamativos arreos y disfraces están a la orden del día, como signos de pertenencia a esperpénticos clubes sociales desvirtuados cuando no como publicidad de actividades oscurantistas ridículas.

     A veces me pregunto si la masonería no fue algo que ocurrió en el pasado, y que hoy no se trata más que de un vago recuerdo de que alguna vez otro modo de encarar la experiencia social fue posible, basado en una tolerancia que no resignaba la racionalidad sino que hacía de ella el instrumento meritorio que propiciaba la unión de los hombres sin otra distinción que ella misma. En definitiva, aquella masonería quizá tenía más de utópica que de ideológica. 

     Hoy, cuando las repúblicas parecen desvanecerse ante las democracias totalizantes, cuando las hordas fanáticas de todas las religiones reniegan en masa de la modernidad, cuando los localismos se reivindican frente al que tiene otros orígenes geográficos o ideológicos, siento que quise, como tantos, habitar la isla de Utopía aún consciente de la etimología de su nombre.

      Que use precisamente esta región del orbe cibernético para expresar esta aparente fatiga moral no puede sino tomarse como una incoherencia que, paradójicamente, ratifica el estado actual de las cosas. Pero es sólo apariencia. He cumplido los 40 y a estas alturas uno se vuelve ciertamente conservador respecto de ciertos hábitos. Se sigue, por el ejemplo de otros y porque, en el fondo, cierta actitud atávica que ya no sé si es esperanza u obstinación, constituye la electricidad de esta masa de nervios y carne. En esta materia, como en otras, pierde no quien se cansa sino quien desiste, aún cuando la empresa sea difícil o imposible. 

      Espero se me disculpe el tono quejumbroso y el abuso de cierta fe en la tolerancia de quien lee. Por lo mismo, un abrazo fraterno. 







lunes, 26 de diciembre de 2016

Ramón Lull y el simbolismo del Sello en Masonería: en busca de una racionalidad histórica y filosófica.



A los Queridos Hermanos Joaquín Villalta, Olga Vallejo Rueda y Víctor Guerra, 
y a la memoria del Querido Hermano Saúl Apolinaire.




     Una feliz sugerencia del Querido Hermano Joaquim Villalta me llevó a redescubrir un artículo del Querido Hermano Saúl Apolinaire relativo al símbolo rituálico del Sello. Este hecho, además de hacerme valorar los increíbles aportes que aún continúa haciendo el Hermano Apolinaire desde el Oriente Eterno a quienes seguimos en la búsqueda de los valores masónicos, me fue útil a los fines de vincular un posible origen filosófico sobre el símbolo del sello, más cercano al humanismo renacentista, que a la concepción pseudoreligiosa que, en el mejor de los casos, aún predomina sobre el mentado símbolo.

     El artículo del Hermano Apolinaire hace un repaso por antiguos rituales sobre la mención y uso simbólico del sello vinculándolo a cuestiones bíblicas que de este modo dotaban al sencillo acto de ingreso de un Hermano a una Logia (u recepción en otro grado) de una trascendencia que lo ubicaba en una línea de Tradición como elemento legitimador de la orden. 

Transcribo sus importantes conclusiones:

«Una primera conclusión, quizás algo apresurada, pero posible a la luz de la falta de otros elementos sería que la necesidad de dotar de una cierta trascendencia  a la sencilla operación de la recepción del aprendiz como "entrado" en logia, y queriendo dotarle de un corpus que les diera fuerza y respaldo en ese intento de ligar masonería y tradición  pues se dan diferentes acciones en función de que  aquellos masones de la segunda parte del siglo XVIII, mantenían muy vivas o no podían sustraerse a ellas, sus creencias cristianas o la leyenda de los orígenes caballerescos aún viva en el rito escocés con la consagración por la espada en el hombro del recipiendario.


Y el “ sellado” del hermano recién recibido o del ascendido, sería una transposición, una asimilación mejor dicho, de elementos de los ritos de ordenación de un sacerdote, en algún caso, casi transparente, reemplaza los oleos sagrados o el agua por el cemento, sobre ojos boca y oídos, que para mas detalle en alguna divulgación se dice que debían ser previamente lavados antes de ser recibido,  por los que se confiere al igual que en aquel caso una condición imborrable; en este la de masón.» (1)


    Como se ve, se sugiere que el símbolo ha sido tomado prestado de rituales vinculados al sacerdocio y al sello en cuestión como una especie de distintivo perenne de la cualidad de masón, extrapolado de su valor como sello sacramental en el alma de su portador. El vínculo religioso es, de ser así, innegable. No obstante lo cual, nos movemos dentro del terreno de las suposiciones y siempre dentro de un método comparativo que no satisface plenamente la fuerza probatoria requerida.

     Ciertamente, las ideas religiosas, cuando no vinculadas a la proliferación de órdenes caballerescas propias de las épocas de la Reforma y Contrarreforma, junto con esta ritualidad de tipo sacerdotal nos indican un posible vínculo, que pretende ubicar a la masonería, especie de orden tardía de la modernidad renacentista, dentro de una legitimidad proveniente de una tradición más imaginaria y mítica que real y documentada. Pero insisto, nos movemos siempre dentro de especulaciones comparativas.

     Pero ¿y si hubiera un fundamento de índole más filosófica que uno basado en una hipotética teoría del préstamo? ¿Si el simbolismo del sello nos remitiera más a una teoría del conocimiento y a una corriente ideológica precursora de la actual lógica simbólica que a una simple pretensión de legitimidad tradicional? 

      Quizá una punta de flecha en este sentido esté dado por este valioso texto de Ramón Lull, pensador que se inscribe dentro de toda una tradición ideológica precursora de la modernidad y cuya filosofía conviene repasar a los fines de notar una importancia no menor a estos fines:


«El sello que imprime las semejanzas de sus letras en la cera vierte su influencia en las semejanzas (similitudines influit) que no son e la esencia del sello. Pues el sello no pone nada de su esencia en la cera; pues las letras que están en el sello son de su esencia y no lo abandonan. De modo semejante, los signos y los planetas no transmiten a los cuerpos inferiores nada que sea sustancial o accidentalmente de sus propiedades y naturalezas esenciales; pero imprimen en ellos (o sea en los cuerpos inferiores) sus semeanzas que son las influencias que transmiten a los inferiores. Y esas influencias pasan de la potencia al acto desde las cualidades de las sustancias interiores, a través de las sustancias superiores. Como el sello hace pasar de la potencia al acto en la cera las semejanzas de sus letras. Y las semejanzas o influencias que son transmitidas desde los superiores son las semejanzas de bonitas, magnitudo, y de los otros principios del cielo, que mueven a las sustancias inferiores de tal manera que se convierten en acto en esas letras que contienen dentro de sí en potencia. Como el Sol, que por su mayor esplendor, en el verano multiplica el mayor calor en fuego; y como la Luna, que por su crecer y menguar hace crecer y menguar las fuentes, los ríos y la menstruación de las mujeres.» (2)


     Este texto, además de vincular el origen de la presencia de signos astrológicos dentro de ciertos templos «escocistas» con la complicada teoría elemental de Lullio más que con supersticiones actuales sobre los mismos,  nos introduce a la importante cuestión de la teoría de los símbolos y su efectividad gnoseológica. 

     Dicho de otro modo, nos indica que un símbolo (en este caso un sello) no transmite sus cualidades esenciales sino simplemente sus semejanzas. Y es cuando entramos a hablar de semejanzas en donde nos adentramos en materia de comparación y relaciones basadas en la analogía que posibilita una manera inductiva de argumentar a través de la comparación de realidades parcialmente iguales y parcialmente diferentes. Es ésta una de las propiedades esenciales de un símbolo sin la cual carecería no sólo de efectividad sino de razón de ser.(3)


     Entiéndase que el texto pertenece a un religioso del S. XIII en donde era absolutamente desconocida toda lógica simbólica, por lo que puede ubicarse a este texto (en conjunto con el pensamiento luliano fundado en las tres figuras fundamentales de la geométría: triángulo, cuadrado y círculo) como un antecedente fundamental en la aparición de dicha lógica. (4)


     Si se quiere reemplazar en el texto el término «cielo» por el de «ideas» no costará entrever el trasfondo neoplatónico del texto, dentro de cuya corriente (aunque de un modo tardío) abreva la filosofía masónica.

     Es claro en el texto que por un lado tenemos las propiedades propias de la materia (esencia del sello) y por otro lado las propiedades inmateriales que el mismo transmite (semejanzas) provenientes de las ideas de bonitas, magnitudo «y de los otros principios del cielo, que mueven a las sustancias inferiores de tal manera que se convierten en acto en esas letras que contienen dentro de sí en potencia».

     En el pensamiento luliano, bonitas, magnitudo, Duratio, Potestas, Sapientia, Voluntas, Virtus, Veritas, Gloria, etc, (representados en sus esquemas lógicos con las letras A,B,C,D,E,F,G,H,I,J,K) constituyen atributos divinos absolutos, emanaciones de Dios, ideas del mismo, en tanto que el método simbólico con que Lulio los aborda constituye lo que él denomina «Arte», cuya letra central es la famosa A que tantas supersticiones metafísicas han despertado en quienes desconocen el complejo arte lógico luliano, basado en el Arte de la Memoria, y que se traduce en una trilogía: Essentia, Unitas, Perfectio.


    Como se ve, el Sello se erige así en una representación tangible de una concepción neoplatónica de un proceso de inducción lógica a través de la teoría de las semejanzas que caracteriza el orbe simbólico y que por lo tanto, filosóficamente, no extraña su presencia dentro de la ritualidad masónica, aunque pase tan desapercibido como su razón de ser.

      La teoría del Querido Hermano Apolinaire, aún cuando se base en una aproximación comparativa con las órdenes de caballería y sacerdotales, destaca el hecho innegable de que la masonería moderna siempre estuvo preocupada por una legitimación basada en pretendida tradición más mítica que real en términos genealógicos, y que por tanto la presencia del simbolismo del sello no sería ajena al simple préstamo autolegitimante. 

      No obstante, y aún de modo simultáneo, una raíz filosófica vinculada al neoplatonismo en boga, con particular acento en el desarrollo de una teoría del conocimiento basado en procedimientos lógico inductivos como el que caracteriza la ritualidad de la masonería moderna, parece indicarnos una profundidad mayor en la adopción de determinados símbolos, ya sin un cariz religioso y más volcado a un secularismo acorde al antropocentrismo moderno que desmontó las vetustas estructuras mentales medievales. El texto luliano en cuestión, aun acuñado en las postrimerías del medievo, es una referencia obligada en este proceso y particularmente esclarecedor en lo que al simbolismo del sello se refiere.


     Los golpes rituálicos en la espada del Venerable Maestro ubicada por sobre la cabeza de quien ingresa a la Orden constituye el modo de sellar su cualidad de masón, estimulando de un modo sensible el Arte de la Memoria aún cuando, en mi opinión aquí desarrollada, remite de un modo misterioso a un contenido mucho más profundo cuyo develado corresponde al estudio de la filosofía en que se inscribe la formulación de la moderna francmasonería.

     En este caso, se hace evidente la necesidad de abordar un estudio interdisciplinario del origen rituálico de la masonería que contemple no solamente aspectos histórico-comparativos sino también marcos filosóficos del proceso histórico en el que se inscribe su génesis. No parece ser una tarea sencilla, pero es el único modo de encarar honestamente nuestra identidad de masones sin caer en supersticiones metafísicas generalizadas.

     Ya para finalizar y más allá de lo aquí discurrido, debo el ensayo de estos párrafos y el empleo de este tiempo a las ideas despertadas por el interesante artículo del Querido Hermano Saúl Apolinaire, que con sus trabajo sigue dando pruebas de la verdadera inmortalidad del espíritu. Quizá valga repetir aquí aquellos versos de Quevedo:

"Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos."



(2) Vid. Yates, Frances, Ensayos sobre el Arte de Raimundo Lulio, en: Ensayos Reunidos, I, Lulio y Bruno, Ed. FCE, México, 1996, pág. 41.-
(3) De allí que el símbolo, si bien es convencional, debe guardar una cierta analogía con la idea que pretende transmitir. Una escuadra transmite más, por esta relación inductiva, una idea de rectitud que, verbigracia, una maceta.
(4) Frances Yates resalta este hecho al afirmar: «Hay sin embargo señales hoy en día en el sentido de que el Arte Luliano está despertando algún interés como posible antecedente distante de la moderna lógica simbólica». Vid. Op. cit., pág. 27 in fine.
(5) Aún cuando se pretenda relacionar a las órdenes de caballería con la masonería simbólica o con el desarrollo ulterior de los algos grados, el papel de Ramón Lull parece ser indispensable en su fundamentación filosófica. Sin embargo sorprende ver cómo su «Libro de la Orden de la Caballería» sigue siendo ignorado en las referencias sobre la materia.
   








viernes, 25 de noviembre de 2016

Textos del Pseudo Dionisio, como posible antecedente filosófico del simbolismo de la Luz en la Francmasonería.





     He tenido a bien reproducir parcialmente textos significativos del Tratado de los Nombres de Dios del Pseudo Dionisio (1) debido a su notable cercanía con el simbolismo masónico y, por ende, como un posible antecedente intelectual de la filosofía masónica. Los textos se corresponden con los primeros 14 parágrafos del Capítulo IV del Tratado en cuestión. En este sentido, cabe ubicar a estos textos dentro de una línea del neoplatonismo que ya Frances Yates, en sus importantes ensayos sobre Raimundo Lulio (2), entendió como dignos de estudio y relación como antecedente del movimiento neoplatónico del renacimiento; particularmente dentro del eje Pseudo Dionisio-Escoto Erígena-Raimundo Lullio. El lector podrá encontrar aquí una reformulación cristiana sobre el concepto neoplatónico de la Luz, sus movimientos curvos, rectos y en espiral, su relación con la Bondad al modo de idea platónica, etc. Vaya en ese sentido este aporte a modo de eventual apéndice de post futuros.



DE LOS NOMBRES DE DIOS

Pseudo Dionisio Areopagita



1. Pasemos ya al nombre de "Bien". Es el nombre que prefieren los teólogos para designar la Deidad supradivina. Llaman Bondad a la misma subsistencia divina, que por el mero hecho de ser todas las cosas la contienen.

Sucede lo que en el Sol. Sin pensarlo, sin quererlo, por el mero hecho de ser lo que es, ilumina todo lo que de alguna manera puede recibir su luz. Así ocurre con el Bien. Muy superior al Sol, como el arquetipo es superior a la ima­gen borrosa, extiende los rayos de su plena Bondad a todos los seres que, según su capacidad, la reciben. Gracias a estos rayos de Bondad subsisten todos los seres inteligibles e inteligentes, todo ser, toda potencia y operación. Por ellos existen y poseen vida inalterable e indestructible, libres de corrupción y muerte, de la materia y de la genera­ción o mutaciones. Por ellos se consideran sustancias incorpóreas e inmateriales; como inteligencias, conocen de modo superior al de este mundo: por iluminación ven las razones propias de todos los seres y transmiten sus conoci­mientos a los compañeros.

La Bondad de Dios en que moran es el funda­mento de su permanencia, estabilidad, conservación, vigi­lancia, alimento. Sus deseos del Bien les hacen ser lo que son y les proporcionan bienestar. Configurándose con el Bien, en lo posible, se hacen mejores, y como es Ley de Dios, comparten con sus inferiores los dones que reciben del Bien supremo.

2. Por todo esto, se ordenan jerárquicamente en for­ma supramundana, en unidades propias, y se rela­cionan entre sí sin la menor confusión. El Bien da poder a los inferiores para elevarse hasta los superiores, y asi­mismo los superiores descienden al nivel de sus inferiores. Diligentemente cuidan de quienes les están confiados, de sus poderes y de sus resoluciones inmutables. Permanecen firmísimos sus deseos del Sumo Bien. Conservan entre ellos las demás prerrogativas que he descrito en el tratado De las propiedades y de los órdenes de los ángeles. Cuanto se refiere a la jerarquía celeste, como son las purificaciones angélicas, iluminaciones supramundanas y la consuma­ción de toda perfección entre los ángeles, todo esto viene de la Causa universal y Fuente de bien. De allí les llega asi­mismo su configuración con el Bien, el revelar la secreta bondad que poseen los seres, por decirlo así, intérpretes del silencio de Dios, que reflejan la luz resplandeciente en el interior del santuario.

En grado inferior a estas santas y venerables inteligencias están las almas con todos los bienes que les son propios. Dependen asimismo del Bien que está sobre todo bien y gracias a El tienen inteligencia, vida sustancial, inmortalidad. Por tener vida espiritual, como los ángeles, pueden esforzarse en imitarlos. Siguiendo a tan excelentes elevan hasta el Bien, fuente de todo bien, hacién­dose partícipes, según su capacidad, de las iluminaciones que El irradia. En la medida de sus fuerzas reciben el don de identificarse con el Bien y las demás cualidades descri­tas en mi libro Del Alma.

Si lo aplicamos a cuantos carecen de razón y a los irra­cionales, los que cruzan los aires, los que andan o se arras­tran por la tierra, los que [696 D] viven en el agua, los anfibios y los que se esconden bajo tierra o en cavernas. En fin, los seres de vida sensitiva. Todos son y viven gracias a la misma Bondad.
De modo semejante, las plantas sacan del mismo Bien la vida nutritiva y de crecimiento. Incluso las cosas inani­madas, sin vida ni alma, deben su existencia al mismo Bien.

3. Puesto que en realidad el Bien trasciende todo ser natural, sin estar limitado a forma alguna, es el creador de toda forma. Por no ser nada de cuanto es, El es el Supraser. Por no ser una vida, es la Vida. Sin ser una inte­ligencia, es la Sabiduría misma. Todo cuanto participa del Bien, participa de lo que, por estar en cierto modo limitado, da forma a lo informe. Y si es lícito hablar así, lo que no es anhela aquel Bien que trasciende todo ser. Más aún: se niega a todo ser y puja por descansar en el Bien supra-esencial.

 4. Al ocuparme de otros temas me olvidé de decir que el Bien es Causa de las fuentes y fronteras de los cielos, de eso que ni mengua ni se expande, inmutable. Causa también de los movimientos circulares y silencio­sos, por decirlo así, de los cielos inmensos. Asimismo del orden lijo con que las luces estrelladas decoran los cielos. Y de los astros errantes, en particular los dos de trayectoria circular, fuente de luz, que las Escrituras llaman "gran­des". Son éstos los que nos dan a conocer los días y las noches, los meses y los años. Constituyen el marco para nombrar, medir y conservar los acontecimientos.

¿Y qué decir de los rayos del sol? La luz procede del Bien y es su imagen. Se alaba al Bien llamándole "Luz", como se honra al Arquetipo en su imagen. La Bondad pro­pia de Dios, plenamente trascendente, lo invade todo, desde los seres más altos y perfectos hasta los más bajos. Está sobre todo: los más altos no llegan a la divina Bondad ni los más bajos escapan a su dominio. Ilumina todas las cosas que pueden recibir su luz, las crea, da vida, mantiene en su ser y perfecciona. De ella todas reciben medida, tiempo, número y orden. Su poder abraza el uni­verso, es causa y fin de todo.

El gran Sol, siempre luciente y espléndido, es imagen donde se manifiesta la Bondad divina, eco distante del Bien. Ilumina todo lo que puede recibir su luz sin perder nada de su plenitud. Difunde sus rayos fulgurantes a lo alto y a lo bajo de todo el mundo visible. Si algo no participa de su luz, no es porque ésta sea deficiente en modo alguno; sería debido a la incapacidad o impedimento proveniente del objeto.

Ciertamente. Hay muchas cosas que la luz no ilumina mientras que brillan otras más lejanas. Nada hay en este mundo visible adonde llegue el sol con la porten­tosa fuerza de su resplandor. Es más, está en los orígenes de los cuerpos visibles, favorece la vida, los alimenta y hace crecer, los perfecciona, los purifica y renueva. Es medida y número de las estaciones y de los días y de todo nuestro tiempo. Era esta luz informe la que, según el santo Moisés, distinguió los tres primeros días en el principio'.
La Bondad atrae hacia sí todas las cosas, por dispersas que estén, pues es Fuente divina y principio de unidad. Todo tiende hacia ella como a su fuente, su objetivo y cen­tro de unidad. El Bien, como dice la Escritura, creó todas las cosas y es en definitiva la Causa perfecta. "En ella todas subsisten", se fundan y perseveran como en un poder receptáculo. Todo retorna al Bien como a su fin. Todas las cosas lo desean: por el conocimiento, las espiri­tuales y dotadas de razón; por la sensación, las dotadas de sensibilidad; por el movimiento innato del apetito vital, las que no sienten. Las que carecen de vida y solamente exis­ten propenden a cierta participación de la esencia del Uno.

Así ocurre con la luz, visible imagen de Dios. Atrae y vuelve hacia sí todas las cosas: las que se ven, las que se mueven, las que se iluminan, las que se calientan y, en general, todo aquello que alcanzan los rayos luminosos. De ahí le viene el nombre de sol, Odos, porque todo lo reúne, esto es, lo conserva y lo concentra.

Por eso, los seres que sienten buscan la luz para ver, para moverse, para ser iluminados, para calentarse y, en general, para que la luz los conserve en su ser. No digo esto como creía la Antigüedad, que consideraba al Sol como Dios, el autor del universo, que gobierna con rectitud el mundo que vemos. Pero sí afirmo que "desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divini­dad, son conocidos mediante las obras''.

De todo esto se trata en la Teología simbólica. Aquí me limito a celebrar el término "luz" inteligible aplicada al Bien. Se llama luz intelectual al Bien porque ilumina toda inteligencia supraceleste y porque con su luz arroja toda ignorancia y error que haya en el alma. Purifica los ojos de la inteligencia ahuyentando la bruma de igno­rancia que los envuelve; despierta, abre los párpados cerra­dos bajo el peso de las tinieblas.

Les concede primero un mediano resplandor; luego, cuando los ojos se han acomodado a la luz y la ape­tecen más, les va dando con mayor intensidad, "porque amaron mucho'". Después no cesa de estimularlos a avan­zar a medida que ellos se esfuerzan por elevar su mirada a las alturas.
Se llama "luz de la mente" aquel Bien que está sobre toda luz, como manantial de luz y foco desbordante. Con su plenitud inunda de luz toda inteligencia, sea en este mundo, en el universo o en los cielos. Todas las cosas se renuevan con tal luz. En su inmensidad las contiene todas; a todas precede y supera por su trascendencia. En El todas se agrupan, y contiene en su simplicidad todo principio de iluminación, pues es fuente de luz y la tras­ciende. Es más que luz, y en este bien se concentra toda razón e inteligencia. Como la ignorancia dispersa a los que yerran así, la presencia de luz en la inteligencia reúne a cuantos la reciben. Los perfecciona, los dirige al Ser que es de verdad. Los aparta de muchos errores, los llena de luz unificadora. Concentra su variedad de opiniones en un verdadero, puro y simple saber. Lo llena todo de luz unificadora.

7. Los teólogos alaban y ensalzan este Bien. Lo llaman Hermoso, Hermosura, Amor, Amado. Le dan cualquier otro nombre divino que convenga a esta fuente de amor y plenitud de gracia.
Hermoso y Hermosura se distinguen y unifican en la Causa que todo lo unifica. En todo ser distingamos la cua­lidad, que es participada, y el objeto, que la participa. Lla­mamos hermoso a aquello que participa de la hermosura y llamamos hermosura a la participación de la causa que la produce en las cosas.

Pero llamamos Hermosura a aquel que trasciende la hermosura de todas las criaturas, porque éstas la poseen como regalo de El, cada una según su capacidad. Como la luz irradia sobre todas las cosas, así esta Hermosura todo lo reviste irradiándose desde el propio manantial. Hermo­sura que llama todas las cosas a sí misma. De ahí su nombre Kalos, es decir, hermoso, que contiene en sí toda hermosura.

Se le llama Hermoso, pues lo es bajo todos los aspectos: contiene y excede toda hermosura. Hermoso eternamente, invariable. No nace ni perece, no aumenta ni disminuye. No es amable en un sentido y desagradable en otro, a veces hermoso y otras no; para unos hermoso y para otros feo, ni distinto en uno u otro lugar. No. Es constantemente idéntico a sí mismo, siempre hermoso. En El estaba en grado eminente toda hermosura antes de que ésta existiese. El es su fuente.

Nada hay hermoso que no haya brotado de aquella simplicísima Hermosura, su fuente. De esta Hermosura proceden todas las cosas, bellas cada cual a su manera. La Hermosura es causa de armonía, de amistad, de comunión; todo lo une y es fuente de todo. Es principio, Causa efi­ciente que mueve el universo y lo sostiene. Todas las cosas llevan dentro el deseo de hermosura. Va delante de todas como Meta y Amor a que aspiran, Causa final que todo lo orienta, pues es modelo al que nos configuramos y con­forme al cual actuamos por deseo del Bien.

La Hermosura se identifica con el Bien. Todos los seres, sea cual fuere lo que los induce a obrar, buscan la Hermosura y el Bien. No hay nada en la naturaleza que no participe del Bien y de la Hermosura. Me atrevería a decir que aquello que no es participa también de la Hermosura y del Bien, porque es bueno y hermoso dirigirse al Bien supraesencial por vía de negación.

Esto -el Uno, el Bien y la Hermosura- es causa singu­lar de multitud de bienes y hermosuras. Gracias a esto, todas las cosas subsisten en su esencia, se igualan y diferen­cian, son idénticas y opuestas, semejantes y diversas; los contrarios se entrelazan y los unidos no se confunden. Gracia a éstos, los seres superiores cuidan de los otros, los iguales se compenetran y los inferiores tienden a superarse conservando el equilibrio de su estabilidad en la unidad. Por esto, todos los seres, cada cual a su manera, están abiertos unos a otros, se comunican entre sí, se com­penetran sin perder su identidad. De ahí la cohesión interna e indisoluble de las partes, la perseverancia en su ser y las renovaciones incesantes.

Las inteligencias, las almas y los cuerpos permanecen a la vez estables y en movimiento. El Bien-Hermosura, siendo trascendente, por encima de todo reposo y movi­miento, fija a cada ser su propia naturaleza y le da el movi­miento conveniente.

8. Dicen que las inteligencias celestes se mueven en sentido circular. Mientras están unidas a los resplandores, no tienen principio ni fin, pues proceden del Bien-Hermosura. Se mueven en línea recta cuando proce­den como guía providente de sus inferiores, dirigiéndolo todo rectamente. Se mueven en espiral cuando, a la vez que cuidan de los inferiores, permanecen idénticas girando siempre alrededor del Bien-Hermosura, causa de su identidad.

El alma también está en movimiento. Movimiento circular cuando entra dentro de sí, se olvida de lo exterior y recoge sus potencias espirituales para que nada la dis­traiga. Es una especie de movimiento giratorio fijo que la hace tornar de la multiplicidad de las cosas externas y con­centrarse en sí misma. Intimamente unidas ya el alma y sus potencias, el movimiento giratorio la levanta hasta el Bien-Hermosura, que trasciende todas las cosas, es uno y el mismo, sin principio ni fin.
Se mueve el alma en espiral cuando, según su capaci­dad, es iluminada con las noticias divinas, pero no por vía de intuición intelectual en plena concentración del alma, sino más bien por razonamiento discursivo, pasando de una a otra idea.

El movimiento es rectilíneo cuando el alma, en vez de entrar dentro de sí misma (lo cual es el movimiento circu­lar, como he dicho), procede por las cosas que la rodean y se levanta de lo externo, como de símbolos varios y múlti­ples, a la contemplación de simplicidad y unión.

El Bien-Hermosura es la causa de estos movi­mientos, de lo sensible, de lo que permanece conservando su reposo y situación y del alma, fundamento de uno y otro. Bien-Hermosura los conserva y dirige por encima 'de todo reposo y movimiento. Es la fuente, el ori­gen, el conservador, la meta y el objetivo del reposo y el movimiento. El ser y la vida del alma vienen de El, del mismo Bien-Hermosura de donde proceden lo pequeño y lo grande y lo mediano de la naturaleza, la medida y pro­porción de todas las cosas, armonías, conjuntos, las partes y el todo, lo universal y lo múltiple, el entrelazamiento de las partes, la síntesis de la multiplicidad, la perfección de conjuntos. Bien-Hermosura de que proceden la cualidad y cantidad, grandeza, infinitud, conglomeración y distin­ción, lo limitado y las limitaciones, los órdenes, las excelen­cias, elementos y formas, todo ser, poder, actividad, hábitos, sentido, razón, inteligencia, tacto, ciencia y unión.

En breve. Todo cuanto existe procede del Bien-Hermo­sura, en él está y se dirige a él. Es el motor de todo y todo lo conserva. Por gracia de El, por El y en El está todo princi­pio ejemplar, final, eficiente, formal, material. En una palabra: todo principio, toda conservación, todo fin, todo cuanto existe procede del Bien-Hermosura. Y aun lo que no existe está supraesencialmente en el Bien-Hermosura, que es el principio más que principal de todas las cosas y fin más que perfecto, "porque de El, y por El, y para El son todas las cosas", como dicen las Escrituras.

Por eso, todas las cosas deben desear, anhelar y amar al Bien-Hermosura. Por El y para El los inferiores aman a los superiores, los iguales aman y se comunican con sus seme­jantes, los superiores se ocupan de los inferiores. Todos y cada uno miran por sí mismos y se estimulan en hacer con perfección lo que hacen con los ojos puestos en el Bien-Hermosura.

Más aún. Nos atrevemos a decir realmente que la Causa de todas las cosas, por la sobreabundancia de bondad, todo lo ama, perfecciona, conserva y torna hacia sí. El deseo amoroso de Dios es Bondad que busca hacer el Bien para la misma Bondad. Deseo creador de la bondad del universo, preexistía sobreabundante en el Bien y no quedó en El encerrada. Le indujo a usar de la abundancia de su poder para crear el mundo.

11. No piense nadie que al ensalzar el término "deseo amoroso" vamos contra las Escrituras. Creo que seria insensatez absurda fijarse en la formalidad de las palabras más que en la fuerza de su significado. Nunca debe obrar así la persona que busque entender las realida­des divinas. Así proceden quienes se interesan únicamente por oír superficialmente sonidos y no quieren entender el sentido de las palabras o cómo se pueda valorar el signifi­cado con expresiones similares. Son gentes que se conten­tan con líneas y letras sin sentido, sílabas y frases incom­prensibles, que en manera alguna llegan al alma. No son más que sonidos en sus labios y oídos.

Como si fuera un error decir que dos y dos son cuatro, que línea recta es lo mismo que derecha, patria es lugar del nacimiento. Como si estuviera mal cambiar unas palabras por otras que significan lo mismo exactamente. Lo que debemos entender es que empleamos letras, sílabas, escritos y frases en razón de su significado. Por eso, cuando el alma, guiada por las potencias intelectivas, está centrada en el objeto del conocimiento, resulta inútil la operación de los sentidos. Lo mismo sucede al entendimiento cuando el alma, hecha ya deiforme por unión desconocida, con los ojos cerrados se adhiere a los rayos desprendidos de aque­lla "luz inaccesible".

En cambio, cuando el entendimiento, cen­trándose en la perfección de los sentidos, se levanta a la contemplación de lo inteligible, da especial importancia a las sensaciones más precisas, a las palabras más claras, a la mayor distinción con que ve las cosas. Porque no están claras las cosas que caen bajo los sentidos, no podrán éstos transmitirlas debidamente al entendimiento.
Si por hablar así pareciere que tergiversamos el sentido de las Santas Escrituras, quienes no están de acuerdo con la expresión "enamorarse" escuchen lo que sigue: "Amala y ella te custodiará. Tenla en gran estima y ella te ensalza­rá". Tengan en cuenta, además, otros muchos pasajes que alaban la expresión "enamorarse" de Dios.

12. A algunos de los nuestros que tratan de las Sagradas Escrituras les ha parecido que "enamorarse de Dios" es más divino que simplemente "amar a Dios". San Ignacio escribe: "Han crucificado a aquel de quien yo estoy enamorado". Y en los libros que introducen a la Sagrada Escritura hay uno que dice de la Sabiduría: "Pro­curé desposarme con ella, enamorado de su hermosura".

Por tanto, no temamos emplear la expresión "enamo­rarse de Dios" y no nos alteremos por lo que alguien pueda decir de ambos nombres. Creo que "enamorarse de Dios" y "amor de dilección" lo usan los teólogos en el mismo sen­tido. Añadieron que, al hablar de Dios, se trata del verda­dero amor. Porque la gente usa la palabra "amor" en sentido peyorativo. Nosotros, en conformidad con las San­tas Escrituras, alabamos la expresión "amor verdadero" y la consideramos apta en relación con Dios. Otros, en cam­bio, llevados de su natural inclinación, tendieron a pensar en el amor apasionado, corporalmente compartido. Eso no es verdadero amor; es una sombra, una caricatura del amor auténtico. El hecho es que la gente no comprende la espiritualidad del amor divino, y por eso la expresión "enamorarse de Dios" les parece ofensiva. Por lo cual, se atribuye a la Sabiduría, a fin de que el vulgo llege a enten­der el veradero amor y deje de interpretarlo en el peor de los sentidos.

Sabemos bien que mucha gente de baja estofa piensa que hay algo absurdo en este versículo encantador: "Tu amor era para mí dulcísimo, más que el amor de las mujeres". Para quienes escuchan con entendimiento la pala­bra de Dios, el simple término "amor", tal como lo emplean los autores sagrados para manifestar los misterios divinos, tiene el mismo sentido que "enamoramiento". Ambos quieren decir lo mismo: unión, alianza, con espe­cial referencia al Bien y Hermosura eternos. Procede del Bien-Hermosura, gracias al mismo Bien-Hermosura. En­trelaza las cosas iguales, inclina las superiores a cuidar de las inferiores y hace que éstas tiendan a las más altas.

13. Enamorarse de Dios lleva al éxtasis, pues quienes así aman están en el amado más que en sí mismos. Así se manifiesta en el amor que prodigan los de clase más alta a los más bajos. Asimismo lo demuestran los iguales por la unión que reina entre ellos. Lo que está más bajo se torna hacia lo más alto. Por eso el gran Pablo, arrebatado por su encendido amor a Dios y preso de poder extático, dijo estas palabras inspiradas: "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí". Pablo estaba realmente enamorado, pues, como él dice, salía de sí mismo por estar con Dios. No contaba más con su propia vida, sino con la de aquel de quien él estaba enamorado.

Y hay que atreverse también a decir en honor a la ver­dad que el mismo Autor de todas las cosas vive fuera de sí por su providencia universal, por puro enamora­miento de las cosas. La bondad, amor y enamoramiento le seducen hasta hacerle salir de su morada trascendente y descender a vivir dentro de todo ser. Procede así en virtud de su infinito y extático poder de permanecer al mismo tiempo dentro de sí. Por lo cual, los que entienden de lo divino, llaman a Dios celoso, pues está poseído de un grande y misericordioso amor hacia todos los seres, y sus­cita en ellos el mismo celo. Así se muestra Dios celoso, pues siempre se siente celo por ló deseado. Al proveer en bien de todas las criaturas está probando su celo.

En conclusión. Podemos decir que el Bien-Hermosura es a la vez el amado y el amante. Tales propiedades existen en el Bien-Hermosura y por eso todo bien procede de El y se hace para el Bien-Hermosura.

14. Sin embargo, ¿por qué los teólogos hablan de Dios unas veces como enamorado y amante, y otras como el deseado y amado? Por un lado, El causa, produce y origina el amor. Bajo otro aspecto, El se muestra a la vez activo y pasivo, origen y término del movimiento. Por eso le llaman Amado y Deseado, por cuanto es Bien-Hermosura, y luego el Enamorado y Amante porque con su poder mueve y levanta todo hacia sí. En fin de cuentas, El es el Bien-Hermosura, el Uno que hace revelación de sí mismo, benéfica procesión de su unidad trascendente. Es Deseoso cuando simplemente se mueve a sí mismo, actúa por sí mismo, preexiste en el Bien hacia todo ser y luego regresa hasta el Bien. En este sentido se manifiesta excelen­temente que el amor divino no tiene principio ni fin. Como un círculo eterno moviéndose desde el Bien, por el Bien, en el Bien y hacia el Bien. Círculo perfecto, siempre en el mismo centro, la misma dirección, el mismo cami­nar, el mismo retorno hasta su origen.

Todo esto lo ha explicado también divinamente aquel mi ínclito maestro en sus Himnos amatorios. Merece la pena que los recordemos aquí añadiéndolos a este nuestro dis­curso sobre el amor, como un capítulo sagrado al final de cuanto vengo diciendo sobre el Deseoso.


(1) Se sigue la versión castellana publicada por la página web www.franciscanos.net
(2) Vid. Frances Yates, Ensayos Reunidos, I, LULIO Y BRUNO, Ed. FCE, México, 1996.-


jueves, 17 de noviembre de 2016

¿Una crítica al lenguaje emblemático del S. XVI extensible a la Francmasonería de hoy? - Primera parte -



En un excurso que Roberto Calasso realiza en su notable libro «Los Jeroglíficos de Sir Thomas Browne» se nos informa de manera sólida y documentada sobre el origen y proliferación de la «emblemática» del S. XVI, es decir de aquel intento en los albores de la modernidad de hablar por medio de Jeroglíficos, así como de su vinculación con el neoplatonismo y el movimiento hermético de raíz pretendidamente egipcia. La fuerza de esta nueva cosmovisión en la comunicación afectará, como dice su autor,  las gestas de los nobles, de los doctos y de los reyes;  la poesía e incluso hasta  la incipiente ciencia, pues «los científicos leen los jeroglíficos de la naturaleza y los libros de alquimia hablan mediante jeroglíficos». (1)

La fundamentación de esta digresión se apoya en textos notables de la época y su censo comprende los Hieroglyphica de Valeriano, su homónimo de Horapolo, el Oedipus aegyptiacus de Athanasius Kircher, los Emblemata de Andrea Alciato, el Hipnerotomacchia Poliphili de Francesco Colonna y el Arcana arcanissima, hoc est hieroglyphica aegyptio-graeca de Michael Maier. Para Calasso, algunos de estos libros constituyen verdaderos «osarios del simbolismo». (2)

La razón de este pesimismo parece residir quizá no tanto en el hecho de que luego del desciframiento de la lengua egipcia por el francés Champollion la fantasía en torno a los jeroglíficos careciera de rigor científico, sino en el tránsito del rico mundo de los símbolos, visto como un lenguaje mudo o lenguaje de ideas, al  mundo de los emblemas entendiendo a este proceso como el de la «progresiva devaluación de la imagen y, paralelamente, de su proliferación ciega». (3)

Conviene a este respecto citar textualmente a Calasso: «Las imágenes ya no se reconocen por lo que son -o sea, potencias inagotables por parte del discurso- sino que se pretende, al contrario, traducirlas directamente y sin residuo en un discurso particular, más bien pobre de términos, rígido y someramente formalizado, como es el lenguaje de las máximas morales humanísticas. Por ese motivo la desproporción y el rechinido entre imagen y palabra. Quien abra un libro de emblemas teniendo abierto el ojo de la imaginatio vera queda impactado inmediatamente por la fuerza y la riqueza de significado de ciertas imágenes. Pasando a la lectura del texto, se tiene una impresión de azoramiento, de siniestro equívoco. Parece que a la imagen se le han borrado todos sus caracteres, salvo el detalle a menudo banal que sirve como pretexto al lema, es decir que cada uno de sus caracteres traduce una palabra del texto, lo que conduce al mismo efecto. "El lector decepcionado, al no encontrar sino lugares comunes revestidos con un atuendo transparente, empieza a preguntarse, sin mayor razón, qué presunción colocó  semejantes nimiedades bajo la tutela de la Esfinge"». (4)
 

Más adelante agrega, para rematar la idea: «Este arsenal de imágenes servirá para alimentar en los siglos sucesivos, y hasta el día de hoy, esas muy diversas invenciones que son clasificadas en la ambigua categoría de lo fantástico. Como dice Hello: "En una palabra: lo fantástico es una parodia del simbolismo."» (5)


Ahora bien, si se entiende que la moderna francmasonería constituye una concreción tardía del humanismo renacentista (y nada parece haber que demuestre sólidamente lo contrario) cabe preguntarse si en la misma existe un orbe simbólico devaluado en emblemas que se traduzcan en máximas morales humanísticas. O lo que es lo mismo: ¿es la Francmasonería moderna una parodia del simbolismo?

Para dar respuesta a este interrogante conviene ir adentrándonos en tierras masónicas lentamente, pues un paso en falso nos puede conducir a conclusiones aún más extraordinarias que el fantástico mundo que muchos imaginan de la orden. Así, en primer lugar, circunscribimos el tema a lo relacionado con la masonería simbólica estructurada en sus grados de Aprendiz, Compañero y Maestro. La masonería de los Altos Grados o Filosófica, merece una serie de consideraciones y precisiones que nos alejaría demasiado del tema central que queremos abordar en este modesto post.

En segundo lugar, merece destacarse el hecho que bajo el término «símbolo» la francmasonería compendia una serie de representaciones ideográficas en general que incluyen no sólo símbolos, sino signos, alegorías, emblemas, leyendas, etc. Por lo que quien decida incursionar metódicamente en la densa selva ideológica de la Orden (6) deberá tener siempre en claro y con la mayor precisión posible cuándo se está frente a un símbolo estrictamente hablando o bien frente a un símbolo genérico, cuando no frente a una representación que, de acuerdo a un determinado contexto ritualístico, pueda encajar en ambas categorías.

Finalmente, y para agregar algo más de complejidad a la cuestión, la combinación de estos elementos ideográficos se entrecruzan durante un proceso litúrgico de carácter discursivo y progresivo, de acuerdo al grado simbólico correspondiente.

Bajo estas consideraciones, urge clarificar la cuestión planteada. El proceso puede redundar en un avance en el conocimiento real de la orden francmasónica y sin duda constituir un pequeño aporte para preservar la seriedad de una institución asaz valiosa para el humanismo del S. XXI, siempre amenazada por interpretaciones que se erigen como un reflejo simiesco de su verdadera naturaleza bajo la pompa de una parafernalia desvirtuada, de un carnaval grotesco, de un humanismo de cotillón.



1- Calasso, Roberto, «Los Jeroglíficos de Sir Thomas Browne», trad. de Valerio Negri Previo, Juan Carlos Rodriguez Aguilar, México, FCE, 2010, Cap. III, «Hieroglyphice Loqui», pág. 52 y ss.- 
2-Op. cit., pág. 69.-
3- Idem, pág. 67.-
4-Idem.- 
5-Idem, pág. 69.-
6-Densidad variable según el barroquismo del Rito o tradición a la que sus grados simbólicos adscriben.




lunes, 23 de mayo de 2016

UNA PEQUEÑA DIGRESIÓN EN TORNO A OVIDIO Y EL ARQUITECTO DEL MUNDO



Dedicado a los actuales inquisidores de conciencias, extra et intra Ordine.


     En el Capítulo II del Libro I de Las Metamorfosis de Ovidio (1), que versa sobre la separación de los elementos que pone fin al caos existente en los orígenes del mundo, puede leerse textualmente:

"No permitió el arquitecto del mundo que los vientos poseyeran por completo el dominio del aire; ahora apenas se les puede contener para que no destrocen el mundo, tan grande es la discordia entre los hermanos, y eso que cada uno gobierna a su antojo en una corriente diversa." (2)


En él puede apreciarse la adjetivación de la fuerza divina en razón de su papel de racional ordenador del caos y, en tal sentido, puede constituir una de los tantas piezas de la arqueología masónica de aquel polémico símbolo cifrado como Gran Arquitecto del Universo. Desentrañar esa posible genética es uno de los objetivos del presente post. El otro, más lateral pero decididamente axiológico, quiere indagar su alcance práctico.

La inveterada costumbre de comparar por tamaños puede indicarnos una diferencia de magnitudes entre "mundo" y "universo", pero tal imputación, más digna de un análisis freudiano que de rigor mitológico, puede superarse fácilmente en razón de que la creación del mundo y del universo constituyen un mismo proceso dentro de la dinámica creadora. Ovidio así lo deja traslucir al comienzo de su obra: 

 "Antes que el mar, la tierra y el cielo, que lo cubre todo, en la totalidad del universo aparecía un único aspecto de la naturaleza ..." (3)



El mundo aparece así como lo opuesto al "Chaos" originario, y como única referencia del "Cosmos". Por lo tanto, la adjetivación de "arquitecto del mundo" tiene funcionalmente la misma fuerza denotativa que "arquitecto del universo". 

 La segunda objeción que puede hacerse está basada en la traducción de la expresión latina original "fabricator mundi" (4). El sustantivo "fabrica" en latín designa tanto al arte, la obra del artista, como a la arquitectura. Por lo que "fabricator" puede traducirse  válidamente como "causante", "creador", "artífice" o "arquitecto". Aunque es dable pensar que si Ovidio hubiera pensado estrictamente en la divinidad como en un arquitecto, le habría designado con el preciso término latino "architectus" sin arriesgar en demasía la métrica del poema. 

En sentido estricto,  no nos encontramos ante un antecedente directo del símbolo masónico conocido como Gran Arquitecto del Universo si atendemos a la literalidad. Sin embargo, cabe preguntarse si esta analogía entre creación y arte, entre causa y arquitectura, entre Creador y Artífice/Arquitecto no fue consolidando su abigüedad durante el renacimiento platónico, mediante la reelaboración de la idea de Demiurgo del Timeo, hasta desembocar en el pensamiento de Juan  Calvino, antecedente obligado de la expresión "Gran Arquitecto del Universo", y por lo tanto fuente directa del Pastor James Anderson que en 1723 la volcó en sus Constituciones. (5) 



Pero lo que, quizá, sí puede acercar el pensamiento de Ovidio al pensamiento latitudinario de la francmasonería moderna sean aquellos versos con que, siguiendo la versión en prosa citada, comienza el apartado referido a la separación de los elementos:

"Un dios y una naturaleza en progreso ponen fin a esta lucha..."

El traductor de la versión que seguimos, en sus notas aclaratorias afirma que "Ovidio se abstiene de decir cuál es ese Dios y si él lo identifica con la naturaleza (lo que parece indicar con el singular que emplea en el verbo); es para evitar discusiones con los filósofos." (6)

Es decir que, en el caso que nos ocupa, este notable poeta se sirve de la expresión simbólica de la divinidad sin dotarla de una personalidad determinada, eludiendo de este modo discusiones insolubles, y al sólo efecto de que la misma cumpla su rol dentro de la explicación mitológica que constituye el leitmotiv de sus versos. Y quizá sea éste uno de los posibles roles que en masonería deba cumplir la figura simbólica del Gran Arquitecto del Universo, adscrito a la serie de mitos que trabaja la Orden, fundamentalmente simbólica, en sus distintos grados. Bien entendida esta función podrá preservarse a la institución masónica libre de elementos dogmáticos, proselitistas e intolerantes, podrá dar cabida a todas las creencias y pensamientos, y a su vez poner un límite cierto a cualquier "estúpido ateo" que no entienda su verdadero espíritu, para poder de ese modo erigirse en un verdadero Centro de Unión de Hombres.









(1) Sigo en este sentido la versión en prosa castellana, con traducción de Vicente Lopez Soto, de la Editorial Juventud, Barcelona, 2002.-
(2) Idem, pág. 15.-
(3) Idem, vv 5 y ss.
(4) "His quoque non passim mundi fabricator habendum
aera permisit; vix nunc obsistitur illis,
cum sua quisque regat diverso flamina tractu,
quin lanient mundum; tanta est discordia fratrum.", vv 57-60. Vid. http://www.thelatinlibrary.com/ovid/ovid.met1.shtml
(5) Esta evolución de la idea platonica del Demiurgo encontró cimientos cristianos en textos bíblicos, vg.  Epistola a los Hebreos, 11, 10: "La ciudad, cuyo arquitecto y constructor es Dios..." hasta desembocar en Tratados de Arquitectura, como el de Philibert de L´Orme: "...vu que ce grand architecte de l´univers, Dieu tout puissant...", vid. L´Architecture, cit. por Pottié, Phillipe, Philibert de L´Orme, figures de la penseé constructive, Editions Parentheses, 1996.-
(6) Vid. op. cit., pág. 335.-

martes, 19 de enero de 2016

Kabbalah y Arte Real - Una interpretación posible de la idea de rectitud en la Francmasonería. -

A la memoria de mi Querido Hermano Carlos Enrique Fourmont Kappelmeier.

     Ciertamente la influencia de aquella corriente mística y filosófica hebrea conocida como Kabbalah es motivo de discrepancias respecto de su papel en la francmasonería moderna, sobre todo para quienes sostienen, con justos argumentos, que la misma es una institución creada por y durante la Ilustración europea, ajena a fuentes cabalistas y esotéricas que solo a posteriori se filtraron en su imaginería ritual y simbólica.

     Sin embargo, y a riesgo de perfilar una bobería más, intuyo una base filosófica de raíz cabalista que es muy dable que pueda haber influenciado de un modo más o menos directo una cierta concepción masónica de la naturaleza del mundo, del hombre y del derecho. 

     Esta intuición es tributaria en gran medida a la lectura paciente de la sintética pero profunda introducción del primer volumen de la versión traducida, explicada y comentada de El Zohar publicado por Ediciones Obelisco en 2014.


     Así las cosas, conviene realizar una exposición sintética del pensamiento referido. En primer lugar, cabe indicar la concepción judaica de la Divinidad cuya voluntad absoluta es imposible conocer dado que sólo nos es posible conocer su voluntad particular, es decir, solo la que atañe a la voluntad del Creador respecto del Hombre. Esto es así desde que toda voluntad se autolimita cuando tiene que alcanzar un fin específico, y es dable esperar que la voluntad divina se haya autolimitado a un fin propuesto vinculado a la perfección del Hombre. Y al Hombre le corresponde indagar sobre esta voluntad limitada, y sólo sobre ella dado que en este punto se sigue aquella prohibición que reza: "No investigues lo que sobrepasa tu capacidad".

     Ahora bien, esta voluntad simple, particular, se revela en la creación:

"...la creación del mundo es una revelación de la Voluntad del Creador, es decir, que a través de la creación del mundo se revela que hubo una voluntad precedente de crearlo. 
No podemos sacar ninguna conclusión sobre la capacidad divina basándonos en Su Creación. Más aún: si creemos que la capacidad divina y Su voluntad son infinitas, nada Le impediría crear otro mundo, mejor aún y más perfecto. Pero si a pesar de todo El creo el mundo tal como es, se debe a que limitó Su voluntad en función de Su objetivo. Vemos así que Dios limitó Su voluntad y conformo el mundo no de acuerdo a Sus facultades sino que Se impuso una autolimitación con el objeto de crear el mundo acorde a Su propósito". (1)

     Luego se agrega: "Es decir, el Eterno creó un mundo limitado a través de Su voluntad limitada o sefirot (...) El Eterno quiso crear un mundo carente y defectuoso para que los seres humanos, dotados de libre albedrío, corrijan su imperfección a través del servicio al Creador. Si hubiese creado el mundo de acuerdo con Su magnitud y omnipotencia, el mismo seria perfecto y no cabría lugar para el trabajo espiritual del hombre. En otras palabras, El Creador reveló sólo Su voluntad y Su capacidad limitadas." (2)

     Como se ve, esta particular cosmovisión nos presenta una concepción sobre la naturaleza que bien podría escandalizar a Green Peace. El cristianismo, a través de San Buenaventura y basado en el profeta Ezequiel, dirá que Dios escribió dos libros: el volumen de las Sagradas Escrituras y el de la Naturaleza. Pero en el pensamiento cabalista, el mundo ha sido creado de un modo imperfecto, no obstante poder encontrar en él las huellas del Creador. Indagar en la Naturaleza implica desentrañar esa voluntad divina; seguir las huellas de la Naturaleza a través de su estudio nos conducirá finalmente a desentrañar aquella sabiduría que nos hará retornar a la fuente, al origen.  Y esto no sería posible sino a través de aquellos destellos de luz que se producen en nuestra mente, cuyo recipiente es el alma. Es este trabajo espiritual el que nos indica el camino de retorno, en tanto que es la rectificación de la naturaleza la que nos permitirá lograr el objetivo. Conocimiento y rectificación de la Naturaleza parece ser la consigna.


     Pero quiero detenerme particularmente en el verbo "corregir". La idea de "rectitud" se encuentra presente tanto en el verbo "corregir", como en "directo", "derecho", "regla", "regio", "rey", "reino"; en tanto que "norma" es la expresión latina de la escuadra que sirve para determinar la rectitud de un determinado plano o cuerpo. De lo que se sigue que "normar", "regular", "reinar", "regir", "rectificar", "conforme a derecho", etc, constituyen términos y expresiones intrínsecamente vinculados.

     No obstante, el verbo "corregir" implica una colaboración, una asistencia, una pluralidad de esfuerzos, tanto desde un punto de vista vertical, a través de la revelación "in natura" y de la luz divina del entendimiento, como en un sentido horizontal a través del esfuerzo mancomunado de las fuerzas del hombre. En esto parece radicar el sentido "espiritual" de los trabajos humanos, y quizá a esta idea le sean tributarias las nociones de trabajos masónicos, uno de cuyos símbolos de rectitud por antonomasia es la escuadra.


     De aquí que corresponda reexaminar la noción de Hombre como Rey de la Creación, y hacer una relectura de su animus dominandi, de aquel intento de someter a la naturaleza y arrancarle sus secretos para someterla, que fue la constante a partir de la modernidad y, particularmente, a partir de las revoluciones industriales, cuyos excesos han motivado hasta críticas actuales del papado, aun alejadas de esta perspectiva y no menos polémicas.

     Es claro que una visión filosófica prescindente de la idea de divinidad y creación puede deslegitimar esta perspectiva. No obstante, la noción de IDEA (que es de la esencia misma de la masonería en tanto matriz conceptual de abstracciones basadas en representaciones ideográficas) cuya apoteosis puede simbolizarse en la idea del Gran Arquitecto del Universo, pueda cumplir un fin análogo. Id est, una idea de justicia al modo de Arquetipo, de fuente a la cual remitirse para ordenar y regular los actos propios de la vida social, al menos. Al fin y al cabo: Arquetipo y Arquitecto comparten la misma raíz etimológica.


     Si la Kabbalah ha sido una corriente que, junto a la filosofía Hermética y a ciertas corrientes alquímicas, han contribuido a la formación de un clima espiritual que posiblemente haya encontrado asidero en la masonería moderna (aunque no exclusivamente) es materia que aún requiere mayor estudio y profundización. Pero la llamativa coincidencia, aunque de por si no puede probar en absoluto, nos remite a un trasfondo común que trasluce, al menos, las mismas inquietudes del espíritu humano y una igual búsqueda de justicia y del sentido de la vida misma. El Arte Real, quizá, se vea completado a partir de esta interpretación que, si no se encuentra entre los fundamentos históricos de su génesis, al menos le enriquece en no poca medida y justifique sus intromisión histórica en el complejo entramado simbólico y rituálico de la francmasonería.

     Muy probablemente en ese sentido la Francmasonería haya sido más o menos eficaz al erigirse como un centro de unión de corrientes religiosas, filosóficas y políticas diversas pero que, en un clima de tolerancia, igualdad y libertad, haya servido para el encuentro de estas coincidencias; y precisamente en esta búsqueda cultivar la amistad y cifrar así la felicidad del género humano, que es al parecer aquello en lo que consiste su idea de la emancipación progresiva del hombre.

     Y, honestamente, no encuentro mejor modo de transcurrir este sueño, este camino de retorno. 






(1) El Zohar, Traducido, explicado y comentado, Vol. I, Ediciones Obelisco, Barcelona, 2014, pág. 14.-
(2) Op. cit., pág. 15.-

martes, 27 de octubre de 2015

Una exégesis luterana, a propósito de la Biblia como Volumen de la Ley Sagrada



Próximo a cumplirse un nuevo aniversario del comienzo de la Reforma Protestante, las Iglesias Luteranas han ubicado como texto para el momento ritual de la Celebración de la Palabra (id est, de la lectura de los Evangelios) un texto que, por su fuerte contenido, lleva a replantearnos el simbolismo del Volúmen de la Ley Sagrada en aquellos Ritos Masónicos que, como el Escocés Antiguo y Aceptado, lo ubican dentro de sus Grandes Luces (particularmente en aquellas obediencias partidarias de un dogmatismo cristiano más acendrado). 


Robert Macoy dirá que el Libro de la Ley Sagrada constituye parte obligada del mobiliario de cada Logia, y que no es en absoluto obligatorio que se trate del Volumen del Antiguo y el Nuevo Testamento, sino de aquel libro en donde, de acuerdo a la religión de cada país, se encuentre manifestada la voluntad del Gran Arquitecto del Universo (Vid. Macoy, Robert, Illustred History and Ciclopedya of Freemasonry, New York, 1908, voz: Landmark, pág. 220). Es claro que la visión de Macoy responde a una particular visión de la masonería, pero no es menos cierto que dicha visión gobierna hoy gran parte de la visión masónica de la regularidad tributaria a la Gran Logia Unida de Inglaterra y afines.  Y aunque no viene a cuento en este post remitirnos a la historicidad del Volumen de la Ley Sagrada dentro de los ritos masónicos, si resulta propicio enlazarla con un texto fundamental contenido en el Nuevo Testamento a los fines de analizar si, como manifestación de la Voluntad del Gran Arquitecto del Universo, no encierra un verdadero dilema entre Fe y Ley, al menos como hipótesis.


Transcribo el texto en cuestión, a la espera de que la conciencia de aquel masón atento pueda sacar sus propias conclusiones y, eventualmente, realizar aportes al respecto. Valga como dato que, bien visto y atento a la proliferación de ciertos fanatismos religiosos en el mundo, el replanteamiento de la cuestión nos llevará, más allá de una comprensión histórica de las ideas de la Reforma Luterana, a hacer una lectura de la realidad mundial actual y del valor del laicismo frente al integrismo religioso. En cualquier caso, el resultado será no menos que provechoso.

Carta a los Romanos, 3
19. Pero sabemos que todo lo que dice la Escritura está dicho para el mismo pueblo que recibió la Ley. Que todos, pues, se callen y el mundo entero se reconozca culpable ante Dios.
20. Porque en base a la observancia de la Ley no será justificado ningún mortal ante Dios. El fruto de la Ley es otro: nos hace conscientes del pecado.
21. Ahora se nos ha revelado cómo Dios nos reordena y hace justos sin hablar de la Ley; pero ya lo daban a entender la Ley y los profetas.
22. Mediante la fe según Jesucristo Dios reordena y hace justos a todos los que llegan a la fe. No hay distinción de personas,
23. pues todos pecaron y están faltos de la gloria de Dios.
24. Pero todos son reformados y hechos justos gratuitamente y por pura bondad, mediante la redención realizada en Cristo Jesús.
25. Dios lo puso como la víctima cuya sangre nos consigue el perdón, y esto es obra de fe. Así demuestra Dios cómo nos hace justos, perdonando los pecados del pasado
26. que había soportado en aquel tiempo; y demuestra también cómo nos reforma en el tiempo presente: él, que es justo, nos hace justos y santos por la fe propia de Jesús.
27. Y ahora, ¿dónde están nuestros méritos? Fueron echados fuera. ¿Quién los echó? ¿La Ley que pedía obras? No, otra ley, que es la fe. Nosotros decimos esto: la persona es reformada y hecha justa por la fe, y no por el cumplimiento de la Ley.