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A diferencia de otros blogs, aquí raramente se encuentran trabajos concluidos. En su mayoría están en un lento pero constante proceso de construcción, pues es intención mía la de ir intercambiando con los posibles lectores diversos puntos de vista a los efectos de ir construyendo los trabajos con una dialéctica progresiva. El tiempo dirá sobre la efectividad de este método.

martes, 19 de enero de 2016

Kabbalah y Arte Real - Una interpretación posible de la idea de rectitud en la Francmasonería. -

A la memoria de mi Querido Hermano Carlos Enrique Fourmont Kappelmeier.

     Ciertamente la influencia de aquella corriente mística y filosófica hebrea conocida como Kabbalah es motivo de discrepancias respecto de su papel en la francmasonería moderna, sobre todo para quienes sostienen, con justos argumentos, que la misma es una institución creada por y durante la Ilustración europea, ajena a fuentes cabalistas y esotéricas que solo a posteriori se filtraron en su imaginería ritual y simbólica.

     Sin embargo, y a riesgo de perfilar una bobería más, intuyo una base filosófica de raíz cabalista que es muy dable que pueda haber influenciado de un modo más o menos directo una cierta concepción masónica de la naturaleza del mundo, del hombre y del derecho. 

     Esta intuición es tributaria en gran medida a la lectura paciente de la sintética pero profunda introducción del primer volumen de la versión traducida, explicada y comentada de El Zohar publicado por Ediciones Obelisco en 2014.


     Así las cosas, conviene realizar una exposición sintética del pensamiento referido. En primer lugar, cabe indicar la concepción judaica de la Divinidad cuya voluntad absoluta es imposible conocer dado que sólo nos es posible conocer su voluntad particular, es decir, solo la que atañe a la voluntad del Creador respecto del Hombre. Esto es así desde que toda voluntad se autolimita cuando tiene que alcanzar un fin específico, y es dable esperar que la voluntad divina se haya autolimitado a un fin propuesto vinculado a la perfección del Hombre. Y al Hombre le corresponde indagar sobre esta voluntad limitada, y sólo sobre ella dado que en este punto se sigue aquella prohibición que reza: "No investigues lo que sobrepasa tu capacidad".

     Ahora bien, esta voluntad simple, particular, se revela en la creación:

"...la creación del mundo es una revelación de la Voluntad del Creador, es decir, que a través de la creación del mundo se revela que hubo una voluntad precedente de crearlo. 
No podemos sacar ninguna conclusión sobre la capacidad divina basándonos en Su Creación. Más aún: si creemos que la capacidad divina y Su voluntad son infinitas, nada Le impediría crear otro mundo, mejor aún y más perfecto. Pero si a pesar de todo El creo el mundo tal como es, se debe a que limitó Su voluntad en función de Su objetivo. Vemos así que Dios limitó Su voluntad y conformo el mundo no de acuerdo a Sus facultades sino que Se impuso una autolimitación con el objeto de crear el mundo acorde a Su propósito". (1)

     Luego se agrega: "Es decir, el Eterno creó un mundo limitado a través de Su voluntad limitada o sefirot (...) El Eterno quiso crear un mundo carente y defectuoso para que los seres humanos, dotados de libre albedrío, corrijan su imperfección a través del servicio al Creador. Si hubiese creado el mundo de acuerdo con Su magnitud y omnipotencia, el mismo seria perfecto y no cabría lugar para el trabajo espiritual del hombre. En otras palabras, El Creador reveló sólo Su voluntad y Su capacidad limitadas." (2)

     Como se ve, esta particular cosmovisión nos presenta una concepción sobre la naturaleza que bien podría escandalizar a Green Peace. El cristianismo, a través de San Buenaventura y basado en el profeta Ezequiel, dirá que Dios escribió dos libros: el volumen de las Sagradas Escrituras y el de la Naturaleza. Pero en el pensamiento cabalista, el mundo ha sido creado de un modo imperfecto, no obstante poder encontrar en él las huellas del Creador. Indagar en la Naturaleza implica desentrañar esa voluntad divina; seguir las huellas de la Naturaleza a través de su estudio nos conducirá finalmente a desentrañar aquella sabiduría que nos hará retornar a la fuente, al origen.  Y esto no sería posible sino a través de aquellos destellos de luz que se producen en nuestra mente, cuyo recipiente es el alma. Es este trabajo espiritual el que nos indica el camino de retorno, en tanto que es la rectificación de la naturaleza la que nos permitirá lograr el objetivo. Conocimiento y rectificación de la Naturaleza parece ser la consigna.


     Pero quiero detenerme particularmente en el verbo "corregir". La idea de "rectitud" se encuentra presente tanto en el verbo "corregir", como en "directo", "derecho", "regla", "regio", "rey", "reino"; en tanto que "norma" es la expresión latina de la escuadra que sirve para determinar la rectitud de un determinado plano o cuerpo. De lo que se sigue que "normar", "regular", "reinar", "regir", "rectificar", "conforme a derecho", etc, constituyen términos y expresiones intrínsecamente vinculados.

     No obstante, el verbo "corregir" implica una colaboración, una asistencia, una pluralidad de esfuerzos, tanto desde un punto de vista vertical, a través de la revelación "in natura" y de la luz divina del entendimiento, como en un sentido horizontal a través del esfuerzo mancomunado de las fuerzas del hombre. En esto parece radicar el sentido "espiritual" de los trabajos humanos, y quizá a esta idea le sean tributarias las nociones de trabajos masónicos, uno de cuyos símbolos de rectitud por antonomasia es la escuadra.


     De aquí que corresponda reexaminar la noción de Hombre como Rey de la Creación, y hacer una relectura de su animus dominandi, de aquel intento de someter a la naturaleza y arrancarle sus secretos para someterla, que fue la constante a partir de la modernidad y, particularmente, a partir de las revoluciones industriales, cuyos excesos han motivado hasta críticas actuales del papado, aun alejadas de esta perspectiva y no menos polémicas.

     Es claro que una visión filosófica prescindente de la idea de divinidad y creación puede deslegitimar esta perspectiva. No obstante, la noción de IDEA (que es de la esencia misma de la masonería en tanto matriz conceptual de abstracciones basadas en representaciones ideográficas) cuya apoteosis puede simbolizarse en la idea del Gran Arquitecto del Universo, pueda cumplir un fin análogo. Id est, una idea de justicia al modo de Arquetipo, de fuente a la cual remitirse para ordenar y regular los actos propios de la vida social, al menos. Al fin y al cabo: Arquetipo y Arquitecto comparten la misma raíz etimológica.


     Si la Kabbalah ha sido una corriente que, junto a la filosofía Hermética y a ciertas corrientes alquímicas, han contribuido a la formación de un clima espiritual que posiblemente haya encontrado asidero en la masonería moderna (aunque no exclusivamente) es materia que aún requiere mayor estudio y profundización. Pero la llamativa coincidencia, aunque de por si no puede probar en absoluto, nos remite a un trasfondo común que trasluce, al menos, las mismas inquietudes del espíritu humano y una igual búsqueda de justicia y del sentido de la vida misma. El Arte Real, quizá, se vea completado a partir de esta interpretación que, si no se encuentra entre los fundamentos históricos de su génesis, al menos le enriquece en no poca medida y justifique sus intromisión histórica en el complejo entramado simbólico y rituálico de la francmasonería.

     Muy probablemente en ese sentido la Francmasonería haya sido más o menos eficaz al erigirse como un centro de unión de corrientes religiosas, filosóficas y políticas diversas pero que, en un clima de tolerancia, igualdad y libertad, haya servido para el encuentro de estas coincidencias; y precisamente en esta búsqueda cultivar la amistad y cifrar así la felicidad del género humano, que es al parecer aquello en lo que consiste su idea de la emancipación progresiva del hombre.

     Y, honestamente, no encuentro mejor modo de transcurrir este sueño, este camino de retorno. 






(1) El Zohar, Traducido, explicado y comentado, Vol. I, Ediciones Obelisco, Barcelona, 2014, pág. 14.-
(2) Op. cit., pág. 15.-

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